Au revoir

Por lo visto, mis méritos no han sido suficientes como para que la muerte se digne a llevarme; para ella, no soy más que un cuerpo en condiciones paupérrimas.

Recuerdo que el Dr. R. me dijo que la poca facilidad de expresión oral que sufren la mayoría de los escritores está compensada por la facilidad de expresión por escrito. Diarios. Alejandra Pizarnik.

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Y no obstante sigo aquí. Atrapada en el negro, intentando alcanzar el blanco. Por lo visto, mis méritos no han sido suficientes como para que la muerte se digne a llevarme; para ella, no soy más que un cuerpo en condiciones paupérrimas, que no posee valor alguno, acaso un alma errante y con mil matices, que se halla disconforme con cada uno de estos. Diría que soy algo así como la personificación de la nada absoluta. Una incansable solitaria, a quien a veces, la invaden delirios de grandeza, pero sólo a modo de paliativo, para contrarrestar esta pobre y delicada interioridad.

¿Puede alguien si quiera fijarse en mí? ¿Pueden verme? ¿Escucharme? ¿Tocarme? ¿Mas no sea, molestarse por mi sola existencia? ¿Tan poco es lo que tengo para ofrecer? Estas y otras tantas preguntas de corte existencial, para las cuales no estoy preparada y todavía no concibo respuesta alguna, no hacen más que turbar mis pensamientos por las noches, y por mucho que lo intente, no consigo extirparlas de mi cabeza. ¡Lo que daría por verme librada de esta sanguinolenta pesadilla! Te preguntarás qué tan terrible puede ser aquello que me carcome; cuál es la fuente de todos mis males. Pues, mi mayor desdicha soy yo y mis sentimientos. Yo y mi habilidad para malograrlo todo. Yo y mi visión sesgada del mundo. Yo y nada más que yo. Yo. Yo. Yo.

A plena luz del día, eso que tú llamas vida, no se me aparece más que como una inmensa cruz con la que debo cargar a cuestas, pero no por ello le rehúyo a mi designio, forjado en sueños vaya uno a saber por quién. Si aumentase el peso de dicha cruz, no haría una gran diferencia, puesto que mis hombros y espaldas, son tan o más resistentes que los de un hombre fornido. Debes estar cansado de todo esto. Lo sé. Siempre la misma trama, con alguna que otra variante, pero al fin y al cabo, nada que sea tan relevante como para leerme. Estoy dispuesta a cambiar si me lo pidieses. Qué es lo que no haría en pos de tu felicidad. A veces, siento que hago demasiado por ti, y para qué, ¿qué es lo que obtengo a cambio? Nada, sino, un trato hosco y una actitud de honda indiferencia, acompañados por una falta de tacto y sensibilidad para con mis sentimientos, y cientos de reproches sin fundamento. Si tú estás cansado, yo lo estoy aún más. Creo que no exijo demasiado, sólo un buen trato hacia mi persona, y afecto sincero. Ayúdame a salvarnos. Nada lo puedo sin ti, y al mismo tiempo, todo lo arruino contigo. Ya ves cuán absurda y dramática soy.

Para que puedas adentrarte y escarbar un poco más en mis túneles internos, traeré a colación un hecho que sucedió hace poco y en el que me vi involucrada, y cuál fue mi reacción en ese entonces. Como ya sabes, no soy una mujer que se deje encandilar por los hombres, tú has sido siempre la excepción. Me lo he preguntado incontables veces, ¿por qué elijo entregarme por completo a este hombre y no a otro? Si tanto perjuicio me trae su presencia, como así también, su ausencia, ¿qué es lo que me conduce a amarlo sin miramiento alguno? ¿Acaso un sentimiento arraigado de desvalor? ¿Un conformismo redundante? ¿Mis vanas esperanzas de que llegues a cambiar? ¿El miedo a todo lo que no sea referido a tu persona? ¿La incertidumbre de lo que pudiera haber más allá de tu existencia? ¿O la infundada creencia de que no podría dar con otro corazón que no sea el tuyo? Creo que es un compendio de todo ello. Para no atosigarte con más preámbulos -nunca te han gustado- pasemos a aquel hecho del cual quería hablarte. Hace poco, concurrí a una de esas fiestas que uno no olvida. Se trató de una mascarada, en la que todos los invitados hubieron de ocultar su rostro detrás de un antifaz, como en otros tiempos. Me vi embelesada por la puesta en práctica de una idea tan espléndida, y mi entusiasmo aumentó aún más, al llegar esa noche a la velada, y sentirme como nunca antes, tan segura de mí misma, a causa del anonimato que me prodigaba el ocultamiento de mi rostro tras la máscara. Podía ser quien quisiera, hablar o callar ante cualquiera. Nada ni nadie podía impedirme actuar el personaje que más gustase explorar. Pude entrever todo esto, cuando uno de los tantos invitados, se acercó a mi lado con determinación y comenzó a conversar con quien sea que yo fuese en ese momento. Debido a la gran elocuencia y elegancia con que se dirigía aquel hombre, y también, por su profunda visión del mundo, es que irremediablemente me vi atraída hacia él. No podía comprender cómo alguien que no fueses tú, pudiese llegar a irrumpir en mi alma. Me sentía sucia, y pensaba en ti mientras sonreía con aquel hombre. La pecadora estaba allí, entre esas gentes, y nadie lo hubo notado. Y mi pecado no sólo consistía en hablar animosamente con aquel hombre desconocido, sino también, en ilusionar a este último, con que algo pudiera llegar a pasar entre nosotros, por lo que decidí marcharme sin más. ¿Qué sentido tiene todo esto que acabo de contar? Creo que se trata de un sentido figurado, que habla por sí mismo. Tú sabrás encontrarlo. Pero ten en cuenta que no siento más que amor. Un amor que se abre entre las aguas y que se aleja con las marejadas cada vez que así lo cree necesario.

Parecemos Frida y Diego. Yo tan amor, tú tan amante. Yo tan devota, tú tan corruptible. Nuestra relación se basa en una constante lucha de fuerzas para ver quién de los dos se rinde primero. No me interesa esa superioridad que crees detentar. ¡¿Es que no lo entiendes aún?! Mujer y hombre han de ser iguales en lo que respecta al amor. La lucha de clases no tiene vigencia en dicho terreno. Au revoir.

                                                                                                                                          L.

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5 de Diciembre de 2016|13:39
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