Una visita al British Museum

Antigüedades de Europa, Asia, África y América se pueden ver en este museo, que funciona en Londres desde 1753. No te la pierdas.

Algunos dicen que este museo ubicado en pleno centro de Londres, Inglaterra, es el más fiel representante de las ideas de la Ilustración europea, por ser la institución pública y secular más antigua. Cada año lo visitan seis millones de personas para ver parte de la colección de siete millones de piezas, atesoradas desde el siglo XVIII, en este inmenso edificio de estilo neoclásico –un cuadrado con cuatro alas laterales, diseñado en 1823 por Sir Robert Smirke– ubicado en Great Russell Street, entre las calles Montague y Bloomsbury.

En 1850 el British Museum tenía casi el mismo aspecto exterior que hoy impresiona a los visitantes: un gran pórtico de entrada con columnas griegas y una escalinata, todo recortado entre los árboles que sombrean el acceso principal sobre Great Russell Street. Apenas se entra en el museo, el primer asombro lo produce la vitrina donde se expone la Piedra de Rosetta –de 2.200 años, descubierta por las tropas de Napoleón en el delta del Nilo–, que inspiró a Champollion para descifrar los jeroglíficos egipcios. Más allá, en las galerías que ocupan la planta baja, la vista se va hacia las esculturas monumentales: el torso del faraón egipcio Ramsés II y algunas obras maestras encontradas en lo que fue Asiria –hoy Irak–, como la cacería de leones grabada en los bajorrelieves del palacio de Ashurbanipal, en Nínive, o el león alado del palacio de Ashurnasipal en Nimrud.

Otra galería guarda los frisos de mármol del Partenón de Atenas –Lord Elgin los entregó al museo en 1816– que, para los entendidos, son una de las cumbres del arte clásico. Los frisos muestran un desfile de guerreros en procesión hacia la Acrópolis, para homenajear a los dioses. Las cámaras fotográficas no paran, pero vale la pena detenerse ante la maravillosa “cabeza de caballo” de la diosa Selene: el animal parece respirar, como si estuviera vivo.

El desafío para el público es planificar la visita de modo de no sentirse abrumado. El museo funciona en el horario de 10 a 17.30 y la entrada es gratuita, salvo en el caso de las exposiciones invitadas.

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Toda la historia en un lugar

La fundación del Museo Británico –en 1753 y en un edificio del que luego se mudaron– fue un acto típico de la Ilustración: no se cobró entrada y se abrió “para el progreso, conocimiento e información de todas las personas y para el bien de la nación”. Surgió del “gabinete de curiosidades” de un naturalista, Sir Hans Sloane.

A diferencia del Louvre de París, el Hermitage de San Petersburgo o el Metropolitan de Nueva York, el British Museum no se especializa en pintura occidental, aunque tiene algunas obras de Picasso, Leonardo da Vinci, Blake y Turner, entre otros. Pero su ambición fue contar la historia del mundo, desde la prehistoria hasta las civilizaciones avanzadas. O sea, contar qué significaba vivir y morir en esas culturas, mostrar su arte y su vida cotidiana.

En las 94 salas del museo repartidas en cinco pisos, hay muchos testimonios de esa ambición: desde el Mausoleo de Halicarnaso hasta jades chinos de la dinastía Ming, códices de México, esculturas hindúes o islámicas, un antiguo juego de “dominó” encontrado en Ur, el rinoceronte dibujado por Durero o un “moai” de la Isla de Pascua. Para no marearse entre tantas maravillas, el British Museum tiene un sistema de audioguías –en once idiomas– que comentan más de 200 objetos “clave” del museo. También se hacen recorridos “temáticos” de media hora, con un guía. La variedad de temas puede ir desde la cultura de Japón hasta los dioses en la Gran Bretaña romana, la Europa Medieval, el mundo del dinero, la Ilustración europea, las civilizaciones de Egipto, Roma y Grecia, de Irak, Africa, China, el sudeste de Asia o América.

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Semejante riqueza tiene que ver con que, desde el siglo XIX, el British Museum –a veces individualmente o junto a la Royal Geographic Society– patrocinó expediciones arqueológicas en Oriente Medio, Asia y Africa, sin dejar de acrecentar sus colecciones de antigüedades clásicas y medievales europeas. Siempre había un diplomático o un expedicionario inglés que donaba sus hallazgos al museo. Con el tiempo, de ese patrimonio nacieron otras instituciones: los libros originaron la Biblioteca Nacional; a partir de los fósiles y especies animales surgió el Museo de Historia Natural; de las pinturas donadas por aristócratas, la National Gallery; de los vestuarios, muebles y diseños, nació el Victoria & Albert Museum dedicado a las artes decorativas.

En el diseño original del edificio, el corazón del British Museum era el “British Library Reading Room”, la sala de lectura del museo. Por allí pasaron los novelistas Bram Stoker y Arthur Conan Doyle, Karl Marx escribió “El Capital” en esta sala. Hoy, el “Reading Room” es el centro de una plaza interior techada, el “Great Court” –en 2000 la hizo el arquitecto Norman Foster– que oficia de acceso a las galerías. El “Reading Room” tiene ahora unos 25.000 libros, un centro de informaciones, salas de exposiciones, restaurantes y cafés.

Otro rincón restaurado en 2003, la Galería de la Ilustración, recrea el ambiente del siglo XVIII en que nació el British Museum. El famoso vaso neoclásico del arquitecto Giovanni Piranesi está allí, entre los diarios australianos del capitán Cook y transcripciones de jeroglíficos hechas por Champollion. En esa época el mundo era un enigma y este museo quiso, por fin, desentrañarlo. 

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29 de Septiembre de 2016|20:43
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