Nicolás García Uriburu y la conexión Mendoza

Falleció anoche un verdadero gladiador del arte y la naturaleza. Conocido en todo el mundo, indispensable en la historia de nuestro país, tuvo más que cinco minutos de gloria en San Rafael.

 La primera vez que lo conocí me despertó. A mí y a varios otros, que lo habíamos invitado y que se suponía debíamos ir a buscarlo al aeropuerto. Los “laberínticos”, como nos llamaba, nos habíamos quedado maleducamente dormidos. Eso no le importó a Nicolás y hasta le hacía un poco de gracia. Lo divertido es que apenas bajó del avión en el aeropuerto de San Rafael comenzó a oír una banda de músicos, estratégicamente ubicados en la pista. Pensó que estábamos locos si creíamos que esa era una buena forma para recibirlo. Hasta ese momento no sabía que estábamos torrando a 25 kilómetros de allí y que debería llegar solo hasta “Los Alamos”. No recuerdo quién es el que venía con él en el vuelo, tan merecedor de fanfarrias.

Para levantar el Laberinto de Borges necesitábamos de todo, pero lo más importante era contar con apoyos y padrinos. En ese plan llegó Nicolás García Uriburu, al que le entusiasmaba esta osadía de “land art”, justo a él, que era de los artistas más importantes en la historia de este género. Narraba sus verdaderas experiencias en Venecia, New York, Paris o el Riachuelo, en ese intento pionero de mostrar al mundo que la naturaleza estaba siendo corrompida por la avaricia, la miseria y la imprudencia humana.

Estuvo 3 días en “Los Alamos” y oía y participaba de las distintas fases que habíamos propuesto. Caminaba el campo, se detenía ante árboles antiguos, en medio de la maleza, asomaba la cabeza cuando el otoño caía en los viñedos. Reímos mucho con él, aprendimos a conocerlo en la intimidad de una proeza por la que varios fuimos llamados dementes y aprendimos más de su simpleza, su humildad y su profunda generosidad.

Nicolás había triunfado en la Bienal de Venecia en los años dorados, cuando realizó la Coloración del Gran Canal, había plantado árboles y compartido estética con Joseph Beuys, había ganado el Primer Premio de la Bienal de Tokio, y, sin embargo, buscaba junto a nosotros el mejor sitio para zurcir el laberinto de Borges. Llevaba una libreta, en la que anotaba, bocetaba sin rigor, garabateaba. Y caminaba, de un lado hacia otro, con la levedad de los entusiasmados por una geografía desconocida.


Soy el único ecologista de todos los land art. Todos ellos hacen cosas diferentes, muy interesantes, pero no protegiendo la Tierra. Por ejemplo, Christo (el famoso artista estadounidense de origen búlgaro) empezó envolviendo en plástico un sector de la costa australiana. Lo hizo en 1969 y sin ninguna preocupación por la ecología. Mi coloración del Gran Canal de Venecia fue en 1968. Por eso siempre digo que yo soy antes de Christo”

En San Rafael ayudó con sus consejos, una y otra vez. Marcó un camino conceptual. Lo consultamos una y otra vez, incluso en su museo estudio laboratorio del Pasaje Bollini. Aquel laberinto que hoy es parte de la muestra por los 30 años de Borges en el ex Palacio de Correos también está hecho de su pasión, de su entrega, su genialidad.


El verde Uriburu ni siquiera hoy está de duelo, sino en la vibración de cada rama de ombú en la pampa, en cada jacarandá que plantó en la Avenida 9 de Julio, en los varios senderos que se bifurcan, en la obra que respira entre la colección de Salentein, en el Valle de Uco.

Nicolas garcia uriburu

Andy Warhol y Salvador Dalí, la gran familia de la que es parte García Uriburu.

Era un tipo muy divertido, curioso e inteligente. Melómano como el que más, versátil como camaleón del Amazonas. Amaba la Argentina, a punto de pintar mapas al revés de los que conocemos ("Arriba el Sur"). Se rebelaba ante la pérdida de lo ancestral y el legado que deja de sus recolecciones de arte precolombino es invalorable.

Una vez le pregunté por el París del Mayo Francés en el que había vivido. Hizo un relato muy pormenorizado de esos días de revuelta y agitación. Nunca me voy a olvidar que allí era vecino de otro gladiador, Serge Gainsbourg, para mi gran sorpresa. Repasamos canciones, discos. Y en un momento me dijo: “Todo lo que quieras de genial, sí. Pero era insoportable el enano. Todas las madrugadas llegaba al departamento borracho, cantando horrible y a veces a los empujones con Jane Birkin". Se reía. Yo lo miraba más que azorado. Después, cada vez que veíamos a un hombre atrapado por Baco, el acotaba, con sarcamo y en voz baja: “, Cuidado, ahí tenes otro enano...”.

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10 de Diciembre de 2016|09:28
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