El más feliz de todos

Cuantas menos preguntas te hagas, más cerca hallarás la respuesta a todo lo que te inquieta.

Juraste que siempre, vendrías a mi señal, tu estrella se oscureció, no sé ver tu luz. Intento ser fuerte, intento escuchar tu voz, salir de la confusión, de este sueño. Noche sin fin. El rey león.

A continuación, un sueño que le hizo creerse muerto a Nicanor.

- ¿Madre? ¿Dónde estoy? ¿Qué es todo este lugar?

- Nicanor, hijo mío, no tienes de qué preocuparte. Aquí se encuentran todas aquellas personas con las que hubiste tratado alguna vez.

- ¿De qué hablas? Estoy algo confundido, y a la vez, siento como si nada a mi alrededor pudiera perturbar el estado en el que me encuentro. Una paz inconmensurable invade de lleno mis sentidos. Hace tiempo que no experimentaba esta inconfundible sensación de armonía y tranquilidad; de saber que al otro lado de las sombras, se halla la dicha. Es como si todo marchase bien.

- De eso se trata, hijo. Aquí, no existe nada que pueda enturbiar la tranquilidad que reposa en tu alma.

- Acaso esto no sea más que otro de mis sueños. Empero, a decir verdad, se me hace más real que de costumbre.

- Eso no debiere importarte, es lo de menos. Cuantas menos preguntas te hagas, más cerca hallarás la respuesta a todo lo que te inquieta.

- Madre, lo siento, pero estoy asustado. Me urge saber si todo esto es producto de mis sueños, o si, al contrario, me hallo sumido en la realidad más que nunca. Por favor, no me confundas más, y ten el decoro de hablar con la verdad.

- No es fácil, hijo, pero has desaparecido. Al menos en cuerpo.

- ¿Cómo? ¿Desaparecido?

- Sí, lo que escuchaste. Ha sucedido todo tan rápido, que incluso a tu madre le resulta difícil aceptarlo. Aún me estoy esforzando para entrar en razón.

- No entiendo nada de lo que dices, madre. ¿Aceptar qué?

- Tu muerte, hijo.

- No es gracioso. ¡Quiero saber dónde estoy y qué hago aquí! ¡Habla!

- De haber sabido desde un principio que la vida me tenía preparada una mala jugada, hubiere renunciado a mi existencia, sin vacilar.

- ¿Por qué dices semejante cosa madre?

- ¿No te acuerdas de nada?

- No sé de qué hablas. ¿Qué es lo que debería de recordar?

- Estoy algo sorprendida, esperaba que recordases lo sucedido. Creo que ya han decidido tu suerte. No temas, pronto todo concluirá.

- Cada vez entiendo menos. ¿Cómo es eso de qué estoy muerto? Háblame un poco más acerca de ello. Exijo que me pongas al tanto de mi situación.

- Puede que creas que todo esto es una broma de mal gusto, y, que al principio, no lo entiendas del todo, pero voy a repetirte lo ya dicho: estás muerto. El hecho de que no lo quieras aceptar, es algo tan natural como no aceptar la muerte del prójimo. La negación se impone como una barrera infranqueable, hasta el punto de eclipsar todo lo que pudiere significar dolor y sufrimiento. La muerte se lleva a todos, en este caso, te ha tocado a ti, hijo mío. Tus pulmones resistieron hasta donde pudieron. A comparación de otros niños, los tuyos siempre fueron más delicados. Recaías con frecuencia a causa de ellos, adoleciendo más de la cuenta, y de lo que cualquier padre pudiere llegar soportar, al reparar en que lo más probable es que su hijo se despida de ellos, y no al revés, como cabe de esperar que suceda.

- Nada de esto puede estar ocurriendo. ¡Aún estoy vivo! Así lo siento, no es más que otro sueño del que debo despertar. Además, si es que partí antes que ustedes, ¿por qué te encuentras aquí? ¿Qué haces hablando conmigo?

- Así es, hijo. Desearía que todo fuese una mentira, pero hablo con la verdad. Y respecto a tu pregunta de por qué estoy aquí, no sabría qué decirte, también me lo pregunto.

