Fuego eterno

Es una pena que esta ópera prima del director José Ángel Rebolledo y film emblemático del nuevo cine vasco, haya caído tan pronto en el olvido.

Es una pena que Fuego eterno (drama histórico, 1985, España), ópera prima del director José Ángel Rebolledo y film emblemático del nuevo cine vasco, haya caído tan pronto en el olvido. La película es inhallable en VHS, DVD o Blu-ray, y ningún canal de televisión abierta o por cable se digna a incluirla en su grilla de programación. Tampoco en Internet es posible encontrarla por ninguna parte, ni siquiera fragmentariamente. Muy pocos la tienen presente en su memoria, y muchos no saben nada de su existencia.

Vi Fuego eterno cuando era niño, a mediados de la década del 80, hace ya unos treinta años. Mi familia solía mirar Función Privada, el mítico programa para cinéfilos que el viejo ATC (hoy TV Pública) transmitía los sábados a la noche. En alguna velada de la temporada 85 u 86 (no recuerdo bien) se proyectó la película, luego de una elogiosa presentación por parte de Rómulo Berruti y Carlos Morelli, los conductores. ¡Cuánta belleza! ¡Cuánto encanto! Era una película magnífica, impactante, que merecía ser vista más de una vez.

Pero a pesar de mis insistentes y denodadas búsquedas, nunca más la pude volver a ver. Tuve al menos, eso sí, el aliciente de encontrar mucho tiempo después, ya adulto, en hemerotecas y páginas web, algunas reseñas y comentarios sobre ella, aunque demasiado breves para mi curiosidad; una curiosidad que, con el paso de los años, se había hecho obsesión.

Tres cosas me fascinaron de Fuego eterno cuando la vi, y permanecieron grabadas por siempre en mi memoria: la trama, la canción final y la fotografía, todas de una beldad y hondura excepcionales. Las líneas que siguen van dedicadas a ellas, en tributo de homenaje.

Labort, Francia, 1660. A requerimiento del obispo de Bayona, el joven canónigo Henry Robillet (François-Eric Gendron) comienza una pesquisa sobre macabros sucesos ocurridos dos decenios atrás: la prematura muerte de Pierre d'Irigaray (Imanol Arias), señor de Azkubia, en 1633, el mismo día de su boda, en circunstancias extrañas; y el juicio inquisitorial por brujería contra la viuda, Gabrielle de Lohitéguy (Ángela Molina), procesada siete años después (1640) al descubrirse que había mantenido dentro de su caserío, en perfecto estado de conservación, mediante inmersiones semanales en agua de limones, el cuerpo insepulto de su marido. En el marco de su investigación, Robillet viaja al convento donde la señora de Azkubia (a quien el tribunal culpó de envenenar a su esposo, pactar con el Diablo y practicar la magia negra) purga su condena de reclusión perpetua tras los muros de un oscuro calabozo. Allí dialogará con la viuda, y tendrá acceso a las actas del proceso, desentrañando la verdad de todo lo acontecido; una verdad truculenta que involucra a otras personas, un triángulo amoroso y actos temerarios de hechicería.

Una historia de amor y muerte, despecho y venganza, desesperación y locura. Una tragedia de resonancias góticas y tintes románticos, inquietante y conmovedora a la vez, narrada mediante numerosas analepsis y elipsis que potencian el dramatismo de la trama, así como su misterio y suspenso; pero que, por otro lado, le imprimen una complejidad que no pocos críticos de cine han juzgado excesiva, exageradamente intrincada. ¿Lo es? Quizás. Debiera ver de nuevo el film para estar en condiciones de refrendar o discutir esa crítica. No obstante, en base a mis recuerdos, sí me atrevería a afirmar que una plena compresión del argumento resulta muy difícil, si no imposible, sin una segunda vista (personalmente, no estoy nada seguro de que esto constituya forzosamente un defecto, aunque no es esta la ocasión para debatirlo). En mi memoria, tan subjetiva como la de todos, el intrincamiento narrativo de Fuego eterno ha quedado sólidamente asentado como una cualidad esencial de su gracia y atractivo, un aspecto (virtud o imperfección, poco importa) sin el cual no podría deleitarme tanto en su rememoración.

