De nada sirve

"Quiero evitar que las palabras mueran por asfixia y que los sentimientos queden a la intemperie, vedados". En el artículo, el texto entero.

Pues tú has nacido para ahorcarte, como todos los que desdeñan una respuesta a sus dudas o una fuga a su desesperación. Breviario de podredumbre. Emil Cioran.

El jueves se torna insoportable, es el único día que dispongo del tiempo suficiente para no pensar e impregnarme de mí mismo, y aun así, sucede todo lo contrario. Ya conoces mi renuencia respecto a ventilar todo cuanto acontece en la vida privada de uno, pero aquí me encuentro, a punto de darle vida al ajetreo interior del que soy presa. En cierto punto, quiero evitar que las palabras mueran por asfixia y que los sentimientos queden a la intemperie, vedados. No soy quién para cometer tales crímenes, tampoco soy quién para no cometerlos. En vista de esto, y considerando que unas cuantas alegorías respecto a mi situación, no podrían rebasar el umbral de tedio que me abruma, y en efecto, tampoco podrían devenir en un sentimiento más malsano del que ya detento, es que creo conveniente, desarrollar un poco la novela en la que me hallo inmerso todos los días, desde que vine a parar a este lugar.

Lo que más me angustia en este lugar, es mi habitación, ¿por qué? Porque me encuentro yo, sólo yo. A veces no distingo entre éste que escribe ahora, de aquel que sólo se pasa las horas pensando. El primero, finge conocerse hondamente, en lo más íntimo; y el segundo, ansía conocerse. Estoy hasta el cuello, el silencio cala en lo más profundo de uno por estos lares. Extraño el ruido ensordecedor de la ciudad, los excesos mundanos, las casas de citas, los juegos clandestinos, y los tragos a medianoche; esa vida es preferible a ésta. Me tiene sin cuidado si todo aquello resulta en un hedonismo y depravación sin límites, tal vez no sea más que un hombre bueno que disfruta de unos cuantos placeres como cualquier otro.

Me asusto por todo. Para que te hagas una somera idea: el silencio sepulcral que se estila durante las comidas me turba, en la ciudad es distinto, allí al menos le peguntan a uno si se halla satisfecho con lo que se lleva a la boca, pero aquí, ante el menor indicio de querer entablar una conversación, por poco no se lo llevan a uno detenido. Otra de las cosas que atientan con lo que soy –un hombre deprimente y sin arreglo- son los costumbrismos de estas gentes, no permiten la más mínima refutación, censuran todo aquello que no se amolde a sus ideas, alegando en su defensa que ya tienen suficiente con tener que dar cuenta de su ideario, y que les resulta algo absurdo dicho ejercicio. Lo que crea más confusión en mí, es su doble moralidad; por un lado, se muestran renuentes al rechazar todo tipo de caridad comunitaria, pero por otra parte, están de acuerdo en que percibir dinero de entidades burocratizadas resulta ineluctable, y más aún, necesario.

Creo que el sueño me produce verborragia. Sí, debería dormir un poco más. No tengo por costumbre hacer un uso desmedido, y casi pedante, de las palabras. Intento no abusar de ellas, pero no es algo que dependa de mí, las más de las veces, manan sin previo aviso. Hay palabras que sirven sólo para soñar, otras que pretenden significar algo, pero a la vez se encuentran alejadas considerablemente de ese algo, otras, en cambio, son un acertijo en harto grado complicado, también tenemos a aquellas palabras que secundan a otras, en sus intentos por dar una explicación certera respecto a todo lo que nos rodea, y están las palabras de desesperación, las cuales en un pasado han sido felices, pero en la actualidad, no buscan más que permanecer inmóviles e invisibles en un rincón. Siendo que cada bagaje de palabras se compone de una estructura estilística que le es propia, a su vez, todas se hallan dotadas de una misma cuantía, ninguna es más, o menos que la otra. Hacen de sustentáculo entre sí, complementándose vastamente.

Quisiera relatarte un suceso acaecido hace unos días. Es de sumo interés, si consideramos que nunca ocurre nada extraordinario o digno de mención por aquí. Pero por el momento, el sueño parece estar venciendo mi voluntad y mis buenos deseos, por lo que iré a descansar.

Buen día, o debería de cambiar mi buen día por algo como: ya sea que tu día sea bueno o malo, agradece que aún tienes los pies en la tierra y la cabeza en su lugar, pues a la mayoría de nosotros –hombres miserables– nos ha tocado correr otra suerte. Continúo escribiéndote en esta hoja porque aún tiene vida, de no ser así, me ahorraría dicho comentario. Anoche no hice más que referencia a una serie de asuntos sin importancia, y la verdad es que nada de lo que dije puede considerarse de gran valor. No, no, no. Estoy siendo una vez más, cruento conmigo, como siempre. Olvida lo dicho anteriormente, y ten piedad de mí. Piedad de Nicanor. Lo de anoche ha sido increíble, sólo bastó con exponer la verdad sin retoques. ¡Cuánta divinidad en una misiva escrita por un mortal! Y no me confundas con un ególatra, tan sólo soy un servidor de las palabras.

Hace unos días –creo haber manifestado previamente mis deseos por relatar un hecho reciente- a una mujer senil y nerviosa con la que tuve el placer de compartir varias comidas y paseos, le robaron gran parte de unos ahorros que había escondido –no muy bien al parecer- en un escondrijo antiquísimo situado en su habitación. La única persona -además de esta mujer- que tenía acceso a la habitación, era la criada, por lo que se la escrutó desde un primer momento. Ésta, lejos de reconocer su culpabilidad por su obrar, decidió negarlo todo, a la manera de un criminal que niega haber cometido homicidio, aun con todas las pruebas que demuestran lo contrario frente a sus narices. La mujer, abatida como se encontraba, y con gran pesar suyo, echó a la criada. El golpe más bajo, no fue el acto en sí, sino la actitud impasible de la ladrona. El descaro y la deshonra para hacerse con algo que no le pertenecía, y como si fuera poco, eludir cualquier tipo de arrepentimiento.

Y todo este cuento, ¿para qué? Para decirte que de nada sirve confiar en la criada, la mujer y en mí, sobretodo en mí.


N. 

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3 de Diciembre de 2016|01:58
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3 de Diciembre de 2016|01:58
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  1. Hola, yesica72, una válida apreciación. Saludos.
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  2. "Y todo este cuento, ¿para qué? Para decirte que de nada sirve confiar en la criada, la mujer y en mí, sobretodo en mí". Buen final, las preguntas retóricas le dan un toque interesante al relato.
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