Espejos

Los dejamos con otro apasionante capítulo de la historia de Eva y Horacio.

 La historia de Horacio y Eva no es una saga, ni una novela, ni debería estar capitulada, sino que las mismas van surgiendo al azar, básicamente según lo inspirado que esté. Pero, es verdad que sigue cierta correlatividad. De todas formas, pretendo que disfruten el camino, no el final. O sea, la historia en si es incierta, seguramente triste, lo interesante debe ser lo que va sucediendo. Además pueden ir apareciendo “anexos”, que no hacen a la historia de Horacio y Eva, pero pueden ir sumando detalles y personajes. Entonces, si no han leído nada antes, les paso la correlatividad de las mismas:

Capítulo 1 – La sucursal mendocina de los Hombres Sensibles de Flores
Anexo 1 – La secta de los Seductores Implacables
Anexo 2 – Consejos trasnochados para un abandonado
Capítulo 2 – Hasta que choque China con África
Capítulo 3 – El hilo rojo
Anexo 3 – Los onanistas impúdicos
Capítulo 4 – Limerencia
Capítulo 5 – Inefable
Capítulo 6 - Desencuentros

Capítulo 7 – Espejos

La lluvia no daba tregua, el cielo continuó gris, herido, exactamente como le latía el corazón... húmedo, oscuro. Los días pasaban y no había pizca de aliño feliz en la ensalada que era su cabeza. Tantos kilómetros, tan lejos... tanto silencio. No encontraba consuelo en nada, no había reparo, no existía oído que pudiese comprender el sentimiento letárgico de un amor imposible. Todo era un eco irascible. La vida era una casa abandonada, sin ruidos, sin risas, sin olores, sin amor.

Se hacía cientos de preguntas, intentaba buscar algunas respuestas, inventaba huidas románticas, soñaba con encuentros posibles, o reencuentros, o al menos una charla de café como la primera, como la de aquella vez. Donde se conocieron. Donde, sin saberlo, ni pretenderlo, ni quererlo, se enamoraron. Porque ahora lo sabía con certeza. Las palabras... las miradas.

Se había descubierto muchas veces tras alguna ventana, observando el inmenso desamparo de la ciudad. Recorría calles y veredas con la vista en el suelo, con el alma mojada, imaginando citas imposibles, anécdotas jamás vividas, finales trágicos o románticos, situaciones hipotéticas. Reía. Lloraba. Maldecía. Repetía su nombre a diario, para no olvidarlo, siempre, para escuchar como sonaba pronunciación en el ambiente, para que alguien en su vida lo dijese. Proyectaba esa imagen a su lado en cada espejo, en cada vidriera. Caminando juntos, mirándose, sonriendo, saboreando el petricor citadino, por fin los dos, por fin correspondidos. Su mente iba a explotar.

Compartía sus días con varias personas, de todo tipo, pero se sentía como un ente desterrado de una multitud frenética e insulsa. Aparecían algunos consejos sobre cómo sobreponerse... ¡como si fuese tan fácil solucionar los asuntos del corazón!, como si se pudiese explicar con un manual el sentimiento, cómo si se pudiese con un soplo saldar la nostalgia, como si apaciguar las aguas bravas de la pasión fuese un tema personal. Transitaba la vida como un fantasma, como un cuerpo inánime, sin muchas razones para seguir, sin ganas de nada, sin ánimos ni expectativas. Una cuestión absurda y febril.

Muchas veces pensaba que quizás nada había existido, que tal vez todo había sido un invento de su mente, pero no... su historia era real, el sentimiento era concreto, era palpable, era tangible. Su historia no era una ilusión, y si no era una ilusión, entonces era una desilusión. Eso nos hacía humanos... las desilusiones, pensaba. La expectativa es un sentimiento ficticio, el desengaño es caer en la realidad... esta historia, su historia, era real como sus dedos, como sus zapatos, como su boca, su mirada y todo su ser. Real como la distancia que los separaba, como los imposibles, como el alud que hacía poco tiempo había irrumpido en su vida. Real como el presente. Correr... solo quería correr. Escapar de todo. Soltar las amarras y naufragar en su mar indómito. Desprenderse de su mano. Olvidar todo lo más pronto posible para poder seguir viviendo... o morir en el intento.

