Piano noche

En una de las tertulias en que Nicanor hubo de ser partícipe, se vio compelido a mezclarse, e incluso a compartir, con esas gentes pudientes que hubo evitado desde siempre.

Sus gafas, sus movimientos acompañados y el hecho de que llevaba una vieja chaqueta de terciopelo negro le daban un cierto aire intelectual como si hubiera sido un hombre de letras o quizás un músico. 1.984. George Orwell.

En una de las tertulias en que Nicanor hubo de ser partícipe, se vio compelido a mezclarse, e incluso a compartir, con esas gentes pudientes que hubo evitado desde siempre, conversaciones vacías, y una serie incontable de brindis sin sentido, cada vez que alguien lo consideraba oportuno. No pudo denegar la invitación, a raíz de dos motivos troncales que justificaban su asistencia ineluctable: hubo dado por hecho, que una cantante reconocida en el ámbito operístico por las emociones que despertara en el público a causa de la tesitura y delicadeza de su voz, y que admiraba profusamente, más allá de cualquier clase de enamoramiento transitorio que ésta podía llegar a producirle, se encontraría entre los invitados, y que deleitaría a todos con una muestra de su reconocido talento, pero a raíz de un contratiempo que le urgió a último momento, no pudo asistir y la velada se vio privada del encanto que irradiara con sus dotes artísticas. El segundo motivo, no por eso menos importante, incumbía al anfitrión, ya que se trataba de un viejo amigo de Nicanor, el cual se complacía en organizar fiestas y reuniones. No escatimaba en gastos, puesto que no tenía cómo. Era un hombre acomodado y solícito con los demás, cuyas relaciones sociales se extendían a la clase alta como a la más baja. No hacía distinciones, y profesaba algo de cada hombre y su cultura. Tenía gran aprecio por Nicanor, por lo que éste se vio forzado a aceptar dicha invitación tan amena.

Por un lado, las caprichosas burbujas de un magnífico champán vertido en las copas, acompañado por unos mariscos que eran devorados cual último banquete antes de morir, trajes de etiqueta a la medida, y un desfile de zapatos cuyo valor excedía el de la vida de un pordiosero tendido en ruinas sobre la acera, intentando salvar su pescuezo del frío; y por el otro, las féminas con sus suntuosos vestidos de cenicienta, la eterna dádiva de un marido opulento y benefactor, que no se detiene a pensar en las preferencias estéticas de su esposa, y en su defecto, le obsequia lo primero que alcanza a vislumbrar en la vidriera de una boutique de renombre. Y para que nada le sea reprochado luego, la provee de collares perlados, mostrándose como un hombre probo, que se jacta de dispensar las atenciones necesarias a su esposa. En fin, todo el refinamiento y excentricidades a que acostumbra la alta sociedad, se encontraba dispuesto esa noche. Las personalidades más histriónicas de toda Francia se hallaban congregadas allí, nada hubo que se dejase librado al azar, por lo que, cada uno de los presentes, hubo sido invitado por diferentes y muy dispares motivos. Unos por ser miembros del gobierno, o estar pronto a serlos, otros, en cambio, por ser amigos de algunas de las celebridades del mundo del espectáculo, y otros, por pertenecer a entidades no gubernamentales que prestaban ayuda a los más vulnerables socialmente hablando.

Como es dable esperar, la música también se había hecho presente. Mientras los invitados conversaban, bebían, y degustaban toda clase de aperitivos cual gourmet entrenado, un viejo pianista hacía regodear a las almas con un profuso sentimiento. Sabía cómo alternar las piezas musicales de su vasto repertorio para no aburrir a sus ávidos oyentes, a lo cual respondían con gestos de gratitud y el placer que se dibujaba en sus rostros. Era como si el pianista se adentrara con su música en las fibras de cada uno de los invitados, y supiera cómo manejar el ánimo de la sala. A cada nota ejecutada le correspondía una emoción, por lo que la noche se vio colmada por la magia que ofrecían sus dedos experimentados.

