Reflexiones sobre fútbol

De todos los deportes que se juegan en equipo y con pelota, que por cierto son muchos, el fútbol es el más "azaroso" en lo que concierne al resultado de los partidos.

De todos los deportes que se juegan en equipo y con pelota, que por cierto son muchos (rugby, vóley, básquet, handball, waterpolo, etc.), el fútbol es el más azaroso en lo que concierne al resultado de los partidos. En el balompié, es relativamente corriente que el score no refleje el trámite del juego (posesión del balón, predominio en el mediocampo, situaciones de riesgo, chances netas de gol). Y por ende, no resulta nada extraño que el contendiente más débil logre la hazaña de derrotar al más fuerte. Por el contrario, en los otros deportes colectivos de pelota la correlación entre desarrollo y resultado del partido es bastante más alta, y menos veces se da el milagro de que David consiga vencer a Goliat.

Esta peculiaridad del fútbol se debe a la excepcionalidad del gol. En efecto, a diferencia de lo que sucede en otros deportes de equipo y pelota, en el balompié los tantos son extremadamente escasos, infrecuentes. Sirva este dato a modo de ilustración: en la última Copa del Mundo de la FIFA, disputada en Brasil, el promedio de goles por partido fue de apenas 2,67… En casi todos los otros deportes colectivos de balón, los tantos se cuentan por decenas.

El marcador de los partidos de fútbol, en contraste, por ej., con el score de los encuentros de básquet, es singularmente exiguo. En el balompié, no es nada improbable que una victoria 1-0 resulte completamente accidental, contingente. En el baloncesto, en cambio, las posibilidades de que un triunfo 100-80 represente un albur, un regalo de la diosa Fortuna, son muy remotas. Lo mismo en el handball: sólo excepcionalmente un resultado 35-25 es producto de la suerte. Otro tanto en el vóley: un 25-20, 25-15, 20-25, 15-25 y 25-20 muy difícilmente pueda deberse al azar. Sería tedioso enumerar más ejemplos.

En virtud de la llamada ley de los grandes números, cuanto más abultado sea un resultado deportivo, tanto más probable será que refleje el trámite del juego. Y a la inversa, cuanto menos abultado sea el score, tanto menos probable será que se ajuste al desarrollo del partido. Como bien explica la ciencia matemática de la estadística, a medida que aumenta el tamaño de la muestra (cantidad de tantos) los valores de la misma tenderán a confluir con los de la población (cantidad de ataques), y viceversa. En el balompié, como es sabido, el equipo que protagoniza el juego hegemonizando el balón, dominando el mediocampo y generando más ocasiones de gol suele verse privado súbitamente del merecido premio de la victoria en alguna jugada aislada de contraataque o pelota parada del rival.

Así son las cosas en el fútbol, guste o no… Por muy eficiente y eficaz que sea una escuadra futbolística en ataque, por mucha creatividad y puntería que tenga, la inmensa mayoría de sus progresiones ofensivas y contraofensivas fracasarán, no conseguirán aumentar el marcador. Aun los equipos más goleadores de la historia (el ‎Barça de Guardiola por caso) han convertido bastante menos de lo que generaron. En el básquet sucede exactamente al revés: lo anómalo es que haya ataques donde, a raíz de un yerro o quite, no se logre encestar.

En síntesis, los partidos de fútbol son altamente fortuitos en su resultado porque tienen muy pocos goles. En otros deportes colectivos de pelota, por el contrario, la concreción masiva de tantos reduce muchísimo la incidencia del azar en el score. En el baloncesto, casi todas las situaciones de riesgo acaban en conversiones; en el fútbol, sólo una ínfima parte. De ahí que el deporte más popular del mundo sea tan propenso al resultado "injusto" (casual, de poca o ninguna correspondencia con el trámite del partido).

La excepcionalidad del gol y la aleatoriedad del score explican, en gran medida, por qué los espectáculos futbolísticos se viven con tanta intensidad y dramatismo. Los tantos son tan inusuales, tan deseados, tan frenéticamente buscados por los jugadores y tan ansiosamente esperados por los espectadores, que, cuando finalmente se producen, desatan en el ánimo un sentimiento de exaltación y euforia muy fuerte, rayano en el éxtasis. Por otra parte, la incertidumbre (temor o esperanza) que genera el alto riesgo de que el marcador final no se corresponda con la performance de los equipos, exacerba aún más el patetismo, la épica y la espectacularidad del juego. Goles a cuentagotas y resultados a menudo ilógicos, y por consiguiente poco previsibles, hacen del fútbol un entretenimiento único.

