Un claro ejemplo de la típica conchuda mendocina

Bomur define a la típica “conchuda menduca” que nos alegra la vista pero nos caga la vida.

 Tenía 16 años cuando la conocí, era la mina más rica que me había dado bola. Realmente estaba fuertísima, había sido tapa de la revista Primera Fila, cuando la revista Primera Fila era una revista y no una herramienta para hacer asado. Modelo, alta, rubia, unos ojos verdes medio azulados de la puta madre, piel mate, unas curvas peligrosísimas, una cosa de locos. Muchísima mina para mí.

Salimos un par de veces, boliche, centro, etc. y no pasó nada, ni un beso, pero había onda mal, cualquier gil se daba cuenta. Le vamos a poner el nombre de Silvina a la mina.

El tema es que la Silvina estaba enganchada conmigo y yo transitaba justo por ese lapso bien llamado “la cresta de la ola”, formalmente conocido como “buena racha”. Un enano pajero como yo jamás podría haberse levantado tamaña mina, pero la conocí en un momento justo y en una situación justa.

El tema es que el tipo estaba en vivo, estaba dulce, como cuando respondes sin titubeos las tres primeras preguntas de un oral, como cuando dudan de vos y tenes la certeza de no haberte equivocado, con pruebas demostrables, como cuando le pegas una piña a uno más grande que vos y no sigue con la riña, como cuando la haces acabar y aún no sentís ni cosquillitas en las bolas.

Bomur quería perder la virginidad con esa gloria de mujer, que sería como aprender a manejar en una Ferrari o como que te enseñe a jugar al fulbo el Diego. La Silvi tenía cancha y estaba media podrida de los “Bomures”, así que quería lo que todas las mujeres quieren: un novio.

Entonces el langa, en vez de jugársela por soberana yegua, en vez de apostar a un caballo en una carrera de caniches, en vez de comprarse nueve números de diez y timbear unos meses de noviazgo con la posibilidad de debutar en primera, le dijo que “no”. Ese típico “no” atado a un montón de mentiras que se resumen en el fatídico: “nos sos vos, soy yo”… lo bueno era que la Silvi era hermosa, pero modelito… así que me creyó. Y ahí se fue su príncipe revolucionario a vivir de la noche y el alcohol.

Por ser menducos solteros, todos los findes nos cruzábamos. Si estaba sobrio la esquivaba porque sabía que podía lastimarla, si estaba en pedo me olvidaba y me la quería tratar de fornicar en cualquier rincón, cosa que ni en pedo iba a pasar, pero en ese estado yo creía que sí, como también creía ser alto, trabado y parecido a Diego Torres.

Un día me la crucé en Al Diablo… venía de un desfile y estaba im-pre-sio-nan-te. Con un vestidito corto brillante de lentejuelas que no la hacía solamente la reina del boliche, sino que la hacía la más rica de todo Chacras. Ahí fue la segunda vez que pensé “a esta piba le tengo que hacer sextillizos”.

La Silvi no era boluda y ya me tenía junado, así que charlamos toda la noche pero no la pude convencer de algo informal. Tenía claro lo que quería y yo estaba perdido en su belleza, pero pensé que como ella iban a venir cientos, así que, entre sollozos y una sensación del orto, esa noche nos dejamos de hablar. Y desde esa noche se me rompió la tabla de surf y me dediqué a mendigar en los mercados centrales del puerto de las sobras y el pescado podrido.

Los años pasaron, conocía a la Sra. Bomur y no cometí el mismo error dos veces, planté bandera ahí y me la jugué toda. El que se quema con leche ve una vaca y llora. Pero esto es tema de otra nota.

Con 22 años estaba cursando un posgrado en la UNCuyo, había salido fresquito de una privada y me habían recomendado reforzar el título con un posgrado en la estatal, así que eso hice. Debo reconocer que la vida me había pasado por arriba…. Estaba arruinado, físicamente hablando. Me había engordado como diez kilos, producto de las horas culo del estudio y la factura que la vida te pasa por la incontrolada ingesta de asado y fernet, tenía un bigote espantoso, largo y flequilludo que pretendía cubrir una dentadura destrozada, similar a haber arrojado un puñado de tic tac’s en un vaso, a una foto de un dominó montado por alguien que sufre de Parkinson, como el lobby de un hotel de Haití durante el terremoto del 2010. Cuando veo las fotos de esa época pienso y le digo a la ahora sra. De Bomur en papeles… ¿Cómo me seguiste dando bola? Y a mis amigos ¿Cómo pudieron ser tan verga de no decirme al menos que esa pelija que tenía de bigote me quedaba como un ropavejero mexicano? En fin, ¿a quién no le ha pasado de estar desastroso unos años? En mi fue un abuso.

