La sucursal mendocina de los Hombres Sensibles de Flores

El Dr. Bomur nos cuenta la verdadera historia sobre la inauguración de la sede en Mendoza.

 Un otoño, en busca de nuevas emociones, Manuel Mandeb decidió acompañar a su amigo Ives Castagnino a un pequeño concierto al que había sido invitado en la ciudad de Mendoza. En realidad esto fue lo que le había hecho creer el músico al polígrafo de Flores, el verdadero motivo de la escapada era no dejar solo al poeta Jorge Allen que iba por Juana Llano, “la paisanita”, quién lo había abandonado para volverse a vivir a su tierra natal. Allen estaba enfermo de melancolía y no hacía otra cosa que escribir poemas a “la paisanita” en las servilletas de los cafés de Flores, las cuales quemaba con atisbos de violencia en sus ojos una vez terminados los trazos.

Esta situación, que comenzó con una silenciosa compañía por parte de Mandeb y Castagnino, se fue tornando tediosa con el pasar de los meses, cuando el poeta no solo en los cafés, sino que en las timbas, las kermeses, los corsos y las visitas guiadas a las novias de los Refutadores de Leyendas, se desahogaba en letras, rompía en llanto y maldecía impunemente su suerte a los cuatro vientos.

En el fondo Manuel Mandeb también venía porque estaba inmerso en la creación del tercer tomo de siete de su libro “Los paisajes arrabaleros de Mendoza”, provincia que no había visitado jamás.

Entre viento y hojas amarillas partieron tres de los más destacados Hombres Sensibles de Flores con rumbo a Cuyo en tren, entre apuntes que Mandeb llevaba dispersos en un gamulán viejo, un Castagnino ansioso por un concierto que no iba a dar y cientos de poemas escritos por Jorge Allen con el dedo en el vidrio empañado, inmediatamente borrados con virulencia.

La empresa en Mendoza duró menos de lo esperado. El polígrafo de la calle Artigas decidió abandonar su libro sobre paisajes arrabaleros porque se vio seducido por características mucho más intensas de la región, como el vino, la cueca y las tortitas rapadas. Jorge Allen se enamoró perdidamente de una pechugona en el andén de la calle Belgrano apenas bajaron del tren. Ives Castagnino fue el sustento del triangulo de amigos, solventando la estadía mediante zapadas nocturnas en un bar de piernas ubicado en la calle Chile, entre Montevideo y Rivadavia.

Una tarde, mientras los tres amigos debatían efusivamente en el Café Isaac Estrella sobre la importancia de tener una pizca de azufre en la planta del pié derecho para alejar demonios, vieron entrar a Horacio Roldán. Les llamó la atención porque el tipo se veía abatido, cansado y frágil.

Horacio se sentó y le pidió al Tulio un café doble…

– ¿Cargado nivel desamor, Hora? – preguntó el Tulio con una sonrisa de costado y su eterna gamuza subida al hombro.

– Cargado nivel melancolía – indicó Horacio mirando la mesa.

– Ufff… – resopló el Tulio – ¡Marche un cubano para el mustio de la Ruffo!

Los Hombres Sensibles de Flores sentían una atracción innata a las penas, propias y ajenas, gozaban de los fracasos mucho más que de las victorias, las cuales hasta declaraban indecorosas y humillantes, dignas de seres obtusos. Los niveles de empatía y la necesidad de profundizar sobre las agonías del hombre los llevaban a sentir las tristezas de una manera profunda y palpable, hasta hacerlas casi propias.

Luego de observar sin disimulo durante varios minutos el semblante del muchacho revolviendo el café con la mirada perdida, habiendo silenciado la discusión de una forma irrebatible y hasta infantil, Mandeb invitó a Horacio, el vendedor de sellos de la galería Ruffo, a sentarse con ellos.

La charla empezó con las presentaciones formales de cada uno y el motivo por el cuál se encontraba el polígrafo, el poeta y el músico en Mendoza. Luego Horacio contó su parte, la que fue decorada para amenizar con los comentarios sobre Marcela, la tarotista que había conocido hacía unos días Jorge Allen y de la cuál ya se había enamorado y desenamorado dos veces. Mientras le tiraba, entre otras cosas, las cartas.

El taciturno muchacho tenía una casa de sellos en la galería Ruffo. Una mañana de Abril había entrado una señora que quería hacerle un sello a su hija, futura licenciada en psicología. Horacio le mostró algunos modelos, estampándolos en el dorso de un volante de una rotisería de la calle Las Heras. A la mujer le gustaron dos modelos, sacó de su cartera una fotocopia del documento de Eva, su hija, y le pidió a Horacio que imprimiese el sello en esa hoja para que ella decida cuál le gustaba más… y ahí la vio. Eva… en blanco y negro, con esa sonrisa deslumbrante alumbrando todo el local, con esos ojos achinados y encendidos, cargados de nostalgia y vida, simetría perfecta en cada centímetro. Le pareció reconocerla de toda la vida, o de otras vidas, de haberla esperado por siglos, de por fin haberla encontrado, un temblor le sacudió los pies, sus manos titubeaban mientras observaba perplejo aquella foto, un aluvión de colores fluorescentes ingresaron al local, ascendieron por el techo y bañaron por completo su traje gris, un aguacero de mariposas inundó sus entrañas, una tormenta de imágenes felices se sucedieron fugaces y a raudales en un instante perfecto, preciso, feliz.

Luego de alguno segundos, que se hicieron eternos e incómodos, la señora comentó…

– Ella es Eva, mi hija.

– Aaaa… bien – fue lo más inteligente que pudo emitir Horacio sin siquiera quitar los ojos de la fotocopia.

