Y el anciano se calmó

Nicanor jamás se hubo acostumbrado a las peripecias y dramas de aquellas gentes proclives a desnudar su interior ante su persona

Existían obstáculos concretos, pero la vida consiste precisamente en aceptar dichos obstáculos. Carta al padre. Franz Kafka.

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Aun cuando fuere presa de una singular afectación en lo hondo de su alma, y el grueso de sus pensamientos se viera trastocado sin más; luego de prestar oído a todo aquel que se le acercase con el propósito de confiarle su sufrimiento, y con esto, alivianar un poco el peso que se lleva dentro; Nicanor jamás se hubo acostumbrado a las peripecias y dramas de aquellas gentes proclives a desnudar su interior ante su persona. Ya sea porque diera la impresión de ser un hombre digno de confianza, solidario y compasivo, o porque su aura dejase entrever a alguien que no conoce otra cosa, más que el bien, lo cierto es que su presencia, resultaba tranquilizadora para aquellos que buscaban purgar su alma. Todo lo ancho de su espíritu, hallábase fundido por un profuso sentimiento de conmiseración y afanosa estima para con el prójimo. Las más de las veces, sentíase afectado por el dolor ajeno, mucho más que por el propio. Su corazón, acongojado por todo aquello que le produjese de súbito una viva emoción, se apercibía del desánimo de su dueño; y de no ser porque, de un momento a otro, caía en la cuenta de que debía desprenderse del dolor que le pertenecía a un otro, diferente a él en todos los aspectos, hubiese asimilado a este como propio. Pensaba que esto también debía de sucederle al resto, pero lejos de estar acertado, se engañaba cada vez más y más a sí mismo, ya que no podía -o no quería- concebir desde otra perspectiva la naturaleza humana. Sus pensamientos, adoptaban la forma de un claustro aislado del mundo circundante, por lo que, nada de lo que allí se concibiese, se daba a conocer del todo; tal era el hermetismo de su conjunto de ideas.

Siempre se hubo propuesto con gran fervor, estar a la altura de todo aquel que decidiere acercarse a su persona, en busca de calma y compresión; y para ello, más que atinar a una opinión o consejo, el cual, en vano intenta dársele a quien se encuentra desgarrado y falto de esperanza, Nicanor, con verdadero tacto y una experimentada intuición, se las arreglaba para evitar una compasión fingida, y no hacía más que abrazar con una mirada que todo lo comprendía en ese momento, a la indefensa criatura que se encontrase deshilando los pormenores de su penosa existencia. A diferencia de otros, conocía muy bien el funcionamiento de los resortes que gobiernan la vida afectiva, y sentíase invadido por un sentimiento inefable, tras ser el elegido para ejecutar el rol de oyente, por lo que, no era de sorprender que le resultase un provechoso ejercicio para el alma, el hecho de posicionarse como confidente.

Encontrándose en un café, y sin compañía, la atención de Nicanor, hallábase concentrada en un anciano, cuyo rostro, daba el aspecto de alguien abatido, compungido por la suerte que le ha tocado correr, y que por lo visto, está confinado a sufrir el peor de los males en esta tierra: el de sentirse solo y miserable. La angustia que trae aparejada la existencia, se hacía más evidenciable en aquel hombre desprovisto de sentido, a quien ya nada parecía conmoverlo, y por lo demás, parecía estar pidiendo a gritos que alguien se le acercase, y se dispusiera, por lo menos, a permanecer en silencio a su lado. Habiendo sopesado todo ello, Nicanor se acercó a aquel personaje huraño, y con una tímida sonrisa que se esbozó en su rostro, tuvo a bien decir:

- ¿Escudriñando...? -prorrumpió Nicanor.

- ¿Cómo? -preguntó el anciano, que se encontraba un tanto distraído.

- Tenga a bien disculparme, no acostumbro a interrumpir las cavilaciones en las que pueda hallarse sumido un hombre, ni mucho menos; pero ya lo ve, llegado el momento, hay una excepción para todo. -dijo a modo de disculpa Nicanor.