Pero, ¿por qué los partidos de balompié tienen tan pocos goles? La respuesta es, según entiendo, la siguiente: porque el fútbol es el único deporte colectivo de balón que se juega con los pies en vez de con las manos. Tal es el meollo del asunto, aunque a primera vista no lo parezca. El fútbol es el único deporte podal de todos cuantos se juegan en equipo y con pelota. Los demás son deportes manuales. Como veremos a continuación, la consecuencia de ese atipismo no es menor.

La podalidad resulta clave en el fútbol. Los seres humanos contamos con manos extraordinariamente hábiles merced a nuestros pulgares oponibles hiperdesarrollados. Pero a diferencia de otros primates, no gozamos de una ventaja anatómica similar en los pies. Nuestra evolución biológica al bipedismo, muy provechosa en general, nos ha privado, sin embargo, del beneficio particular de tener dedos gordos oponibles, vale decir, de la capacidad de manipular objetos con nuestros pies, cuyas funciones naturales han quedado esencialmente reducidas al sostén del cuerpo y la locomoción. El hallux humano, totalmente adaptado a la bipedestación, es paralelo a los demás dedos podales, en contraste con el hallux transversal de los restantes simios, óptimo para el cuadrupedismo arbóreo. De ahí que los pies del homo sapiens carezcan de ductilidad y destreza.

En este sentido, se podría decir el fútbol es un deporte contra natura. Manejar el balón con los pies es algo extremadamente difícil, algo para lo cual la anatomía humana no está a priori preparada. Pocas cosas se hallan más lejos de ser una habilidad innata, genéticamente heredada, que el saber jugar a la pelota con los pies. Todos los deportes colectivos de balón se aprenden en el marco de la socialización. Todos son cultura. Pero ninguno es más radicalmente cultural (antinatural) que el fútbol. Ninguno entraña un mayor desafío a la biología humana. El balompié es, pues, el más "anormal" de todos los deportes de pelota. He aquí, probablemente, el secreto de su encanto y popularidad.

Empero, el fútbol es también, paradójicamente, el más atávico de todos los deportes colectivos de balón. El esfuerzo denodado que hacemos para manipular una pelota con los pies, ¿no nos religa acaso, de algún modo, a nuestros antepasados cuadrúpedos y arborícolas, capaces de utilizar sus extremidades podales para fines mucho más sofisticados o complejos que la mera locomoción? El fútbol, a la vez que simboliza como ningún otro deporte la artificialidad prometeica de esa "segunda naturaleza" (parafraseando a Aristóteles) que es la cultura, parece esconder en sus genes, permítaseme la metáfora, un atavismo filogenético de lo más sorprendente.

En todos los deportes colectivos donde el objetivo del juego es meter un balón dentro del arco, cesto o in-goal del adversario, atacar consiste, básicamente, en enfrentar el cerrojo de la defensa rival y tratar de superarlo. Para optimizar su labor defensiva, para poder presionar o resistir mejor al contendiente cuando se ha perdido la pelota, los equipos se hacen más compactos, es decir, cierran filas. ¿Por qué? Porque la reducción de espacios mediante la superioridad numérica relativa, el orden táctico en las posiciones y los relevos, la intensificación del esfuerzo físico y el roce en la marca, es una condición sine que non de toda defensa exitosa.

¿Cuál es el principal antídoto para sortear el escollo de un adversario que sabe achicar los espacios en defensa? ¿Cuál es la receta de una buena ofensiva? La precisión en velocidad, la capacidad de pasar, trasladar y/o rematar el balón con mucha rapidez y escaso margen de error, tanto en ataques como en contraataques.

Ahora bien: en un deporte podal como el fútbol, la precisión en velocidad es, lógicamente, bastante más difícil de lograr que en los deportes manuales como el handball o el básquet. No sólo porque los pies son menos dúctiles que las manos, sino también porque con ellos es anatómica y físicamente imposible asir o agarrar el balón.