La película está ambientada en la Francia borbónica del Antiguo Régimen, en el Iparralde(*) rural y feudal del siglo XVII, sobre el telón de fondo oscurantista y misógino de las cazas de brujas, brotes de histeria colectiva que alcanzaron singular virulencia en las tierras vascas, a ambos lados de los Pirineos (juicios inquisitoriales por brujería de Labort, Zugarramurdi, Fuenterrabía, etc.). Antiquísimos ritos de fertilidad y procedimientos mágicos de los vascones paganos, que habían sobrevivido subterráneamente a más de mil años de cristianismo, dejaron de ser, a comienzos de la Edad Moderna, "supersticiones del vulgo ignorante", atavismos más o menos tolerables, y se convirtieron en "abominaciones satánicas" que debían ser combatidas por los inquisidores sin ningún resquicio de indulgencia. Curanderas, adivinas y hechiceras campesinas de magia blanca pasaron a ser sorginak, brujas maléficas, practicantes de "magia negra" y "adoradoras del Demonio". Este sombrío capítulo de la historia vasca, que tanto han investigado Caro Baroja y otros eruditos, es el elegido por Rebolledo para situar su drama gótico-romántico.

El guión, escrito por el propio director, se halla inspirado en el folclore de su patria, puntualmente, en la balada anónima Goizian goizik ("Muy de mañana"), joya de la música y poesía tradicionales del pueblo vasco, y en la leyenda que le dio origen. Dicha leyenda surgió en la Zuberoa de la primera mitad del siglo XVII, durante el reinado de Luis XIII. Y si hemos de dar crédito al historiador vascofrancés Jean de Jaurgain (1842-1920), ella tiene una base histórica.

¿Cuál es esa base histórica? Pierre d'Irigaray y Gabrielle de Lohitéguy existieron realmente. Pierre era un hidalgo de Zuberoa, y el 8 de julio de 1633 contrajo matrimonio con Gabrielle, una joven coterránea. El novio y la novia estaban perdidamente enamorados. Pero ese mismo día, en medio de la fiesta nupcial, Gabrielle enviudó. Y presa de la desesperación, mantuvo insepulto el cadáver de su marido durante varias semanas, bañándolo en agua de limones para evitar su descomposición. La imaginación popular se encargó luego de expandir y alterar la historia con diversas adiciones y variaciones apócrifas, dando vida, así, a la mentada leyenda que inspiraría a la balada, y ulteriormente a la película.

Rebolledo, lejos querer ocultar o minimizar su deuda artística con el folclore zuberotarra, buscó dejar constancia expresa de ella en el mismo largometraje. El broche de oro de Fuego eterno es una escena donde un anciano ciego y su lazarillo cantan en primera persona (una primera persona que es la de Gabrielle) las emotivas estrofas de Goizian goizik. La propia génesis de la leyenda quedó así, pues, internalizada y explicitada en la ficción del film. Acertada decisión del director.

Goizian goizik es una balada triste y profunda, en tonalidad de La menor y tempo andantino, interpretada con amore e dolore. Nostalgia pura. Su pegadiza melodía en compás de 2/4, muy simple pero bellísima, forma parte de mis remembranzas más gratas de la niñez. No he podido encontrar, por desgracia, la interpretación incluida en la banda sonora del largometraje, compuesta por el músico guipuzcoano Alberto Iglesias. Pero di con esta versión de la cantante vascofrancesa Maika Etxekopar, que también es hermosa: www.youtube.com/watch?v=2ztQayocj3I. Pertenece al álbum Xiberotarsak kantüz, editado en el año 2000 por Xiberoko Botza, una emisora radial del Iparralde.

Hay hondura poética en las estrofas de Goizian goizik: "Me levanté muy de mañana, casada y vestida de seda al amanecer, dueña de la casa al mediodía y viuda joven al atardecer". También en estos otros versos se advierte un pathos lírico: "Siete años hace que tengo a mi hombre en el desván, durante el día en el frío suelo y durante la noche entre mis brazos. Una vez a la semana le baño en zumo de limón, precisamente el viernes por la mañana". Las baladas vascuences del siglo XVII, entre las que se destacan especialmente las zuberotarras, tienen diversos nexos de parentesco estético (estilístico y temático) con la poesía cortesana bajomedieval y renacentista en lenguas romances del Midi francés y la Península Ibérica.

