Loser

Adrian Monetti nos deja una épica anécdota de un día de cortejo... que termina de la peor manera.

                                                                           In the time of chimpanzes i was a monkey

                                                                                                                          Loser – Beck

En el piso habían quedado destrozado lo que fue una charla agradable: las botellas de cerveza vacías, los vasos, los ceniceros repletos de colillas muertas, los celulares, los paquetes de cigarrillos, la mesa misma estaba tirada patas arriba; todo, absolutamente todo, estaba en el piso agonizando. Una de las chicas tenía toda la ropa manchada por la cerveza que la salpicó de arriba a abajo, la otra estaba cubierta de cenizas y colillas que salieron despedidas del cenicero. Las dos mujeres se pararon, se limpiaron cómo pudieron y se fueron sin decir palabra, mientras yo pagaba los destrozos y el Emilio se desternillaba de risa.

Nunca fui de los más avezados en el tema del halago, del agasajo, del enamoramiento; tampoco soy un ejemplar alfa del sexo masculino; mi mamá en vez de darme el pecho me daba la espalda. Toda la vida tuve los bolsillos vacíos y me vestí mal, muy mal, algo así como un paradigma del antihéroe. Por eso, estaba cómo ensoñando cuando las dos mujeres que conocimos en la calle con el Emilio no sólo nos prestaron atención sino que también se subieron al VW 1500 y se dejaron llevar a un bar en la calle San Martín Sur.

Era una casona vieja, de techos altos y con fantasmas que se quejaban por lo alto del volumen de la música. Llegamos los cuatro y nos pedimos una cerveza, y después otra y así por un largo rato..

Me sentía locuaz y luminoso mientras palabras hipnóticas salían a raudales de mi boca; todo prometía algo. Todo auguraba una gran y épica noche. Estaba en el paroxismo de la seducción, o al menos eso creía.

Hay artefactos que en apariencia son beneficiosos para la humanidad, pero que son productos de mentes sicópatas, de genios enfermizos: la cinta roja para abrir los paquetes de galletitas; el torno del dentista y por supuesto la silla de plástico apilable, uno de los adminículos más diabólicos, tan traidor cómo lo fueron Brutus o Judas.

En el fragor de la charla, miradas y sonrisas me resultó totalmente lógico estirarme, como para darme prestancia, un poco más osado decidí cruzar las piernas mientras me recostaba en las patas traseras de la silla. Nunca fui vanidoso por razones obvias y cuando lo fui no medí consecuencias. Entonces el mundo explotó, pareció desmoronarse acompañado por una cacofonía pavorosa de cristales gritando.

La silla había conspirado, cuando recliné el cuerpo hacia atrás una de las patas se venció y me fui para atrás y al hacerlo golpeé la mesa con un pie, la cual se dio vuelta. Por un segundo todo lo que contenía la mesa se detuvo en el aire en un ballet sincronizado por el caos, luego fue una pequeña hecatombe en slow motion,

Caído de espaldas en el piso vi irse a las dos mujeres ofuscadas. Se había terminado la seducción y la pasta de campeón.

La genial frase de Don José: Serás lo que debas ser o si no no serás nada es totalmente aplicable a esta situación, mi trayectoria como seductor duró lo que debía durar y terminó cómo debía terminar.

Se me ocurre que la palabra ‘vencido’ es más bella al oído que la palabra ‘perdedor’, considero que las dos no son semejantes. Sobre un vencido se ejerce la acción de vencer: él es objeto y consecuencia de ella. El perdedor, en cambio, lo es por sus propios medios y talentos, y aunque intervengan factores externos resulta ser su confiada actitud, y no cualquier oposición, la que lo vuelve un perdedor.

Soy un soldado del ejército de los bellos perdedores, que está bajo fuego amigo armado solamente con torpezas, comentarios desatinados, el cierre del pantalón abierto sin que nos demos cuenta. 

auspicios


Opiniones (0)
21 de octubre de 2017 | 17:44
1
ERROR
21 de octubre de 2017 | 17:44
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"