Cargó a la mujer a la que le había sido infiel hasta la puerta

Una historia de infidelidad muy emotiva que te va a dejar sin palabras.

  En estos días en que los divorcios son algo muy común, no es novedad ver matrimonios que duran poco tiempo. Los motivos puede ser muchos pero uno que suele repetirse es la infidelidad de uno de los dos. Ese fue el caso del protagonista de esta historia quien estaba buscando el momento oportuno para divorciarse de su esposa. Sin embargo al final se llevaría una sorpresa que es muy probable que te deje llorando.

"Un día llegué a mi casa, le serví cena a mi mujer, tomé su mano y le dije: "Quiero el divorcio". No parecía muy triste y tranquilamente me preguntó por qué. Mi respuesta fue evasiva y eso la hizo enojarse. Dejó caer su plato al suelo y gritó: "¡No eres un hombre de verdad!". No hablamos en toda esa noche. Ella lloró mucho. Sabía que estaba buscando que le diera una razón de por qué nuestro matrimonio había fracasado pero yo no se la podía dar: ella me perdió por Jane. Ya no la amaba. Simplemente me sentía mal por ella!

Con mucha culpa le mostré los papeles de divorcio. Le dejaba la casa, el coche y un 30% de posesión de mi empresa. Lucía enojada y apenas revisó los papeles. La mujer con la que había pasado 10 años de mi vida era una extraña. Me sentía mal por todo el tiempo, fuerza y recursos que invirtió en nuestro matrimonio pero yo no podía retractarme de lo que dije y sentía. Finalmente estalló en lágrimas, la reacción que esperé desde un principio. Repentinamente el divorcio parecía más real.


Cuando volví tarde del trabajo al día siguiente, ella estaba sentada en la mesa escribiendo. Yo no comí nada, simplemente me fui directo a la cama y me dormí.

A la mañana siguiente me dio sus términos para nuestro divorcio. No demandó nada de mí salvo que pasemos el siguiente mes viviendo juntos como siempre. Su razón: nuestro hijo tenía unos exámenes importantes y ella no quería que el peso de nuestro divorcio no influyera en ello. También me pidió que pensara en el día de nuestra boda y cómo la llevé en brazos hasta el umbral de nuestra casa y hasta nuestro dormitorio. Desde ahora en adelante, cada mañana, por un mes, tendría que llevarla desde nuestro dormitorio hasta el umbral de la puerta.Pensé que se había vuelto loca, pero para hacer nuestros últimos días más llevaderos acepté.

El día 1, los dos parecíamos un poco torpes mientras la cargaba pero nuestro hijo aplaudió y dijo: “¡Papá llevando a mamá en brazos!” Sus palabras liberaron un mar de dolor dentro de mí. La saqué del dormitorio hacia la sala y después hacia la puerta principal. Ella cerró los ojos y dijo en una voz suave, “No le digas nada a nuestro hijo acerca del divorcio”. Yo asentí y la solté afuera en frente de la puerta de la casa.

El día 2, ya habíamos mejorado. Ella se acomodó perfectamente en mi pecho y yo pude sentir el olor de su camiseta. Me di cuenta que había pasado un largo tiempo sin mirar detenidamente a mi esposa. Su cara tenía unas finas arrugas y su pelo estaba lentamente poniéndose un poco gris. Nuestro matrimonio había dejado sus marcas en ella. Por un momento me pregunté qué le había hecho.

Cuando la tomé en brazos el día 3, sentí por un momento que la intimidad regresaba: esta era la mujer que me había regalado 10 años de su vida. El día 4 y 5 sentí como la intimidad se hacía más fuerte. El mes avanzaba y cada vez era más fácil llevarla. Me di cuenta que estaba más delgada. Me di cuenta de que tenía que haber tenido mucho dolor y enojo por mi culpa.

 Sin pensarlo, una mañana, pasé mi mano por su cabeza. En ese momento nuestro hijo entró y dijo: “¡Papá es tiempo de que cargues a Mamá!”. Se había vuelto un ritual de cada mañana para él, su papá tomaba en brazos a su mamá hacia afuera de la casa.Mi esposa lo abrazó y contuvo su cabeza en su pecho. Yo me di la vuelta porque temí que cambiara las cosas. Luego, la levante en mis brazos y sus manos instintivamente rodearon mi cuello. La sostuve firmemente igual que el día de nuestra boda. 

El último día, mientras la llevaba en mi brazos, no lo podía soportar. Sabía que tenía que hacer. Conduje hasta el apartamento de Jane subí las escaleras y le dije que no podía dejar a mi esposa.

De pronto me di cuenta que estaba claro: llevé a mi mujer por el umbral de la puerta en nuestra boda y le prometí que sería “hasta que la muerte nos separe”. En el camino a casa le compré flores a mi esposa y cuando la vendedora me preguntó que escribía en la tarjeta yo sonreí y dije: “Te llevaré en mis brazos, cada mañana, hasta que la muerte nos separe”.

Con las flores en mis manos y una inmensa sonrisa en mi rostro regresé a casa. Pero mi esposa había muerto mientras dormía cuando yo no estaba. Más tarde supe que había estado sufriendo por un cáncer los últimos meses pero yo estaba tan preocupado por Jane que no me di cuenta. Debió haber sabido que iba a morir pronto y quiso asegurarse de que mi relación con nuestro hijo no se dañara por el divorcio. A los ojos de él yo era el marido más romántico que podía imaginar. Así que la tomé en brazos una última vez para cruzar el umbral de la puerta…”

¡A veces no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes! Si te gustó la historia, no dudes en compartirla.


Fuente: UPSOCL

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10 de Diciembre de 2016|04:24
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