La fotografía de Fuego eterno, a cargo de Xabier Aguirresarobe, es de una beldad sublime. Envuelve al espectador, de principio a fin, en un ensueño de delectación y arrobamiento. Postales exquisitas del paisaje natural y cultural de la Vasconia profunda, que oscilan entre lo imponente y lo bucólico, fluyen sin cesar ante nuestros ojos: montañas cubiertas de bosques, costas abruptas azotadas por las olas y los vientos, prados de verde intenso, pintorescos baserriak (caseríos) de piedra y roble con tejados a dos aguas. Los planos interiores también son muy bellos y cautivantes, y representan una contribución decisiva a la lograda ambientación de época del film, que fue rodado en distintas locaciones de la Alta Navarra (Estella, Arizkun, Celigueta, Ituren, Arraioz, Artikutza, Errazu).

Por su impronta historicista y rigor documental, por su paisajismo omnipresente y preciosismo pictórico, la fotografía de Fuego eterno nos remite a la tradición esteticista de los heritage films. Quienes disfruten de la magnificencia icónica de películas como El gatopardo, Barry Lyndon y Los duelistas, no permanecerán indiferentes ante el buen gusto y la ambiciosa labor de Aguirresarobe, sin cuyo concurso el largometraje de Rebolledo hubiese quedado severamente disminuido como obra de arte. Con su magistral trabajo, el director fotográfico de Fuego eterno consiguió revivir la Euskal Herria del seiscientos en todo su esplendor visual. No es poco.

La "vasquedad", la euskaltasuna, atraviesa y satura toda la película. Naturaleza e historia, paisaje y folclore, pasado y memoria, arte e identidad, se funden en el crisol sui generis de la etnicidad vasca, de su peculiar ethos y su vigoroso imaginario cultural. Fuego eterno es una película intensamente telúrica, aunque ésa no haya sido, quizás, la intención deliberada del director.

El talón de Aquiles del film estribaría, al parecer, en su dimensión más estrictamente dramática. No en el reparto por cierto, puesto que incluye a buenos intérpretes, e incluso a algunos de excepcional talento como Imanol Arias y Ángela Molina, protagonistas. El punto flojo radicaría en los diálogos y la dirección de actores. Las críticas que acompañaron al estreno de la película fueron llamativamente coincidentes y enfáticas en marcar esas dos falencias, y sus consabidos efectos: actuaciones un tanto acartonadas, frialdad y distanciamiento excesivos, insuficiente tensión dramática en escenas clave. Pero al igual que con la trama, no me atrevo a dar una opinión sin una segunda vista del largometraje.

Fuego Eterno participó en el Festival de Moscú, donde suscitó un vivo interés entre el público y la crítica. Obtuvo, asimismo, dos galardones en el Festival de Oporto, uno por mejor película y otro por mejor fotografía. No es, ciertamente, un palmarés envidiable. Pero el público y la crítica no son dueños de la verdad, y los anales de la historia del arte contienen muchos ejemplos de obras que lograron reconocimiento mucho tiempo después de su realización.

Quiera el destino depararme la alegría de volver a ver Fuego eterno algún día. Las ilusiones que se heredan de la infancia son las más dulces de todas.

Federico Mare

(*) País Vasco francés. Ha abarcado históricamente tres comarcas: Labort, Baja Navarra y Sola o Zuberoa, enclavadas al pie de los Pirineos occidentales, en el sudoeste de Francia. La película transcurre en el Labort, desde el siglo XIII dividido en dos jurisdicciones: la ciudad de Bayona, puerto principal y sede episcopal, y el bailío de Labort, con capital en Ustaritz. Durante el segundo tercio del siglo XVII, época en que está ambientado el film, todo el Iparralde pertenecía a la Francia de los Borbones, aunque la Baja Navarra mantenía nominalmente su estatus jurídico de reino, al igual que lo había hecho la Alta Navarra transpirenaica en el seno de la Monarquía Hispánica de los Habsburgo. El País Vasco francés, junto con la Alta Navarra y el País Vasco españoles, conforman la Euskal Herria, la Vasconia histórica, es decir, la región de lengua y cultura vascas. 


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