El vómito cósmico

Una historia sobre una niña y un accidente a media noche, el miedo de una niña a dejar de ser amada.

 Así se llamaba el cuento de terror que me acechó en más de una pesadilla cuando niña. Y así decidí titular esta historia que sucedió una noche, cuando compartía cama grande con mi hijita de tres años.

Empezó una tarde de otoño, cuando las granadas se rajaban sensuales, ofreciendo sus brillantes granos. Yo le mostraba a Micaela –mi niña- las bondades de comer aquello que nos brinda la naturaleza y ella se entusiasmó con la idea. Comió una, luego otra, y otra más. Las mordía como un animalito salvaje, con el jugo corriendo por sus manitos, su pera, su cuello hasta culminar en una mancha rosa en su remera. Verla devorar era una oda a la naturaleza.

Más tarde ese mismo día, no quiso cenar. Como no había comido demasiado durante el día, me puse firme en mi rol de madre e insistí hasta que logré que comiera dos empanadas de carne. Y no quiso postre, una conducta absolutamente extraña en ella.

Cuando nos fuimos a dormir me dijo que le dolía su pancita. Y lo que sucedió a continuación, es bastante predecible en este punto de la historia.

3.00am me desperté mojada, aún mejor dicho bañada, en un salpicré heterogéneo de empanadas y líquidos gástricos. Mica lloraba a gritos. La cama era un charco pestilente. Me levanté y con coraje encendí la luz.

Lo que siguió es algo que probablemente todas las madres hayan pasado alguna vez. La mecánica de sacar pijamas, lavar niño, lavarse, secar colchón, cambiar sábanas, trapear pisos: todo eso mientras se busca dar contención al pequeño llorante. En ese procedimiento, es fundamental concentrar todas las fuerzas en resistir el impulso natural de arcada, que surge a causa del estimulante olor a vómito.

Terminada la faena, Mica yacía en la cama. Se sentía mejor de la pancita, ya no lloraba pero seguía un poco acongojada y sin poder conciliar el sueño. Me acosté junto a ella y muy a pesar de su pestilencia, la acomodé sobre mi pecho y la abracé.

Sobre el silencio de las respiraciones, apareció tímida su vocecita.

-Mamá,¿Ttodavía me querés?

Me asombró darme cuenta que, en su inocencia, desconociera que mi amor es tanto más grande que una noche de percances. Es que de tan enorme es también inmensurable.

-Por supuesto mi amor. Te amo y te voy a amar pase lo que pase siempre, siempre, SIEMPRE.

Hizo un silencio.

-Gracias.

Y tranquila se entregó al sueño.

Micaela ya no lloraba, pero yo me quedé sintiendo mis lágrimas rodar mejilla abajo, sin hacer ruido para no despertarla.

Así se llamaba el cuento de terror que me acechó en más de una pesadilla cuando niña. Y así decidí titular esta historia que sucedió una noche, cuando compartía cama grande con mi hijita de tres años.

Empezó una tarde de otoño, cuando las granadas se rajaban sensuales, ofreciendo sus brillantes granos. Yo le mostraba a Micaela –mi niña- las bondades de comer aquello que nos brinda la naturaleza y ella se entusiasmó con la idea. Comió una, luego otra, y otra más. Las mordía como un animalito salvaje, con el jugo corriendo por sus manitos, su pera, su cuello hasta culminar en una mancha rosa en su remera. Verla devorar era una oda a la naturaleza.

Más tarde ese mismo día, no quiso cenar. Como no había comido demasiado durante el día, me puse firme en mi rol de madre e insistí hasta que logré que comiera dos empanadas de carne. Y no quiso postre, una conducta absolutamente extraña en ella.

Cuando nos fuimos a dormir me dijo que le dolía su pancita. Y lo que sucedió a continuación, es bastante predecible en este punto de la historia.

3.00am me desperté mojada, aún mejor dicho bañada, en un salpicré heterogéneo de empanadas y líquidos gástricos. Mica lloraba a gritos. La cama era un charco pestilente. Me levanté y con coraje encendí la luz.