- Pero si el médico dijo hace poco que el nuevo tratamiento estaba surtiendo efecto, tú misma lo escuchaste de su boca. ¿Cómo es posible que de un día para el otro me encuentre muerto? Tenía una vida por delante, proyectos a futuro, un porvenir que se vislumbraba de a poco. ¿Y tú me dices que todo ello ya no existe?

- Cuánto lo lamento, hijo. Espero partir pronto, estar a tu lado es lo que me hace más feliz en la vida. Recuerdo muy bien el día de tu natalicio, te negabas a salir de mi vientre. El médico partero hubo de realizar complicadas maniobras para poder sacar tu cabecita, y luego el resto de tu frágil cuerpecito. No querías venir al mundo, ¿cuál habrá sido tu motivo? Hubiste de tener uno, todos lo tienen. Muchas veces me lo he preguntado. Quizás pensaste que mi vientre era el lugar indicado para afrontar la vida, mas no querías abandonar aquella suerte de océano amniótico. Tu pensamiento hubo de ser el siguiente: si salgo al mundo, tendré que vivir por mi cuenta, y no sé cómo se hace. Cabe agregar que, una vez que el médico te sostuvo en brazos, no se pudo escuchar ni el más mínimo indicio de llanto o alarido de tu parte. Como dando a entender a todos, que hubimos de equivocarnos al sacarte de mi cuerpo, que también era tu cuerpo.

- Quisiera refugiarme en tu vientre nuevamente, y esta vez no salir jamás. Volver a sentir que somos uno, y que estaremos unidos por y para siempre.

- Así será, así será, Nicanor. Llegado mi turno, prometo aferrarme a ti hasta la eternidad. No sabes cuánto me duele vivir sin verte por las mañanas, o mientras te espiaba cuando dormías, o cuando reías conmigo. Extraño tu voz apagada y triste, tus incontables manías, tu silencio durante las comidas, y esas breves muestras de afecto que a veces te urgía expresar, así como tus intentos de querer encajar en ese complicado escenario que llamamos vida, y que se va tal como vino, por sorpresa. Alguien dijo una vez, que lo único que está bien en esta vida, es Bach, lo demás, es sólo aspaviento. Yo quisiera decir que lo único que está bien en esta vida, es mi hijo Nicanor, lo demás, es sólo por si acaso.

- Madre, sujeta mi mano con fuerza, siento que pronto partiré. Quiero hacerme con el calor de tus manos, y así poder recordarte hasta nuestro nuevo encuentro. No puedo decirte otra cosa más que, gracias y te amo. Siempre te amé, aun cuando nunca lo hube de expresar en palabras. Eso de mostrarme siempre frío y falto de amor, no era más que la máscara y el fútil capricho de un hombre sensible que se regodeaba en aparentar algo que no llevaba dentro suyo. Ahora lo sé. Qué irónico, debí morir para comprenderlo. Pero así son las cosas, he muerto, y preciso desprenderme de cuanto sentimiento mora en mi alma. 

Saluda a mi hermana y a mi padre de mi parte. Aunque tú y yo sabemos muy bien que nuestras almas siempre se han entendido más que con cualquier otra, no por eso quisiera dejar de decir lo mucho que ellos han significado en mi vida. A mi hermana, gracias por apoyarme contra viento y marea, y aunque muchas veces hube deseado un hermano varón, debo confesar que eres la mejor hermana que pudo haberme tocado; y a mi padre, nunca se lo dije, pero lo amo. Siento mucho tener que haber esperado este momento para atreverme a decírtelo. No llores a escondidas, eres de los que comparte sus lágrimas, es lo único que nos diferencia, en lo demás, somos semejantes. Sabrán arreglárselas sin mí por un tiempo, estamos haciendo el mismo viaje los cuatro, sólo me he adelantado un poco, nada más que eso.

- Adiós, hijo.

- Adiós, madre. Ha llegado la hora. Aquí los estaré esperando; hasta entonces, recuérdenme feliz. Nunca se los dije, les he mentido, pero sí he sido feliz. El más feliz de todos. 


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5 de Diciembre de 2016|13:40
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