- Ha de ser la envidia de muchos en su ambiente. –dijo Nicanor a su amigo, al tiempo que fijaba en éste la mirada escrutadora e intrincada que tanto lo caracterizara.

- ¿Por qué lo dices? –preguntó intrigado el otro mientras se atusaba el bigote.

- No resulta difícil envidiar a un hombre con semejantes cualidades. Es un músico excepcional. –aseveró Nicanor.

- Pues, algo de cierto hay en lo que dices, no obstante, si me lo preguntas, creo que sus cualidades también pueden verse reflejadas en otros hombres de su especie. –rebatió su amigo.

- Oh, por supuesto, pero no es el caso. Daría la impresión de que sus dedos se mueven con la ayuda de los dioses. Como si fuera uno con el piano. –el pianista había tocado las emociones de Nicanor.

- Te ablandas demasiado mi amigo. Tu alma y tu interior siempre han sido permeables a lo que al arte respecta. –dijo acertado el otro.

- Puede que tengas razón, pero no creo que exista comparación con la vida interior de ese pianista. Debe tratarse de un mundo inabarcable para las palabras, por eso se ve en la imperiosa necesidad de traducir todo ello con su música. Te agradecería si me lo presentases, y así poder conversar con él. –dijo ilusionado Nicanor. No podía disimular su ensoñación, sus ojos brillaban acompasados, y era como si hablasen por sí solos.

- No creo que sea una buena idea. –dijo impasible su amigo.

- ¿Por qué? –preguntó Nicanor.

- Soy cercano a él, y no es propenso a hacer amistades. Su mejor amigo es el que se encuentra deleitando a todos en la sala. –dijo con evidente conocimiento de lo que hablaba.

- Comprendo. Su mundo comienza y termina en ese piano. No quisiera entrometerme, pero ¿de dónde lo conoces? –Nicanor no se contentaba con conocer a aquel hombre sólo por su música, sino, que pretendía hacerlo también a través de su amigo.

- Es una relación de hace años. La primera vez que tuve conocimiento de su existencia, fue en un pequeño antro, ubicado en las penumbras de la ciudad. Allí hubo de dar sus primeras presentaciones en público, y el dueño del lugar le retribuía con una habitación donde hospedarse y comida como medio de pago. –dijo el otro.

- Toda una vida de sacrificio, y todo ello por la música. Siempre me han llamado notablemente la atención esos hombres que hacen de sus pasiones un presente y un provenir. No en balde despiertan en uno la fantasía de querer hacer lo mismo. Pero sólo unos pocos se deciden a sortear esa barrera interior que les impide ser ellos mismos en su máximo esplendor. –dijo maravillado Nicanor.

- Así es. No todos cuentan con el impulso necesario para dedicarse por completo a eso que es inherente a cada persona en particular. Pero ya lo ves, he aquí el caso de mi amigo el pianista. Hace que la vida se perciba con tonos claros y oscuros, con alegría y tristeza, con luz y obscuridad. –su amigo se había hecho eco del interés que Nicanor le propendía a ese hombre abstruso.

- Qué suerte la mía. Haber hallado a un ser tan único y dotado con el más firme de los sentidos. el sentido de tocar las almas y transformarlas. Sí, eso rebasa cualquier obra que el hombre se proponga realizar. –no había vuelta atrás, Nicanor hallábase embelesado e inspirado a causa del viejo pianista.

- Nada más beatificante que escucharte a ti y a ese hombre compenetrado en su música. –dijo con un tono de afectación su amigo.

- Debo confesar que me sucede lo mismo mi buen amigo. –asintió Nicanor.

- Vayamos por unos tragos, y a que conozcas a una dama que aprecio sin igual. –dijo animado.

- No perdamos más tiempo. –dijo Nicanor, sin dejar de perseguir con la mirada a quien fuera el motivo de que su estado de ánimo se hallare en perfecta consonancia con la mejor de las dichas. 


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