- Ya lo creo. No se preocupe, a estas alturas, y por cómo están las cosas, ya de nada pueden servirme mis reflexiones. No me haga caso, sólo digo incoherencias... -los ojos lacrimosos del anciano, parecían estar diciendo que ya todo estaba perdido.

- Permítame disentir, pero no creo que la desdicha pueda tildarse de incoherencia. ¿Acaso es más coherente aquel que se jacta de estar tocando el cielo con las manos, cuando en realidad es tan o más desgraciado que cualquiera de nosotros? -sentenció Nicanor.

- ¿Y quién le ha dicho que soy desgraciado? -rebatió el otro.

- Al verlo, lo supe de inmediato. Con el paso del tiempo, uno se va curtiendo en estos asuntos, y, en lo que a mí respecta, no soy ajeno a los infortunios que nos depara la vida. -dijo en un tono afectado Nicanor, quien contaba con una vasta comprensión del asunto.

- ¿A quién quiero engañar? Está usted en lo cierto, en estos momentos, mi vida se me presenta como una gran nebulosa, y todo a causa de... -se interrumpió el anciano, que se cuestionaba por dentro, si era conveniente o no, dar a conocer sus miserias.

- Sea cual fuere la causa de su congoja, tarde o temprano, habrá de claudicar, dándole lugar a otras angustias. Esto es de nunca acabar, con los años uno lo comprende, y aquel que, por ventura, se complace con el sufrimiento del prójimo, está destinado a perecer el doble. -dijo Nicanor, que ostentaba un aire reflexivo.

El anciano, observando que Nicanor era uno de esos seres ejemplares, que se dan de tanto en tanto, no pudo contenerse más, y desembuchó.

- Sufro por mi hijo, él lo es todo para mí, y al parecer, yo no existo en su vida. -dijo con voz temblorosa, y los hombros encogidos.

- No tengo hijos, pero por lo que he podido observar, se espera por parte de ellos, más amor del que pueden dar. Muchas veces, una privación en la muestra de afecto, no viene a ser más que una dificultad para exteriorizar los sentimientos que se hallan en ebullición en el fuero interno. -dijo Nicanor para apaciguar la zozobra del anciano.

- Si usted fuese testigo de lo que me toca vivir, y se encontrara en mi posición, no pensaría de ese modo. No me dirige la palabra, rara vez sonríe estando yo presente, y si se ve en la necesidad de comunicarme algo, no es sino, para sacar a colación alguna queja hacia mi persona o afligirme con su desdén. -dijo como resignado el anciano.

- Pueden ser bastante crueles, incluso con aquellos han hecho posible su llegada al mundo, y no hace falta tener hijos para darse cuenta de ello. Si de algo le sirve, quizá usted también haya pasado por lo mismo cuando joven, por lo cual, comprenderá que no se trata de un capricho, ni tampoco de desprecio o falta de amor, sino, de incomprensión, y principalmente, de desconocimiento y miedo a lo que pueda resultar de amar a una persona y demostrarlo. -hubo reinado un prolongado silencio, luego de que Nicanor profiriese aquellas palabras.

- Para ser alguien que no tiene descendencia aún, sabe más de la cuenta. Y el anciano se calmó.

Manuel Arias


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2 de Diciembre de 2016|23:30
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2 de Diciembre de 2016|23:30
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  1. ¡¡INCOMPRENSION,ABATIMIENTO,DOLOR, ANGUSTIA ¡¿LA GRAN COSECHA DE NOSOTROS MUY VETERANOS, EN LOS OFICIOS DE ESCLARECER COSAS QUE NUNCA TERMINAN POR ACLARARSE¡¡ A ESTA EDAD LA INTUICION ES NUESTRO PROPIO ENEMIGO .SERIA MAS FAVORABLE,NO POSEER ESTA CONDICION ¡¡
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