Románticos ¿eran los de antes?

En un ataque de nostalgia Paula Pietra nos recuerda cómo había que remarla antes para llegar al otro.

 Hace unas semanas escribí una nota sobre “el levante”, a los días me arrepentí, pero no de lo que decía sino porque estaba incompleta y no hacía justicia a muchos recuerdos, muchas anécdotas que oí y leí en el resto de la semana.

Entonces me di cuenta que mi generación en realidad no sé si fue tal, que tal vez quedó entre medio de otras dos. Aquellos que tenemos alrededor de treinta pudimos experimentar el conocer a alguien a la antigua o levantar al alguien al estilo moderno.

No quiero caer en el cliché de que todo tiempo pasado fue mejor, pero tal vez. Como dije antes, escuchando las anécdotas de adolescentes o jóvenes de mis compañeros, hoy temprano, noté que recordaban con ternura y picardía las locuras inocentes que habían hecho, y me dije eso era fantástico, merece una nota rebosante de nostalgia.

Me llevaron mucho más atrás, al tiempo de los bailes, esos a los que iban nuestros padres o abuelos, el evento social del pueblo para conocer a alguien, las distancias eran otras y no siempre te cruzabas en la calle.

Entonces del otro lado de la sala estaba una chica bellísima, pero era el hombre el que debía actuar. Con un movimiento finamente calculado, muy sutil, debía inclinar la cabeza y sacudirla suavemente hacia la pista, el famoso “cabeceo”, si tenía suerte la dama aceptaría bailar. Si no aparte de la vergüenza del plantón, podía llegar a pasar el terrible papelón de que se parara la madre.

Pero sin ir tan lejos traté de recordar esas pequeñas grandes cosas que eran acercarte a otra persona, esa persona el que “te gustaba”, porque no era calentura era un sentimiento un tanto platónico, un tanto idealizado y bastante maravilloso.

Como dijo Cerati, y no en vano, era cruzar un puente, pero el debate era como llegar sin quedar pagando, sin hacer un papelón, era un camino de ida, ese “tirarse a la pileta” nunca mejor dicho. Se suponía que ese era trabajo del hombre, arriesgar a todo o nada, pero eso no es tan cierto, a la mujer le tocaba el hacerlo saber sin quedar como una desubicada.

Sin lugar a dudas una de las cosas más tiernas que se llevó la tecnología son las cartas, que no necesitaban ser enviadas por correo, las llevaba una amiga, las dejabas en algún lugar donde las pudiera encontrar, dígase carpeta del secundario, y si tenías mucho coraje se las debas de frente y en la propia mano.

No era algo etéreo que se borraba con una falla, quedaban ahí para recordarte un sentimiento hermoso, aunque no fuera correspondido. Si tenés una guardada por ahí, seguro que ahora te estas riendo, si mandaste alguna aparte te vas a acordar de la adrenalina que fue entregarla.

Esa emoción que te recorría por todas partes cuando sabías que lo ibas a ver, porque encontrarlo en alguna parte requería coordinación, no un simple mensaje, en esa época los padres sí que controlaban y escaparte unos minutos era una locura, pero qué hermosa locura. Buscar una plaza, una esquina, un banco, lo que fuera que iba a quedar guardado en tu memoria para siempre que pasaras por ese lugar.

Pero me vuelvo a adelantar, porque a veces era tan difícil verlo o verla, no era cuestión de revisar un muro de Facebook, había que crear la ocasión, eso de esperar que las cosas pasen porque “será lo que tenga que ser”, era dormirse en los laureles.

Entonces le hacías “la vueltita” esperando cruzártela cerca de su casa, hasta que aparecía y no sabías que excusa poner. Mejor aún era cuando compartías una actividad en común, qué ansiedad esperar ese día y qué larga se hacía la semana. Sobre todo para el fin de semana que era la mayor oportunidad.

Coincidir en la misma fiesta, cumpleaños de quince primero y boliche después, era una suerte del destino muchas veces, más que una publicación en Instagram o Twitter. Un fin de semana no salió, otro fue a otro lugar, al otro te recorres todo y no está, otro diste mil vueltas y la mala suerte hizo que no te la cruzaras ni una sola vez.

Si,la mala suerte, porque ponías todo de vos, hasta que apareció, buscabas como acercarte disimuladamente, saludar y si daba el coraje sacar a bailar. ¡Wow que suena anacrónico! Hoy nadie baila, al menos en pareja, y no deja de resultarme gracioso ver grupos de chicos y chicas bailando en grupos, lo más lejos posible.

En honor a la verdad, si bailan en pareja, si se puede considerar a ese manoseo bailar. Y aunque suene como mi abuela, van a coincidir conmigo en que esa calentura no se comparaba con la adrenalina de bailar un lento pegado, era la única oportunidad en que podías tocar algo sin ser un descarado, aunque a veces tuvieras que correr la mano.

No voy a pecar de inocente pero no esperabas ir a la cama, con un buen beso tenías para hablar toda la semana, para eso existían los desaparecidos “reservados”. Es más voy a recordar esa desagradable picardía que era que te tocaran la cola o el culo, tan desagradable y agresivo que era la mayoría de las veces, era un torrente de hormonas que salían de manera descontrolada, que hoy tampoco casi se ve más, porque no tiene gracia, debe ser porque no hay casi nada difícil de conseguir hoy en día.

Es así que si la cosa prosperaba tenías que pasarlo a la semana, verte más seguido, tomar coraje y definitivamente llegar al otro lado del puente, que como dije antes, aparte de encontrarte por ahí ya era ir a su casa. Que te conociera la familia era la confirmación de algo serio, ahora te puede conocer hasta la abuela y no te sacan la etiqueta de polvo ocasional o del tan moderno “chongo”.

La otra forma de llegar a su casa era el teléfono, en la nota anterior El celular arruinó el levante, hablé especialmente de que con el fijo no era lo mismo, no le llegaba el WhatsApp de tu mano a su mano, había que tomar coraje para llamar, porque te podía atender cualquiera de la familia y tener que explicar quién eras se convertía en terrible papelón, para vos y el de la casa.

Había que encontrar un teléfono público si no tenías, había que pagar la llamada y eran caras, había que ir, había que tomar coraje, había que…tantas cosas que hoy parecen tan ridículas porque somos cancheros, que parecen infantiles pero requerían más coraje, el cuerpo lo entrega cualquiera el sentimiento solo los valientes.

Me quedo pensando si románticos eran los de antes, porque al final no lo sé con seguridad, de lo único que me queda certeza es que era hermoso morir de amor…

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20 de noviembre de 2017 | 21:48
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