Sin entender lo ocurrido

Entre los hechos más desafortunados que hubieron irrumpido en la vida de Nicanor, podría mencionarse, el de la vez que hubo de acompañar a su amigo Francisco durante su estado de convalecencia.

-¡Éste es el fin! -dijo alguien a su lado.

Él oyó estas palabras y las repitió en su alma. "Éste es el fin de la muerte" -se dijo-. "La muerte ya no existe." Tomó un sorbo de aire, se detuvo en medio de un suspiro, dio un estirón y murió. La muerte de Iván Ilich. Lev Tolstói.

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Entre los hechos más aciagos y desafortunados que hubieron irrumpido en la vida del entrañable Nicanor, podría mencionarse, el de la vez que hubo de acompañar a su amigo Francisco durante su estado de convalecencia. Aquella persona con quien compartiera su prodigiosa infancia, como así también, gran parte de su convulsionada adolescencia, y actualmente, su decadente y mal llevada vejez; se hallaba más cerca que nunca de la muerte.

Ni más ni menos que Francisco, aquel estrafalario personaje que se sentía lozano y vivo a la manera de un niño al jugarle bromas a los demás, que no despertara más que simpatía y buenos sentimientos, y que apreciaba más que nadie en este mundo su vida, una vida con altibajos y todo, se encontraba en la recta final, dando sus últimos pasos en la existencia.

Toda una vida de decoro, trabajo, esfuerzo, dedicación, y complacencia, pronto se reduciría a polvo, y pasaría al olvido –si contaba con algo de suerte algunos le recordarían- sin más. Sus pensamientos ahora teñidos de negro, evocaban la imagen de su cuerpo inerte dentro del ataúd, y esto le resultaba molesto y doloroso a la vez, ya que nada podía hacer para evitar dicho desenlace en lo inmediato. La representación del encuentro inminente de su cuerpo con esa caja vacía, desprovista de cualquier objeto al cual aferrarse y carente de vida, lo sumía en una profunda desazón, y no atisbaba más que oscuridad y penumbra.

A sus 74 años, impregnado de aquél espíritu joven que siempre lo hubo caracterizado, y con el ferviente deseo de seguir existiendo entre los vivos; sus pulmones hubieron de dar claras muestras de haber llegado al punto culmine de su funcionamiento. Ya no podían resistir mucho más, por lo que su estado físico, pendía cada vez más de un hilo. El declive se había hecho evidente, y la muerte, que acechaba en todo momento con aparecer, se encontraba próxima a interferir en la vida de aquel simple mortal.

Si bien no renegaba del hecho de saberse muerto dentro de muy poco, un profuso sentimiento de fatalidad hubo de invadir de repente su vida interior, tras recibir la noticia de su enfermedad, y del tiempo de vida que aún le restara, hasta que su corazón, sus pulmones, y todos sus órganos dijeran basta. La realidad era que, todas aquellas empresas que alguna vez hubo emprendido, habían sido conquistadas en su totalidad, por lo que se encontraba por entero satisfecho. No había nada irresuelto que dejara sin terminar, o de lo que debiera arrepentirse antes de partir. Todo lo que hubo deseado, o a lo que hubo aspirado en vida, supo encararlo con brío y paciencia, pese a los incontables reveses que a cualquier otro hombre con espíritu endeble, le harían desistir de sus esfuerzos al primer tropiezo

No tenía a nadie en el mundo que lo pudiese llorar o extrañar luego de su retirada, a excepción del buen Nicanor. El hecho de saber que su amigo lo acompañaba en la estacada, como siempre lo hubo hecho, le devolvía algo de paz a su alma ahora turbada. Aunque se mostrara terne por fuera, y luchase con ahínco por no exteriorizar su miedo con respecto a lo que estaba por venir; muchas veces se entregaba a la tristeza, como abatido por tener que vérselas con semejante situación. Aunque sus fuerzas le dijesen que no, y se viera debilitado por momentos, su espíritu inquebrantable no estaba dispuesto a cejar en su voluntad. Lacerantes recuerdos cercaban sus pensamientos: el de la muerte temprana de su único vástago, y el cese de toda relación con la madre de éste, aquella mujer que hubo sido su amada esposa tiempo atrás. Eran como puñaladas para su viejo y derrotado corazón, y cuando se encontraba a solas, con la privacidad de su espíritu, sus ojos se empañaban a raudales, y su carácter férreo se quebrantaba sin más.

