Henry Miller, el gran escritor descarriado

Trópico de Cáncer, su ópera prima, fue publicado en la capital francesa en 1934, pero tuvo que esperar 27 años y sesenta juicios para que fuera legalizado y editado en su país.

Henry Miller, el hombre que soñaba con entrar a la historia de la literatura al lado de Dostoievsky y de Balzac, el neoyorquino que encontró en París la materia prima de sus trópicos y que hacía el amor con el estómago vacío, se convirtió con el tiempo en uno de los símbolos del difícil género del erotismo literario.

Trópico de Cáncer, su ópera prima, fue publicado en la capital francesa en 1934, pero tuvo que esperar 27 años y sesenta juicios para que fuera legalizado y editado en su país. Ese hecho deja sobre la mesa una pregunta: ¿qué hay en ese Trópico para tantos años de censura?

Rastreando en sus páginas, lo primero que salta a la vista es el lenguaje crudo y, a veces vulgar, de quien escribe como vive, siente y piensa. Quizá no podría ser de otra manera, porque en su obra está su vida en primera persona: los años de París, los amigos, el hambre que acosa, el alma desnuda, la soledad de la escritura, los recuerdos, la juerga, los sueños y los desenfrenos eróticos de un solitario que busca por las calles una compañera de cama.

“… ¡nos vamos por la mañana¡ Es lo que digo a todas las tías que engancho: ¡Nos vamos por la mañana! Lo que estoy diciendo a la rubia de ojos color ágata. Y, mientras se lo estoy diciendo, me coge la mano y se la mete entre las piernas”.

En esos desbordamientos conoce a una prostituta llamada Germaine. “Puta de pies a cabeza, hasta el fondo de su buen corazón, su corazón de puta, que no es en realidad un buen corazón, sino un corazón indolente, blando, que puede sentirse conmovido por un momento…”.

En su alma de infiel, Miller no sólo disociaba el sexo y el amor, sino que manifestaba con claridad que le era imposible contenerse cuando quería acostarse con la esposa de un amigo. Con Germaine, sin embargo, reconoce una fidelidad sectorizada en uno de los territorios del placer.

“… si fui fiel, no fue a Germaine, sino a aquella mata que lleva entre las piernas”.

La obra, hay que decirlo, va más allá del erotismo. Presenta al hombre con sus sufrimientos y sus reflexiones. “Dormir se puede casi en cualquier parte, pero hay que tener sitio para trabajar. Aun cuando no estés haciendo una obra maestra. Hasta una novela mala requiere una silla en que sentarse y un poquito de aislamiento”.

Su ardoroso testimonio humano emerge en la bohemia del Trópico de Cáncer, donde Miller se buscó a sí mismo como si fuera el errático y vagabundo cangrejo que le dio nombre al libro. Dando pasos atrás, tumbos adelante y zapatazos al costado, Henry Miller encontró su tono.

Fuente: El Espectador. 

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