Los del otro lado

Logramos convencer a Adrian Monetti de que nos cuente lo paranormal que sucede en su casa... imperdible relato.

 Yo también... ¡Sí! Yo tengo - ¿Por qué no confesarlo? - un pequeño fantasma, un duende de familia.

Oliverio Girondo


Debe ser cómodo ser un fantasma.

Al principio se tiene que sentir una sensación inquietante, algo que falta, algo importante; uno después se da cuenta de que son las vísceras, los huesos, las uñas, la sangre, el ombligo, en síntesis falta el cuerpo.

La adaptación a la nueva situación puede durar un nanosegundo o un milenio, eso no lo sé; pero creo que las virtudes son iguales que los defectos que contienen este nuevo estado; por ejemplo la inmaterialidad nos trae el lacerante castigo de olvidarnos de los abrazos, las trompadas-dadas y recibidas- el saborear una milanesa a la napolitana o ponerse unas medias nuevas por ejemplo; pero esa inmaterialidad conlleva el beneficio de un ser voyeur perpetuo, un testigo eterno.

Imagino que siendo un fantasma se pueden recorrer grandes distancias en un santiamén. Entrar sin pagar al Museo del Prado y bailar en el Studio 54 y ver la aurora boreal en calzoncillos. Se puede entrar a los archivos secretos del Vaticano y a la mismísima Área 51 para conocer todos los secretos.

También es posible encontrar la Atlántida y develar los enigmas de la Esfinge. Ir hasta Marte y pegarle una patada al Curiosity.

Se pueden hacer muchas cosas.

Pero misteriosamente, como corresponde, la actividad fantasmal percibida por seres vivientes sólo se resume en una serie de eventos que se repiten a través del tiempo y las culturas, generar miedo, sorpresa, estupor ¿Por qué ese acotamiento en los eventos?

Teniendo tantas posibilidades para elegir hubo un fantasma* que siguió el paradigma y cayó en lo común, en lo esperado.

Era un día común, feliz; el Bocha, mi hermano, leyendo Castaneda y sus pases mágicos mientras que el Amadeo, mi sobrino, estaba tirado con la Play y el GTA en su habitación; yo horneando pizzas para hacerle pito catalán al frío. Ellos, padre e hijo, deciden librar una batalla en la cama, con las sabanas de trinchera y el acolchado de bunker. Se arma el catch de amor filial; gritos de pedido de ayuda ficticia del Amadeo, mientras que el Bocha se convirtió en un monstruozombiealien. Cómo faltaban cinco minutos para cenar decidí participar e impartir justicia imparcialmente. Entré en la habitación con mi estilo ninja y con una almohada empecé a repartir-el gato atento espectador desde arriba del TV decide irse ante la visión de tremenda masacre. Los gritos y las risas llenaban el ambiente. Era un día común, feliz.

Antes de que se quemen las pizzas me dirijo a sacarlas del horno y preparar todo.

En el pasillo que hay que recorrer hasta la cocina, ya el ambiente estaba frío, denso; más que caminar se buceaba. Mientras sacaba el queso de la heladera sentía una penetrante sensación de ser espiado. Entonces desde el comedor se escuchó una voz infantil- con un tono metálico, distorsionado y pícaro- que preguntó: ¿Yo también puedo jugar?

Se percibió claro, potente y contundente. Obvio que las únicas personas en ese momento eramos nosotros tres. El de la voz era uno del otro lado.

No entiendo esa decisión de andar merodeando en casas ajenas, creo que es porque están aburridos, porque están ahí, invisibles e ignorados. no creo que sea por el simple gusto de andar asustando y molestando, pero si se lo piensa bien debe ser divertido con el tiempo el hecho de estar del otro lado pero poder participar.

* Este fue un evento real, de los tantos que ocurren, me pareció, con el tiempo, simpático de cierta manera, obvio que no lo dejamos jugar con nosotros

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18 de agosto de 2017 | 16:47
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