Metamorfosis en el bosque

Si hay algo de lo que no me arrepiento, es de haber dado con este lugar. Aquí me encuentro a salvo.

Me fui al bosque porque quería vivir deliberadamente, enfrentándome únicamente a los hechos esenciales de la vida, para ver si podía aprender algo de ello y de esta forma no llegar a descubrir a la hora de morir que nunca había vivido. Walden. Henry David Thoreau.

Si hay algo de lo que no me arrepiento, es de haber dado con este lugar. Aquí me encuentro a salvo. Incluso mis noches están a salvo, y todo lo que me rodea, no hace más que colmar mi espíritu de buenos presagios. El bosque lo es todo, o mejor dicho, lo que trae consigo. Uno llega a percibir el verdadero caudal y movimiento de las cosas, cuando se haya apartado del resto de los mortales. Esos mortales tan mundanos y egotistas, que sólo saben llenarse la boca de sí mismos. La naturaleza, le permite al hombre adentrarse en las profundidades de su alma, mas no sea para recorrer con probidad el vasto espacio que se yergue derredor. En los confines del bosque; con las copas de los árboles taciturnos pobladas por las últimas hojas amarillas, esperando como cansadas, a que el viento las obligue a bajar, con las aguas de un río calmo que se extiende en todo lo ancho del paisaje, con el canto ininterrumpido de las aves que no osan dormir, con el suceder estrepitoso de los días, y con la certeza de saber que la luna y las estrellas han adquirido otras dimensiones, a uno lo domina la idea de que todo está bien. Creo que todo eso es consecuencia del sentimiento de bienestar que resulta de la estadía en el bosque. Bienestar que en otras partes sólo se consigue con un esfuerzo deliberado, y con la conciencia de dicho esfuerzo.

Doquiera que el hombre alcance a dar con ese abanico de respuestas que hacen a su existencia, constituye un buen lugar para ser acogido. ¿Por qué me encuentro hoy aquí? Habitando la cabaña de mi amigo, al contacto de la naturaleza, tan sabia y vivificante como ella misma, y a varios kilómetros de distancia de cualquier vida humana. No es un misterio irresoluto, ya que cualquiera que haya conseguido establecer una conexión con cada uno de los compartimentos que dividen su alma, donde sea que se encuentre peregrinando, conoce con exactitud todo el conjunto de sensaciones y metamorfosis internas a que da lugar, el hecho de permitir que los pensamientos se presenten por sí solos, sin que obre ningún tipo de volición de por medio. El estado de enajenación alcanzado bajo el influjo de la más remota soledad, constituye una victoria para el hombre, ya que le permite ahondar y conocerse a sí mismo, desde otra perspectiva, muy distinta a cualquier otra. En compañía de un otro, nuestro espíritu se ve subyugado al dominio de unas fuerzas desconocidas, que cohíben cualquier intento de expresión creativa. Otro es el caso, cuando nos hallamos completamente solos, guarecidos por nuestra conciencia, sin nadie que nos examine y predisponga a actuar de un modo distinto al deseado.

A veces, merodea en mi cabeza de manera tajante, la fantástica y apodíctica idea, de que mi mundo interno no se compone más que de gusanos. Unos gusanos que hacen todo lo posible por salir de mí, y otros, que al contrario, se sienten a gusto permaneciendo entre las sombras de mis cavernas. Debo decir que, éstos últimos son los que más han proliferado con los años. De ahí se deriva mi tendencia a ocultar cuanto sentimiento invada con fervor las latitudes de mi espíritu. Aun cuando me propongo con gran tesón, dar a conocer al mundo aquello que concierne a mi vida interior, encuentro graves dificultades para lograr dicho cometido. Y al final, me rindo sin más, y desisto de todo intento llevado a cabo para ayudar a aquellos gusanos que desean abandonar ese estado de reclusión perpetua en el que se hallan.

Aquellas personas que nunca han estado en las inmediaciones de un bosque, no pueden describir con precisión, todos los cambios que opera en el hombre que sí se ha visto sometido a la voluntad del mismo, ya que no se encuentran aptas para ello. Pero así sucede en casi todos los órdenes de la vida. ¿Quién puede expresar mejor que nadie el sentimiento de dolor y angustia tan desgarrador, que conlleva el hecho de perder a un hijo? ¿Una madre que lo ha perdido o aquella que aún cuenta con la suerte de tener a su lado a quien dota de sentido su existencia? La respuesta resulta evidente, y no admite discusión alguna.

El día de mi arribo, me sentí en extremo compungido, y las dudas que albergaba acerca de si mi reclusión aquí me haría algún bien, se acrecentaron de un modo exorbitante. Dicho fenómeno, no era percibido en modo alguno como algo extraño, sino que, al contrario, alcanzaba a divisar todo lo que sucedía. Mis cavilaciones, cuya génesis desconocía, adoptaban su forma en un pensamiento, que hasta el día de hoy, no he podido suprimir del todo: nos encontramos desesperada e irremediablemente solos.

Dicha premisa, no comporta descubrimiento alguno para nadie, pero en aquel momento, me daba cuenta por vez primera, de que en verdad me hallaba en la soledad más incipiente, al punto de llegar a arrepentirme, por haber aceptado la invitación de permanecer un tiempo aquí, alejado de toda civilización.

Al segundo día, la visión de mi situación actual, distaba abismalmente de parecerse a la del día anterior. Las dudas cedieron en su propósito, y la realidad me mostraba su mejor cara. Sí, me encontraba solo, pero el bosque también. Comprendía que todo lo que se erigía a mi alrededor, sumado a mi alicaído estado de ánimo y a los pensamientos poco felices a que acostumbro, no era más que la prueba fehaciente de que las sensaciones y vivencias que uno pudiera llegar a experimentar internamente, lo son todo. ¿Por qué? Porque más allá de uno, no hay nada, y lo poco que se llega a conocer de todo lo que nos hace ser, es lo único por lo que vale la pena vivir.

                                                                                                                              Nicanor. 

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