Una pequeña digresión: en las distintas variantes de hockey (sobre césped, patines, hielo), no obstante jugarse con las manos, también resulta harto complicado atacar con mucha celeridad y sin yerros forzados; de ahí que su promedio de goles, aun siendo bastante más alto que el del fútbol, no lo supere en demasía. Pero téngase presente que en dichos deportes las manos están mediatizadas por un palo o stick que limita en alto grado sus potencialidades manipulativas. En el hockey, lo mismo que en el balompié, la posibilidad de recibir, retener y arrojar la pelota directamente con las manos brilla por su ausencia (salvo en el caso del arquero de fútbol).

Se podría objetar, desde luego, que en el balompié los que defienden marcando o presionando tampoco cuentan con la ventaja de poder jugar con las manos, y que el handicap de tener que manejar la pelota con los pies es parejo para todos los jugadores (a excepción de los guardametas). Esta objeción, aparentemente certera, soslaya sin embargo un aspecto capital: la incidencia variable de los pies y las manos en las instancias de ataque y defensa.

Cuando un equipo de fútbol ataca, la imperiosa necesidad de tener precisión en velocidad haría de las manos, si fuese lícito emplearlas, un recurso mucho más dúctil y beneficioso que los pies. Pero cuando un equipo se defiende, esa superioridad se diluiría. En efecto, a la hora de tener que crear juego, las manos resultarían inevitablemente más ventajosas en virtud de su prensilidad y capacidad de retención. Pero a la hora de tener que destruir el juego del oponente, ya no serían tan inigualablemente útiles. Para ocupar espacios y escalonarse en las marcas, para hostigar y obstruir al rival, para interceptar sus pases y rechazar sus centros, para cargar o trabar en las pelotas divididas, para recuperar el balón y bloquear remates, para ir al roce y cometer infracciones tácticas, en suma, para defenderse, las piernas (y en algunas situaciones los hombros y la cabeza) no resultarían menos eficaces que los brazos, sobre todo, teniendo en cuenta que los partidos de fútbol se juegan mayormente al ras del suelo o a una altura inferior a la cintura.

La imposibilidad de usar las manos representa, pues, una enorme desventaja para el equipo que avanza, pero no tanto para el equipo que espera abroquelado en su campo. Quien ataca tiene que crear; quien se defiende, sólo tiene que destruir. En ese contexto, el handicap de tener que jugar con los pies, y nunca poder retener la pelota ni siquiera por unos instantes, perjudica más al equipo atacante que al equipo que cuida su valla. En los deportes colectivos de balón que se juegan con las manos, dicha asimetría entre ataque y defensa no existe, o se halla más o menos atenuada. En el básquet por ej., al igual que en el handball y en el rugby, la precisión en velocidad es más fácil que en el balompié.

Recapitulemos: en el fútbol, los resultados son altamente aleatorios debido a la escasez de goles; y los goles son escasos debido a la imposibilidad de usar las manos cuando se ataca. En los otros deportes de equipo y pelota, el uso permitido de las manos, y la alta precisión en velocidad que eso conlleva, hacen posible una mayor anotación de tantos y, por ende, un score más ajustado al trámite del juego, en virtud de la ley de los grandes números.

Hay algo notable en el fútbol; algo sobre lo cual, sin embargo, poco y nada reflexionamos: el fútbol debe su aleatoriedad e imprevisibilidad a la excepcionalidad del gol; y el gol debe su excepcionalidad a la propia esencia anómala del fútbol. ¿Cuál es esa esencia anómala que tanto nos cautiva de él? La de ser un juego contra natura que se juega con los pies en vez de con las manos. Ese extravagante atributo, tan fecundo en sus implicaciones lúdicas, hace del balompié un deporte sui generis.

Johan Huizinga, consciente de la enorme importancia social e histórica del juego, y de su nexo consustancial con la cultura (en sentido antropológico amplio), no dudó en calificar al ser humano de homo ludens. Dicha calificación, si bien posee validez general, resulta especialmente pertinente en el caso del futbolista; puesto que el futbolista, el football player, el jugador de fútbol o balompié, es, con su técnica podal tan artificiosa y antinatural, el más prometeico de todos los deportistas.

Federico Mare.


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