Arte, demasiado arte

Hay quienes arguyen que, de por sí, el arte atempera a las almas, a la vez que las colma con las emociones más vastas.

 El arte y la vida se han unido. Y yo, ¿qué puedo hacer ante tales designios? Cristales errantes. Elba Castillo Alonso

- Hay quienes arguyen que, de por sí, el arte atempera a las almas, a la vez que las colma con las emociones más vastas. Y aquel que, por ventura, encuentra obstáculos al momento de querer adentrarse en el mundo de los sentimientos, o simplemente, no concibe la idea de que alguien pudiese sacar provecho de ello; permanece indiferente a su interioridad, lo que vendría a ser, en otras palabras, a su vida. -opinó Nicanor, que se encontraba muy a gusto compareciendo ante esas gentes poseedoras de un espíritu creador y sensible, semejante al suyo.

- Ya lo creo. El arte salva, pero hay hombres que no desean ser salvados, es decir, prefieren perecer antes que verse obligados a incursionar en lo más hondo de sus almas. Se hallan como abnegados, en un completo estado de sinrazones, y en lo demás, no hacen sino mirar al costado. Nada bueno puede resultar de todo ello. -aventuró a decir uno de los pintores, dueño de una barba tupida, y al parecer, en extremo ermitaño.

- ¡Poco me importa si alguien pretende ser salvado o no! En mi caso, el arte lo es todo, y aquel que se vanagloria ante los demás, autoproclamándose artista, con el único fin de alimentar su ego, no hace más que revelar la pobreza de su alma. Es como el relato de aquel viejo que iba de casa en casa, pregonando una religión que no existía, jactándose de ser el nuevo mesías, y confundiendo con palabras rebuscadas a las criaturas más sugestionables, cuando en realidad, no se trataba más que de un oportunista, urgido por el placer de ver, cómo se puede engañar hasta al hombre más incrédulo, poniendo en duda su fe. Lo que quiero decir, es que el artista, no necesita demostrar nada, al contrario, su arte se encarga de ello. -dijo con aire resuelto otro de los pintores, que era muy conocido en el ambiente, por su exacerbada animosidad, y una cabellera tan larga cual cola de caballo.

- Mientras Nicanor y los pintores conversaban, en uno de los rincones de aquella sala de exposiciones, apartados del gentío, sin prestar ninguna atención a cuanto acontecía a su alrededor, un hombre de unos cuarenta y tanto, de forma súbita, sufrió un ataque al corazón, por lo que tuvo que ser auxiliado, y trasladado de inmediato al hospital más cercano. Este hecho conmocionó al público, que no estaba dispuesto a abandonar la sala, sólo porque a alguien se le hubo ocurrido andar mal del corazón; pero luego de que aquel pobre infeliz fuese llevado al hospital, todo volvió a la normalidad. El descontento general de aquellas gentes, por haber interrumpido su estado de ensimismamiento, alcanzado por la observación de los cuadros exhibidos, no pudo menos que verse reflejado en una seguidilla de cuchicheos y gestos de disgusto. Para aquel que acostumbra a enajenarse del mundo entero, al momento de estar experimentando un sentimiento de voluptuosidad, acompañado por un ferviente estado de deslumbramiento interno, no existe acto más cruento y vil, que el de ser víctima de una interrupción, aun cuando ésta se deba a una causa netamente justificable. Esto es lo que le sucedió a aquellos rostros, embelesados por el vasto universo contenido en las pinturas, pero sin más remedio, procuraron desprenderse de la turbación producida, a fin de recobrar el estado perdido. Mientras tanto, Nicanor y su séquito, reanudaron sin mayores inconvenientes su conversación.

- Debo confesarlo, este intercambio de ideas, lo encuentro bastante símil a El banquete, de Platón. Aquel versaba sobre el amor, nada más y nada menos, pero aquí, el meollo de la cuestión, estriba en el arte. ¿Puede darse el arte sin amor? ¿O es algo inconcebible? ¿Un Miguel Ángel o un Rembrandt, por ejemplo, podrían acaso haber creado obras tan magnánimas y singulares sin la intervención del amor? ¿Puede alguien si quiera pensar, en realizar una obra de arte despojándose de cualquier sentimiento o estado de exaltación cercano al amor? -inquirió al grupo el artista ermitaño, que disfrutaba viendo los rostros absortos de aquellos seres tan diferentes al resto.

- No hay arte sin amor, eso es lo que pienso. No basta con el talento innato, que tal o cual artista pudiese detentar, ni tampoco con la pasión que bulle en todo su interior, sino, que además, se necesita de una cuota de amor, que en definitiva, es lo que nos mueve a todos a hacer lo que hacemos. ¿Acaso no peligra la existencia de todo aquello que no nace motivado por el amor? Lo que sucede, señores, es que no estamos hechos para escaparnos de todo aquello que hemos acordado en llamar amor. Y aquel que opta por desentenderse de todo esto, no encuentra más que una vida vacía, supeditada a la perdición. -desembuchó el de la cola de caballo.

- ¡Qué suerte la mía! Inmensa es la dicha, de poder conversar con ustedes, puesto que comprenden muchas de las cosas en las que somos partícipes los hombres. Y qué mejor, que escuchar a aquellos que más saben de esto, y en especial, si se trata de un par de buenos hombres, entregados en alma y cuerpo, al arte. Siempre he pensado que, gente como ustedes, hacen del mundo un lugar mejor, y en lo que a mí respecta, eso ya es suficiente para que a uno se le ablande el corazón, y se esfuerce por querer copiar dicho modelo. ¡Gracias por existir artistas! -dijo emocionado Nicanor, con lágrimas en los ojos.

Manuel Arias


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