– Se recibe y se casa, el novio es ingeniero… se casan y se van a vivir a Europa – comentó con un dejo de pena la señora.

– Sería bueno que venga ella a ver los sellos – dijo tartamudeando Horacio.

– Pasa que está preparando la tesis, esta todo el día entre libros, facultad y biblioteca, por eso vengo yo, ella no tiene tiempo.

– Si quiere voy yo y se los muestro – comentó respetuosamente el vendedor de sellos, con más énfasis en la ilusión que en la cordialidad.

– No muchacho, muy amable, no se va a tomar la molestia – respondió la señora.

– No sería molestia para mí – insistió Horacio.

– No, gracias – dijo seria la señora, tornándose algo molesta por la situación – ¿Me pone los sellitos ahí? – ordenó.

Horacio, bajando a este mundo al tiempo que se ponía colorado y caía en la realidad, puso ambos sellos, al revés y con tanta fuerza que la tinta se desparramó por los bordes, con la misma motricidad de un adolescente nervioso. La mujer le agradeció y no volvió nunca más.

– Estoy enamorado de una mujer imposible – culminó sentenciando Horacio y fue el detonante que llevó a los muchachos de Flores a comentarle sobre Los Hombres Sensibles. Motivándolos a iniciarlo en los augustos misterios de los que encuentran romanticismo hasta en los recodos más insensibles de la condición humana.

Pasaron horas de charlas en el café, continuadas en una invitación a comer a la casa de Horacio (que terminó con la estadía casi permanente de Ives Castagnino en la habitación del fondo, donde vivía la hermana viuda del vendedor de sellos de la galería Ruffo) y una seguidilla de reuniones trasnochadas y profundas que dieron como resultado la inauguración de una sucursal de Los Hombres Sensibles de Flores en Mendoza. Instalando a su único miembro como socio fundador y encargado de sumar voluntades.

Y así nació esta sociedad, cuya palabra secreta de pase era para todos igual:

“Estoy enamorado de una mujer imposible”

Así se abrían las puertas de la sucursal en el Café Isaac Estrella, antro triste y lúgubre que aglomeraba a todo muchacho gris, perfumado de tango.

Era necesario un lugar así, para tantos Horacios dispersos por las calles. Porque los hombres sensibles merecían ese lugar. Porque es triste una vida completamente feliz, pura, sin manchas, prolija y bien diseñada. Son vacíos lo tipos que no han transitado las sendas del error, de la equivocación, del tropiezo brutal de estar vivo. Insulsas las mujeres plagadas de certezas y seguridades, verdades indiscutibles y crudas realidades, que necesitan y tienen una respuesta precisa para todo. Porque en el fondo siempre estamos solos en un mar de gente, “navegando el oleaje sin timón ni timonel”, porque la mejores creaciones salen de las personas que sufren… que sufren por amor, que sufren por amigos, que sufren por la vida, por distancias, por imposibles.

Mujeres y hombres sensibles que sienten a flor de piel en cada esquina, en cada café, en cada nota musical. Gracias a ellos el arte es hermoso y la vida un poco más justa.

Los hombres felices escriben frases y libros de autoayuda, tienen vidas de mentira. Irrisorias personas aquellas sin heridas, sin abandonos, sin nostalgia y dolor encima. Los ojos más hermosos son los que cargan el peso de la experiencia, el fuego intenso y dañino de vivir… a como dé lugar. La sonrisa más apabullante es la de los recuerdos negros… porque aún seguimos vivos.

Qué peso el de vivir eternamente una vida programada, calculada y proyectada a largo plazo, como un sistema inviolable de seguridad. Igual de frío, igual de gris, igual de infalible. Igual de esperable.

Y pensar que todo esto nos pasa por la adicción a sufrir, el vértigo de vivir un desamor irrefrenable, la locura de ser abandonado hasta por quien jamás estuvo a nuestro lado, de pedirle un tiempo a la nada, de extrañar ausencias permanentes, de soñar con sillas vacías, con camas ahuecadas en un solo lado, con vajilla singular. Todo porque la tristeza activa ese mecanismo que nos permite imaginar cosas donde no las hay, obtener respuestas absurdas, proyectar sucesos imposibles. Y a veces, muy pocas veces, hacerlos realidad.

Al tiempo los muchachos de Flores volvieron a Buenos Aires, forjando una eterna amistad con el vendedor se sellos de la galería Ruffo. Manuel Mandeb jamás escribió sobre Mendoza, Jorge Allen se enamoró desubicadamente de una azafata del tren de regreso, Ives Castagnino aún hoy le dedica canciones tristes de amor a la hermana de Horacio… quién jamás en su vida pudo encontrar a Eva, buscándola en cada rostro achinado por el resto de sus días.

NDA: Los Hombres Sensibles de Flores, Manuel Mandeb, Jorge Allen e Ives Castagnino son todos creación de Alejandro Dolina, a quien amo y admiro profundamente.

NDAII: Pueden leer más historias ocurridas en el Café Isaac Estrella haciendo click acá:

Opiniones (2)
24 de octubre de 2017 | 09:04
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24 de octubre de 2017 | 09:04
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  1. Amo a Dolina. Me encantó Dr.!!!
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  2. Dr? Hay unos primos de los hombres sensibles por Mendoza hace un par de años. Terminaron volcándose los 8 a las enseñanzas de Ives, y también tienen decidido que sólo los recuerdos son auténticos, ante la falsedad engañosa de lo que llamamos el presente y la realidad https://www.facebook.com/LosHombresSensiblesdeMendoza/
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