Hay muy pocas cosas que podemos elegir realmente, enamorarse no es una. No elegimos enamorarnos, ni cuándo, ni dónde, ni cómo, ni siquiera con quién... simplemente pasa, como un vendaval, como el tiempo, pasa... y no se puede detener, no se puede parar, no se puede explicar, es algo que se siente tan adentro, tan profundo, es ese motor, es el sentido de las cosas. Es una fuerza natural. El hambre de un incendio voraz. Simplemente sucede, fluye. Un sentimiento arrollador, imparable.

Iba de casa al trabajo y del trabajo al hogar como un envase vacío, como un sobre sin carta, como una caja sin sorpresas, ni regalos, ni risas, ni esperas. Estaba en su mente todo el tiempo, en cada palabra, charla, mirada, silencio, reflexión, café, libro, película, acorde, en todos los matices del arte. Y si eso no era amor... ¿que carajos lo era entonces?

Apostar a sus sentimientos claramente hubiese lastimado a terceros, hubiese dejado heridas en los demás y no estaba en condiciones de hacerlo, no podía con su genio, no en este momento. Se sentía cobarde y triste. Pero no podía. Había decidido cargar en soledad el peso de su cruz, como tantas veces en su vida, sin esperar ayuda de nada ni de nadie. Simplemente en silencio, buscando cables a tierra en la cotidianidad, en las cosas simples de la vida, en sus vicios y costumbres. En la música, en los libros, en los cuadros. En sus letras ocultas. ¿Qué era ahora que quería ser quién no fue?

Estaba todo el tiempo con gente, pero no tenía ganas de hablar con nadie, ni de hacer nada, los días pasaban huraños, fríos, automáticos, rutinarios. La vida se le iba de las manos, se le escapaba, se le caía y estropeaba... se le hacía harapos. Lloraba en silencio, como se llora de desamor, casi sin lágrimas. Furia. Ira. Bronca. Desidia. Cualquier tango era una analogía de sus días.

A ciertas horas, cuando todos regresaban a sus casas o cuando iban a trabajar, buscaba su rostro entre la gente, pensando que quizás podía estar ahí, también buscando, apurando algún capricho del azar, también esperando, también soñando. Y siempre, pero siempre, pensaba en cómo se debería estar sintiendo. Si le habría pasado lo mismo, si igualmente sentiría esto que sentía, viviría esto que vivía, sufriría esto que sufría, desearía esto que deseaba y esperaría lo que esperaba. Se dio cuenta que estaba rozando la locura, pero se le hacía imposible esquivar al corazón, incluso se sentía más persona al sufrir por amor. Jamás había sentido algo tan profundo.

Le pesaba el tiempo, la distancia, la situación de cada uno, el vacío, la soledad. No había cielo que los uniese, ni mensajes, ni llamados, ni cartas, no había conexión, ni señales, no había nada... no había más nada. No quedaba más nada. Iba creando su propio cadáver exquisito.

Entonces tuvo que entender, a la fuerza, que quizás aquel sueño había sido la despedida... una intensa despedida. Apasionante. Que la vida había hecho lo suyo para recordarle lo que podría haber sido... y no fue. Que no era ni un adiós, ni un hasta siempre, simplemente un hasta luego. Porque bajo ninguna circunstancia iba a poder olvidar este amor que le había vitalizado el alma, amor por el que soñaba, sufría y esperaba.

Argentina y España. Lejos estaban nuestros sentimientos encontrados. Padeciendo una locura vibrante, éxtasis de amor.

¿Quién era? Eva, Horacio. Horacio, Eva. España, Argentina. Argentina, España. Barcelona, Mendoza. Mendoza, Barcelona. No importaba, era indistinto, eran ambos. Eran dos personas sintiendo lo mismo, dos piezas de un mismo artefacto, separados por kilómetros y circunstancias, conectados por el alma, padeciendo la lejanía y el silencio, sin necesidad de nada más. Eran dos locos muriendo de miedo y amor, por un amor imposible, por un amor de verdad, por esos amores que te marcan la vida, que calan los huesos, que atraviesan los sentidos y que nos dejan el corazón latiendo salvaje, como un animal herido.

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23 de octubre de 2017 | 02:19
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23 de octubre de 2017 | 02:19
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