La niebla

Bestsy Benner nos deja una leyenda urbana sobre la niebla en Mendoza... justo hoy.

Me acuerdo que iba caminando. En pleno otoño el frío ya parecía de invierno. No iba lejos, y sin embargo las pocas cuadras que me separaban de mi casa se me hacían eternas. Tenía ganas de comer el helado que tenía en el freezer, ya que el frío era, en mi opinión la mejor época para comerlo.

De a poco, sentí que las cuadras se agrandaban. Y la gente se fue esfumando de las calles y empezó a caer la neblina. Al poco tiempo, en menos de 5 minutos la visibilidad era casi nula. Y justo en el punto crítico de la situación, se cortó la luz en todo el barrio. Solo llevaba encima las llaves de su casa. Y en ese momento, en vez de sentir miedo, empecé a sentir que nada más importaba. Me sentí libre.

Muy a lo lejos se sentían los ruidos de los autos en la autopista cercana que iba al centro. Y la niebla se hizo más pesada aún, y empezó a helar. Me dio la impresión por un momento, de ser la única persona en ese lugar. De que nadie más estaba, y solo yo ante toda la niebla, y la oscuridad.

Las luces de las calles empezaron a titilar raras y de pronto se produjo de golpe un estruendo, seguido por el silencio más estremecedor que he sentido en mi vida, y empecé a correr. Según mis cálculos debía estar a una cuadra de mi casa. Corrí como nunca y la luz volvió. Pero no estaba en mi barrio. Ya no había niebla, y lo que más me aterrorizó de todo fue que miré hacia el oeste, buscando a las montañas de mi Mendoza querida, y no estaban. No había nada. Y las luces naranja del alumbrado público que yo conocía tampoco estaban. Estas eran blancas.

Y eso es lo que le vengo diciendo a todos hace un tiempo ya. Pero es en vano. Llevo un tiempo acá, y sigo sin saber dónde estoy. Siento que hablo y nadie me entiende, o nadie me quiere entender. Ando vagabunda en una tierra que no es mía. Y no puedo escapar, y eso que lo he intentado muchas veces. Siento que soy prisionera en un mundo ajeno, en un mundo que no me pertenece, y nunca lo hará. Y ahora llueve finito. Y la lluvia se mezcla con las lágrimas de mis ojos.

Dicen que hay un tipo de niebla muy densa que solo viene muy rara vez en la vida de una ciudad. Esa niebla especial que se intercala con una densa helada y que sólo a los que están vagando se los lleva. A otros lados, a otros tiempos. Y los deja así, vagabundos perdidos en un lugar ajeno. Esperando que ella vuelva, para volver a ser. Para volver a estar. Para volver a sentir. Una vez más.

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22 de agosto de 2017 | 01:31
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