No va más

El dinero, en su caso, no constituía más que un mero simbolismo; un papel que le permitiría sentirse parte del inmenso círculo de personas que frecuentan religiosamente las casas de juego.

Realmente habríase dicho que me impulsaba el Destino. En una especie de angustia febril, dejé todo el dinero sobre el rojo… y de pronto volví en mí. Fue la única vez durante aquella noche en que el terror me heló, manifestándose por un temblor de mis manos y mis pies. Con horror me di cuenta, en un momento de lucidez, de lo que hubiese significado para mí perder en aquel instante. ¡Toda mi vida estaba en juego! El jugador. Fiódor Dostoyevski.

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El desmesurado precio a pagar luego de haber incurrido en un acto de impulsividad, el vertiginoso azar siempre al acecho con su navaja, la morbosa alteración de los sentidos, el sojuzgamiento del espíritu, el divorcio con la realidad circundante, y la falta de control que se experimenta con tal sólo ingresar a un casino, en donde, en lo único que puede verse beneficiado uno, es en el hecho de alimentar aún más, ese deseo enfermizo y por demás irrefrenable, de saberse indefenso y a la vez todopoderoso; condujo a Nicanor a querer internarse en uno de estos. El dinero, en su caso, no constituía más que un mero simbolismo; un papel que le permitiría sentirse parte del inmenso círculo de personas que frecuentan religiosamente las casas de juego, adoptando las características psicológicas de estos, y al mismo tiempo, mimetizarse con todo lo que define a dicho grupo.


Días previos a su advenimiento al casino, se dispuso a ahondar en cada una de las varietés y escenarios posibles. Sin ir más lejos, atisbó a perfeccionarse en el circuito cíclico del juego, pero tan sólo en un plano mental. Pudo introducirse en todo ese mundo desconocido para él, gracias a las amistades que hubo cultivado en los últimos tiempos, entre las cuales se encontraban las personalidades más histriónicas y pudientes de toda Europa. Su provechosa posición, le permitió adentrarse y profundizar en cuestiones tales como el influjo del azar, rituales y personalidad del jugador, así como también, cambios del estado del ánimo, comportamiento de la banca, teoría de la probabilidad, lenguaje y comunicación no verbal, motivación, expectativas y cinestesia del apostador, entre otros factores que hacen al juego. Toda aquella información, le fue suministrada por las conversaciones entabladas con jugadores expertos en el tema. Se sorprendió al caer en la cuenta de que la clase alta, contrario a lo que se piensa comúnmente, es la que mayor concurrencia registra en las casas de juego. Al parecer, se hallan bajo el influjo de una avaricia sin límites, en detrimento de cualquier otro aliciente. El exceso y el despilfarro son los únicos aliados para estas gentes que nada tienen para hacer, más que gastar y perder cuanto tienen en sus opulentos bolsillos. El imperioso deseo de querer destacar entre sus coetáneos, los mueve aún más. El otro dato de relevancia producto de sus conversaciones, se circunscribía al perfil psicológico de aquel que apuesta una cuantiosa suma de dinero cada vez que juega. Nicanor, pudo vislumbrar en todo ello, una actitud y comportamiento desafiante e impulsivo para su acreedor, al cual, lo único que le interesa, es satisfacer de una manera u otra, su pobre espíritu echado a menos. El goce le conduce a todo ello, y una vanidad lindante con la autodestrucción. Nada lo seduce más, que la fantasía de llevarse el mundo por delante, aun cuando el precio a pagar y las consecuencias, sean extremadamente elevados.

Nicanor, el eterno obsesivo, con sus rituales y pensamientos intrusivos de orden e higiene; se hallaba inmerso en un mundo completamente nuevo, y en aras de procesar todo aquello que se le presentaba como tal. Por un lado, experimentaba una cierta fascinación, y se hallaba deslumbrado, por todo lo que en apariencia trae consigo el juego, a saber, la fantasía de un cambio radical en el estilo de vida en caso de ganar, y la inextricable sensación de bienestar, que se halla presente cada vez que se realiza una apuesta, pero por otro lado; era víctima de un sentimiento de repulsión que invadía todo su cuerpo, a causa de todo lo que pudiera llegar a resultar de todo ello. Si bien, en su caso, el hecho de ir al casino no se trataba más que de un experimento social y un divertimento, lo abrumaba el espectáculo del que era partícipe. Observar a esa vorágine de hombres y mujeres supeditada a una voracidad insaciable, subyugados por las paredes asfixiantes del casino, y ajenos a cualquier otra forma de vida que no tuviese que ver con ellos y el juego, le producía un desagradable sentimiento de angustia y hastío. Sentía compasión por aquellos ludópatas, que a su criterio, no eran más que un montón de almas perdidas; que se encontraban en un perenne estado de indefensión, hasta que alguien les quitase la venda de los ojos. Hubo arribado a la penosa conclusión de que, cuanta menor cantidad veces se ve beneficiado el jugador, mayor es el número de apuestas por parte de éste, por eso la obstinación del casino en querer inyectarle a sus clientes una cierta dosis de ilusión, cuyo efecto principal, no consiste sino en incrementar la confianza del jugador, para que éste, en un estado febril cercano a la locura, intente desesperadamente una y otra vez, hacerse con una suma de dinero que jamás podrá conseguir.

Otro particular fenómeno que llamó la atención de Nicanor, se refería a la noción del tiempo. Éste pasa a un segundo plano en el casino. Es ignorado sin más. De ahí que la mayoría de los jugadores no se sientan intimidados por las agujas del reloj. Su atención se concentra por completo en el juego, viven por y para éste. Como si se tratase de una relación amo-esclavo; pero en donde el jugador no puede abandonar la posición de esclavo, ya que ni siquiera lo intenta. Alejarse de ese mundo, tan malsano y oscuro para aquellos que no pertenecen a él, no es una opción para los que sí.

Es por ello que Nicanor, habiendo tenido suficiente, decidió salir de allí, para no volver nunca más.


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3 de Diciembre de 2016|12:38
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