Una tarde, antes de entrar al curso, me junté en el buffet de la facu a tomar una coca con el Diego, el Ariel y el Lucho, mis amigos del posgrado. Estábamos charlando de la materia que nos tocaba cursar cuando de repente el Ariel se tilda…

– ¡Que pedazo de mina por Dioooo! – dijo en silencio pero con cara de chacal.

Todos nos dimos vuelta descaradamente cuando la vi… riquísima, alta, con esos ojazos, vestida para matar, impactante, pero no rubia, sino morocha. Una cosa de locos, con un aura de estrella de rock y una imagen despampanante. Si señores… era la Silvina.

Pasamos cuatro o cinco minutos contando la cantidad exorbitante de cosas que le haríamos, los lugares que la llevaríamos, la cantidad de veces que le propiciaríamos placer y todas esas boludeces que hablan los hombres en celo. Yo la miraba fijo, sin contarles nada a los vagos, pero con ánimos de que me mirase y me saludase… ¡iba a quedar como un campeón!

El Ariel y el Diego se fueron a ver si arrancaba el cursado y con el Lucho nos mandamos a pagar y a comprar chicles al mostrador. Entonces lo miro con cara de pícaro al Lucho…

– Luchito, ¿viste la mina rica?

– Si, ¡qué mujer!

– Bueno, esa me la comía yo. – le magelomanié el acto.

– ¡Callate mentiroso!

– Posta loco, cuando era más pendejo.

– ¿En serio? ¡Me estas jodiendo culiado! ¡Si te saca dos cabezas!

– Posta loco…

– ¿Te la cogiste?

– No, no pude, pero salí con ella como seis meses – no me dio para mentirle taaaaanto en la cara a mi amigo.

– Vos me estas jodiendo culiado… si esa mina te hubiese dado bola hoy tenes un anillo y panza de casado.

– Panza tengo.

– Si, pero no de casado…

Entonces la Silvi se para y se acerca hasta el mostrador, sin siquiera dirigir la mirada hacia nosotros. Se apoya a unos cuatro metros y comienza a acomodar las hojas de una carpeta.

– ¿Qué te apuesto que la saludo y me conoce?

– ¡Lo que queras! No me mientas a mi culiado que soy tu amigo – dijo el Luchito, que realmente no podía creer que a una tutuca como yo ni siquiera le hablara una mina así.

– Si la conozco boludo, mirá como te cierro el orto – le dije convencido.

Podía estar hecho concha, pero mi mirada en nada había cambiado. Además… ¡convengamos que habían pasado solo 6 años! La cuestión es que me acerco, onda galán de circo, con la seguridad de antaño, como si charlar con la Silvi me retrotrajera a mis glorias pasadas.

– Hola Silvi, ¿Cómo estás? – dije sin titubeos.

– ¿Nos conocemos? – dijo con una sonrisita decorando la frase y mostrando un comedor blanco como la nieve.

– Si… – dije sintiendo como un calor comenzaba a subirme por la espalda y tragando saliva – Soy Bomur, nos conocimos hace unos años, ¿te acordas?

– Uyyy perdón, ¡pero no!, no me acuerdo de vos – dijo como mirándome desde la punta del edificio Gómez.

– ¿No te acordas? ¿Te acordas que nos veíamos en el centro? ¿Qué nos encontrábamos en Al Diablo? – le dije medio como suplicando perdón, con carraspera y un ineludible color rojo en la cara.

– ¡Ay no que nervios! Te juro que jamás te he visto – sentenció drásticamente la Silvina, esta vez mirándome desde el Aconcagua.

– ¿Vos sos Silvina Pérez? – dije como haciéndome el equivocado, cosa que estaba totalmente seguro de que no había pasado. Se me habían chivado las fosas nasales y una gota espantosa me caía desde el jopo hasta las cejas, cruzándome por la frente.