A causa de la tuberculosis pulmonar que comprometía su salud, se vio obligado a permanecer en un sanatorio, al cuidado de médicos especializados en tales casos. Nicanor hubo de hacerse cargo de los elevados costos del tratamiento, ya que su amigo sólo contaba con una módica suma de dinero, que hubo ahorrado durante algunos años por si acaso.

- Así que esto es todo. Qué lástima, pensaba vivir un poco más, pero así son las cosas. El fin se acerca, y yo, yo no puedo explicarte cómo me encuentro por dentro. Hay un resto de mí que desea seguir, y otro, que ya ha declinado. –dijo apesadumbrado Francisco, el cual se encontraba tendido como un muerto en una cama. Nicanor, que estaba ocupando una silla a su lado, escudriñaba cuanto sucedía en la habitación.

Al ver a su amigo en aquel mísero estado, no podía evitar pensar en la vida y en la muerte. No hallaba una respuesta a la pregunta de por qué un hombre debe verse constreñido a seguir sufriendo, incluso estando tan cerca de que una muerte anunciada se deshaga de él. Si a fin de cuentas, todo se reducía a la no existencia, entonces nada de lo que hiciere, sería provechoso, pensaba para sí.

- ¿Por qué ese talante mi buen amigo? –increpó Francisco a Nicanor, el cual se hallaba ensimismado, como abstraído en otro plano.

- No es nada. Es sólo que ver a un amigo convalecer, no es algo para lo que haya estado preparado. –dijo afligido Nicanor.

- Quisiera contar con el valor para poder decir que todo estará bien, que a todos les llega la hora, pero no, me encuentro atravesando los mismos sentimientos que tú. Sí, voy a morir, y eso me asusta como ninguna otra cosa. –dijo el enfermo.

- No es el hecho de desaparecer lo que me abruma, sino, todo lo que le rodea. Angustia, dolor, desasosiego, recuerdos, ataúd, cementerio, lágrimas, y por último, olvido. Y la vida continúa sin más. –dijo con tono reflexivo el acompañante.

- Puede que parezca un delirio, pero creo que no hay nada más humano que la muerte. Con su coyuntura y todo, le permite a uno reflexionar acerca de muchas cosas. Por ejemplo, hasta qué punto es posible trazar la línea divisoria entre: vida y muerte, muerte y vida. He llegado a convencerme de que el primer estado, no es más que el reverso del segundo, y viceversa. Dicha entelequia me tranquiliza, ya que si no estoy errado, nacemos para vivir y morir, así como también, morimos para dar nacimiento a otra cosa. Esa otra cosa, puede ser un pensamiento, o un sentimiento que adopta la forma de un recuerdo. –sentenció Francisco con vehemencia.

Un repentino y fulminante ataque de tos, lo obligó a guardar reposo por un momento, por lo cual, Nicanor se dispuso a ir por la búsqueda de algo de comida. Al volver, encontró a su amigo muy mal, expectoraba sangre por la boca, y tenía fiebre. Aquel fatídico e insoportable espectáculo, era algo de lo que jamás se olvidaría. La enfermera, elevaba la cabeza del enfermo, mientras le estrujaba un paño húmedo en las sienes, y le suministraba un nuevo suero. Todo ello, era la muerte con su coyuntura, de la que hubo hablado su amigo hacía un momento. Cuando el enfermo pareció recomponerse nuevamente, la enfermera abandonó la habitación tan rápido como pudo, con la congoja que se había apoderado de su pálido rostro.

- Nicanor, dame tu mano. Es que siento todo extraño a mi alrededor. Como si algo me oprimiera por dentro, y no me dejase pensar en nada. –dijo en un estado de delirio el sentenciado a muerte.

- No temas, aquí estoy. No olvides guardarme un lugar a tu lado, adonde sea que nos lleve la muerte. –por dentro, Nicanor se sentía morir, al igual que su amigo.

- Es lo primero que haré, mi estimado amigo. Ya siento añoranza de esta vida, o quizás no sea más que miedo e incertidumbre, camuflados en otra cosa. –dijo el enfermo, observando a la nada, como si se encontrara solo en la habitación.

Luego, el enfermo dio una última bocanada de aire, y con una sonrisa infinita que se había dibujado en su arrugado rostro, se entregó a la muerte. Sus ojos yacían ya sin vida, y Nicanor, Nicanor salió de la habitación sin entender lo ocurrido.

Manuel Arias


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