El día que me levante a la más rica del Martín Zapata

¿Quién no sufrió por un amor en la secundaria? Dionisio Barloa nos cuenta su experiencia

 Esta es una historia real, y no le pasó al amigo de un amigo, me paso a mi mientras cursaba mi último año de secundaria en la gloriosa Escuela de Comercio Martín Zapata. La primavera estaba más presente que nunca, y en septiembre el calor invitaba a los alumnos en las 3 horas sándwich que quedaban desde que salías de gimnasia hasta que entrabas a clases, a ir al parque Cívico a tirarnos en el pasto y beber vino en caja mezclado con gaseosa naranja. Mi curso se caracterizaba por amontonar a los más bando y borrachos, y siempre se sumaban los chabones mas piola de otros cursos.

Uno de esos días de calor, en una juntada masiva en “el parquecito”, lugar icono de mi generación, se habían reunido varios cursos a escabiar, y cerca de la una del mediodía, la mayoría entró al colegio y varios decidimos ratearnos sin que la “Estelita”, la preceptora, se diera cuenta. Y ahí la conocí a la Juli. Bah, la Juli era la mina mas deseada del Zapata. Rubia hermosa, de pelo ondulado y ojos celestes, y un culo de esos que por mirarlos te caes a la acequia o chocas en la esquina. De esas minas angelicales y para colmo súper simpática. Una mujer inaccesible para cualquier mortal, más teniendo en cuenta mi estilo en esa época. Imaginense que era rolinga, usaba cubata de verdulero y algunas rastas, remeras de La 25, zapatillas de lona blancas, y le pegaba estampas de bandas stone a todo lo que usaba, además de poseer un hermoso flequillo tipo “hachazo” en la frente.

Después de compartir unos vinos, las lenguas se aflojan, y la charla con la bella blonda se da de lo más natural. El ritual del vino sigue, hasta que tipo 5 de la tarde, nos despedimos todos, y al saludar a la Juli me da un pedazo de papel con su número (el cual todavía conservo). Me reí por dentro, y me fui para mi casa pensando que era una joda.

Pasaron dos días,y me llega un sms a mi Alcatel pantalla naranja (bendigo al wasap de ahora). El texto decía “no te vi hoy en el colegio”. Si, la piba se había tomado el trabajo de averiguar mi número ya que jamás le había mandado un mensaje. Siendo un rolinga sucio, obviamente no tenía crédito, así que no respondí. Al llegar al colegio al otro día, un amigo viene emocionado a decirme que la Juli estaba re enamorada de mi. Mi reacción fue cagarme de risa en su cara, era imposible, esa mina no se podía fijar en mi.

Al salir del colegio, cruzo la calle y estaba Julieta en la esquina, la saludo y casi sin darnos cuenta empezamos a caminar juntos. La cuestión es que era cierto y con el correr de los días empezamos a salir. Imagínense la indignación del colegio, cómo ese rolinga se había levantado a la mina más linda del colegio. Varios lo atribuían a una ceguera temporal de Juli, otros a la posibilidad de que la mina estuviera en una investigación sobre el comportamiento rolinga, la cuestión es que pase de ser un NN a “el novio de la Juli”.

La relación iba genial, era el sueño del pibe y esto influía en mi vida personal. Levanté mis notas, jugaba mejor al fulbo y había cambiado mi actitud totalmente. Pero no todo en la vida es color de rosa. Y una mina tan linda no podía tenerlo todo, tenía que haber algo malo en ese cuerpo de ángel caído. Y empezaron los rumores, primero de desconocidos y luego de amigos, que indicaban que la Juli era bastante “amigable” con otros seres del sexo masculino. En esa época, el boliche que explotaba era Omero. Todo el mundo iba a Omero, pero como yo era rolinga, odiaba la cumbia, por lo que mis fines de semana eran de Aloha. Claramente, salíamos separados, por lo que al otro día nos veíamos y comentábamos que tal nuestro finde. Pero la Juli obviaba detalles que eran importantes.

Hasta que un fin de semana, luego de decirle a Juli que iría a Aloha con mis amigos, me voy para Omero camuflado y me refugio en la pista de rock con los pibes, entre el humo y los flashes pija. Promediando la noche salgo a buscar a Juli, y lo que vi confirmó mi intuición: mi chica franeleandole el culo a un chabon al ritmo de “Baila Morena”, ese reggaeton poronga que nunca más pude sacar de mi cabeza. Acto seguido me acerco a la escena y me quedo esperando que la piba se percate. Cuando se da cuenta, se despega del chabon y viene llorando a pedir perdón. Con un desliz de cubata desaparezco del lugar, y llamo a los pibes para encontrarnos en la barra para matar las penas. El pedo de esa noche fue mundial e hizo que se me fuera toda la bronca por el engaño, y después de ingerir varios “levantamuertos” y “siete colores” nos fuimos a casa en el 110, nuestro transporte oficial.

Nadie zafa de tener un desamor, o de cruzarse con gente que nos lastime. Hoy es una anécdota que tengo para contar, y me recuerda que los pibes siempre están para sacarte de las peores y hacerte sentir mejor. También hay historias de amor, pero quedarán para la próxima vez...

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24 de agosto de 2017 | 08:25
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