– Si, pero no sé quién sos, ¿cómo me dijiste que te llamabas? – me terminó de dilapidar la estúpida y sensual Silvina.

– Bomur… Richard Bomur – le dije y di media vuelta y me fui.

El Lucho no estaba en el mostrador, apenas salgo del buffet lo veo de rodillas, sin poder respirar de la risa, con los ojos llenos de lágrimas, agitado y casi tan colorado como yo.

– No te me rías la concha de tu madre.

– ¡Esta bien galán! No te calentes Facha Martel – me decía el Luchito entre risas.

– Es una culiada esta mina, si estaba muerta conmigo…

– Si… veo – me dijo el Lucho mientras comenzábamos a caminar hacia el curso y me abrazaba a modo de consuelo futbolero. Ahora te voy a contar cuando me cogí Silvina Luna – me dijo estallando de la risa al tiempo que le metía un piñazo en el riñón por forro.

El tiempo pasó, terminé el posgrado, me dejé de pelotudear y me puse a laburar. Con mis primeros sueldos me instalé una fábrica de lata en la boca y al cabo de un año dejé todas las piezas dentarias en su lugar. Luego me acomode las crenchas que tenía por bigote, me prolije la barba y le bajé al chinchulomo, al mollelomo, al hamburlomo, al asado con chimi un lunes y al morcipán. Al cabo de un par de años me había recompuesto casi como a los años imberbes, como cuando conocí a la Dra. Bomur.

Ese verano estábamos con la Dra. en Reñacalotudolandia, muy enamorados los tortolitos. Llevaba una semana de vacaciones de panza al sol, relajado y sin el stress de mi vida laboral. Me había rejuvenecido como 10 años. Una tarde decidimos ir hasta Viña en “la micro” (como pueden ser tan culiados para hablar que le dicen “la micro” al bondi). El coso ese estaba hasta el culo, entonces nos subimos, los dos de la mano y nos sentamos al final. Arranca la huevada, hace un par de kilómetros y de pronto una cabellera caoba se da media vuelta de un asiento más adelante para bajar. Entonces se para la mina frente a la puerta de atrás y me mira fijo con una sonrisa deslumbrante de punta a punta…

– ¡Bomur! – me dice a modo saludo. Yo levanto la vista y la miro, en un segundo un escalofrío me recorrió todo el cuerpo – ¿cómo estás? ¡Tanto tiempo!

– ¡Ey!… Silvi – contesto como un nene con un choclo en la nuca – todo bien, ¿vos?

– Bien, bien, acá de vacas… – dice la “simpática” hija de una camionada de putas, al tiempo que la parada del bondi nos cortaba la charla – ¡nos vemos, chaucito! – culminó haciéndose la divina sin siquiera mirar a la Dra.

Un silencio sepulcral se produjo entre la Dra. y yo… sin sentido, pero inquisitivo, yo sabía que venía una pregunta y la respuesta iba a sonar sin lugar a dudas falaz.

– ¿Quién era esa conchuda? – me preguntó sin miramientos la Dra.

– ¿Te acordás cuando te conté que salí con una mina que había salido en la tapa de la Primera Fila? – comenzó mi humillante explicación al tiempo que la palabra “conchuda” me definía a la perfección a la Silvi…

Opiniones (3)
23 de octubre de 2017 | 02:17
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23 de octubre de 2017 | 02:17
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  1. Ni me canso de decirlo, Bomur, sos un capo ! Te creo (casi) todo lo que escribís y, la verdad, me divierto mucho ! Y en cuánto a la Silvi, son así nomas las muy conchudas jaja
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  2. Muy interesante descripción, pero en cada renglón muestra a las claras la baja autoestima que tiene Bomur (y muchos más) sólo por tratarse de una mina linda. Luego, la vida le dejó alcanzar la Sra. Bomur, que obviamente no describe por vergüenza. Así, son la mayoría de boludos que defienden a las mujeres, que en definitiva los basurean siendo ellas lindas o feas. Conclusión: Dr. Bomur, alguien debe casarse con la más fea y lo mismo te tiene cagando y te da hijos feos.-
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  3. APLAUSO BOMUR!!!!! muuuy buenas tus notas, me c... de risa, y aparte pintaste tal cual a la típica forrita menduca....
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