Lo que siguió es algo que probablemente todas las madres hayan pasado alguna vez. La mecánica de sacar pijamas, lavar niño, lavarse, secar colchón, cambiar sábanas, trapear pisos: todo eso mientras se busca dar contención al pequeño llorante. En ese procedimiento, es fundamental concentrar todas las fuerzas en resistir el impulso natural de arcada, que surge a causa del estimulante olor a vómito.

Terminada la faena, Mica yacía en la cama. Se sentía mejor de la pancita, ya no lloraba pero seguía un poco acongojada y sin poder conciliar el sueño. Me acosté junto a ella y muy a pesar de su pestilencia, la acomodé sobre mi pecho y la abracé.

Sobre el silencio de las respiraciones, apareció tímida su vocecita.

-Mamá,¿Ttodavía me querés?

Me asombró darme cuenta que, en su inocencia, desconociera que mi amor es tanto más grande que una noche de percances. Es que de tan enorme es también inmensurable.

-Por supuesto mi amor. Te amo y te voy a amar pase lo que pase siempre, siempre, SIEMPRE.

Hizo un silencio.

-Gracias.

Y tranquila se entregó al sueño.

Micaela ya no lloraba, pero yo me quedé sintiendo mis lágrimas rodar mejilla abajo, sin hacer ruido para no despertarla.

Así se llamaba el cuento de terror que me acechó en más de una pesadilla cuando niña. Y así decidí titular esta historia que sucedió una noche, cuando compartía cama grande con mi hijita de tres años.

Empezó una tarde de otoño, cuando las granadas se rajaban sensuales, ofreciendo sus brillantes granos. Yo le mostraba a Micaela –mi niña- las bondades de comer aquello que nos brinda la naturaleza y ella se entusiasmó con la idea. Comió una, luego otra, y otra más. Las mordía como un animalito salvaje, con el jugo corriendo por sus manitos, su pera, su cuello hasta culminar en una mancha rosa en su remera. Verla devorar era una oda a la naturaleza.

Más tarde ese mismo día, no quiso cenar. Como no había comido demasiado durante el día, me puse firme en mi rol de madre e insistí hasta que logré que comiera dos empanadas de carne. Y no quiso postre, una conducta absolutamente extraña en ella.

Cuando nos fuimos a dormir me dijo que le dolía su pancita. Y lo que sucedió a continuación, es bastante predecible en este punto de la historia.

3.00am me desperté mojada, aún mejor dicho bañada, en un salpicré heterogéneo de empanadas y líquidos gástricos. Mica lloraba a gritos. La cama era un charco pestilente. Me levanté y con coraje encendí la luz.

Lo que siguió es algo que probablemente todas las madres hayan pasado alguna vez. La mecánica de sacar pijamas, lavar niño, lavarse, secar colchón, cambiar sábanas, trapear pisos: todo eso mientras se busca dar contención al pequeño llorante. En ese procedimiento, es fundamental concentrar todas las fuerzas en resistir el impulso natural de arcada, que surge a causa del estimulante olor a vómito.

Terminada la faena, Mica yacía en la cama. Se sentía mejor de la pancita, ya no lloraba pero seguía un poco acongojada y sin poder conciliar el sueño. Me acosté junto a ella y muy a pesar de su pestilencia, la acomodé sobre mi pecho y la abracé.

Sobre el silencio de las respiraciones, apareció tímida su vocecita.

-Mamá,¿Ttodavía me querés?

Me asombró darme cuenta que, en su inocencia, desconociera que mi amor es tanto más grande que una noche de percances. Es que de tan enorme es también inmensurable.

-Por supuesto mi amor. Te amo y te voy a amar pase lo que pase siempre, siempre, SIEMPRE.

Hizo un silencio.

-Gracias.

Y tranquila se entregó al sueño.

Micaela ya no lloraba, pero yo me quedé sintiendo mis lágrimas rodar mejilla abajo, sin hacer ruido para no despertarla.

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18 de noviembre de 2017 | 01:40
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