En la estratósfera

Estar rodeada de personas, y aun así, sentirme como suspendida en la estratósfera. Por momentos, mi estado de ánimo se amalgama con el del clima reinante.

() En los extravíos nos esperan los hallazgos, porque es preciso perderse para volver a encontrarse. Eduardo Galeano.

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Estar rodeada de personas, y aun así, sentirme como suspendida en la estratósfera. Por momentos, mi estado de ánimo se amalgama con el del clima reinante. Hoy, por ejemplo, se halla en consonancia con ese frío abrasador y contumaz, que le hiela a uno los huesos, al punto de no desear más que un poco de tibio calor, para, a la brevedad, paliar el efecto recalcitrante de su accionar. Soy una nube gris, que se aleja cada vez más y más del resto de sus compañeras. Una nube que no se siente a gusto estando entre nubes, valga la redundancia, y que sufre la suerte que le ha tocado vivir. Aunque pueda parecer disparatado todo lo que se desprenda de mi mundo, y no haya ninguna prueba a mi favor que demuestre mi inocencia como mujer que vive y piensa su vida; no por ello es menos verídico y sustancial que otras realidades. Lo que quiero decir, en sucintas palabras, es que una multitudinaria masa de sentimientos desperdigados arremete contra mi alma, y tu trabajo consiste en desentrañar la fuente de ser de cada uno de ellos.

¿Por qué siempre me veo compelida a postergar las cosas inexorablemente? El pensamiento latente que me conduce a ello, la mayoría de las veces, es el siguiente: 'Mañana me encontraré con una disposición de ánimo inmejorable, mucho más activa y propulsora, lo cual, surtirá el efecto esperado en mi motivación, para llevar a cabo de una manera cabal, todo cuanto me proponga hacer'. Eso en cuanto a mis expectativas, pero en la praxis, sucede todo lo contrario. Allí, soy como un edificio en construcción, que por el momento, no es más que un conjunto de materiales, trabajo humano, y planos; y cuya inauguración, corre a contrarreloj con el pasar de los meses. Si alguien se propusiera confeccionar un plano de mi vida interna, de seguro renunciaría sin más, de sus intentos por querer llevar a cabo semejante proeza. Y es que la idea de querer escudriñar todos mis escondrijos, para dotarlos de un orden, no es asequible ni en lo más remoto. No es por vanagloria, ni tampoco, por un remarcado complejo de superioridad; pero creo que soy la única mujer que se complace con el hecho de saberse indescifrable para el resto. Soy un espécimen a considerar en mi género. Mientras la mayoría de las mujeres se muestran deseosas porque las comprendan, en lo que a su subjetividad se refiere, yo por mi parte, repelo cualquier intento de comprensión de mi persona. Me incomoda ser el objeto de estudio de alguien que no sea yo. ¿Quién puede llegar a conocernos de un modo exhaustivo más que nosotros mismos? Nadie. Incluso, cuando uno se halla predispuesto a explorarse a sí mismo, llega a la terminante conclusión, de que no ha dado más que vueltas en círculo, al querer ir más allá de lo que abarca su comprensión, por lo que, resulta absurdo pensar que alguien ajeno pueda, como si nada, recabar y apropiarse de todo aquello que se le escapa a uno.

Si uno se adentra en la interioridad de un otro, puede que ahonde en aquellos territorios cercados que hasta el momento no habían sido explorados, o bien, que alcance a vislumbrar con toda perspicuidad, cuán limitados y desprovistos de recursos nos encontramos, para llegar a advertir todo aquello que le incumbe a otra alma; mil veces diferente a la nuestra, y otras mil veces semejante.

Una vida sin errores no se constituye como tal, y la mía, se encuentra superpoblada. Es como una trampa llena de errores mordaces y cíclicos, de la que soy presa constantemente; no obstante esto, me hallo inmune de sus consecuencias desde hace tiempo. (Equivocarse - sopesar - reparar – equivocarse – sopesar – reparar, etc.).

Ayer, aprovechando que todos hacían la siesta, me quedé con la mirada suspensa, y mis codos apoyados en el alféizar de una de las ventanas de la casa. Observaba el agradable y bello paisaje que se yergue en toda la extensión de la inmensa campiña. Sólo un insignificante puñado de pájaros canturreaba por los alrededores. La música que ofrecían, era más bien oscura y apagada, y no contaba con el particular brillo que tanto la caracteriza. Tal vez el frío ejercía algún efecto en su canto, no lo sé.

Tenía la certeza de que por estos lares, todo sería distinto, pero los mecanismos que componen la vida, no varían según la geografía. Las cosas se presentan con la misma tonicidad implacable, tanto aquí, como en el otro extremo del mundo. Mi idílica creencia, de que cuanto más alejado se encuentre uno del rincón donde se aúnan todos sus problemas, las probabilidades de mejoría aumentan de manera inusitada, era definitivamente errónea. A veces, cuando me detengo por un momento en mi mente, y me doy vuelta para percatarme de si los problemas siguen estando allí, corroboro que aún no se han marchado, y están más presentes que nunca. Y lo mismo sucederá mañana, y pasado, y así sucesivamente. ¡Qué desgracia! ¡Tener que hacerle frente a todo aquello que nos hace flaquear! ¡Lo que daría por poder transformar mis problemas en otra cosa! Quizás ese sea el verdadero motivo por el cual perduran. Insistir demasiado en su transformación, cuando en realidad, se debería procurar entenderlos, y asimilarlos como lo que son, sin pretender corroerlos. Pero qué estoy diciendo, nada más alejado de la verdad. Sin transformación, no hay cambio, y es necesario que las cosas vayan mutando, de lo contrario, todo permanecería igual.

Me detuve a revisar lo que he escrito hasta ahora, ya sabes, para corregirme en caso de que haya sufrido otra de mis crisis de verborragia. El veredicto es: culpable. Puede resultar paradójico, pero las palabras surten un doble efecto en mi espíritu. A la vez que me siento segura e inalcanzable con ellas, muchas veces, también experimento la sensación de que no hacen más que cavar mi propia tumba.

                                                                                                                                          L.

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2 de Diciembre de 2016|23:48
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