Un día azul - Segunda parte

Lee el final de esta tremenda historia urbana contada por Adrian Monetti.

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Me atendió la madre del Riqui, una viejita chiquita, que parecía que había que tener cuidado para no pisarla, siempre hablando con los gatos en la cocina. El Riqui no estaba pero estaba el Tuna, el hermano. Me quedé un rato esperando que se levantara, mientras la viejita hablaba pero sin hablarme a mí, ni a los gatos. Le hablaba al esposo que trabajaba en la municipalidad y un día lo atropelló el camión recolector marcha atrás. Le decía que lo perdonaba, que ya sabia que era por el vino, mientras se pasaba la mano despacio por la cara como si todavía le doliese. Un gato amarillo la miraba atentamente, sin perderse una palabra, mientras los otros se repartían por la cocina fría a pesar de las hornallas prendidas.

Estaba medio loco el Tuna. Un día era veterano de la guerra de Malvinas y había matado como a tres gurkas y al otro día te decía que trabajaba de voluntario con los bomberos o que tenía un terreno en la sexta sección y que estaba construyendo una casa con pileta. A veces me parece que tenía varias personas metidas en el cuerpo y que salía una y después otra y así.

El Tuna tenía buen faso, no era paraguayo ni misionero, pura mierda que tiene amoníaco y meada para que los perros no la encuentren. Tenia fasito de el, que lo plantaba en el patio de la casa y se lo cuidaba la madre con el amor de la ignorancia. Se veía por la medianera como asomaban las matas, con los cogollos colgando. Los transaba en un minimarket de la calle Tirasso. Se sentaba tranquilito, con un porrón. Nunca los tenia encima, los escondía debajo de una piedra adentro de la acequia. Cuando llegabas te invitaba a sentarse y te servía un poco de cerveza. Despacito para ver si no había nadie, levantaba la piedra y te daba un fasito grueso como un dedo. Me quedé esperando que me invitara a fumar para que se me fuera un poco la dureza. Lo único es que había que aguantar al Tuna que se ponía a hablar. Mientras sacaba la pipa de agua me contó la historia de cuando se había cogido en Córdoba a una puta renga que resulto ser la hija del dueño de un frigorífico, que estaba medio loca y se escapaba para patinar. El faso se juntaba con la merca y se rechazaban y se aliaban contra mí y empezaban a nacer los diablitos en mi cabeza. El humo hacia figuras entre el Tuna y yo, así que escuchaba al humo para no escuchar al Tuna. Lo oía salir por la ventana y moverse por el patio, raspando las enredaderas y escondiéndose detrás de unas botellas vacías. Cuando salí era casi el mediodía y la madre del Tuna estaba barriendo la misma baldosa hacia rato. La viejita se rompió en mil pedazos azules y los gatos los lamieron en el piso. No me acuerdo en que termino la historia de la puta renga.

Mientras caminaba me parecía que estaba siempre en el mismo lugar. Me pegué unos saques sin pararme, uno de cada lado y vi que me quedaba poco. Nada. Iba a tener que pasar de vuelta por el Bola meta cumbia y pintalabios. Me dio mala espina que no estuviera el Riqui, encima el Taurus en la cintura se había congelado definitivamente y se estaba poniendo un poquito azul.

Pasé por la plaza de la fragata y vi los juegos, el tobogán, las maromas y un sólo columpio y me dieron ganas de ver a la nena. Aunque la madre no me dejaba, yo iba a verla igual. No iba muy seguido, pero una vez le llevé un oso de peluche y la madre empezó que con osos de peluche no hacia nada, leche había que llevar me dijo. Leche pedía, si la conocí raneando en el túnel de la Terminal, cerca del hospital. Me causó gracia que tuviera pegamento como un bigote, un bigote verde. Metía la boca en la bolsita para aspirar y el bigote se le hacia mas grande y la bolsa de plástico parecía un corazón verde que latía asustado. Después quedo embarazada y se recató, consiguió trabajo en el supermercado de la Paso de los Andes de cajera y empezó a salir con el del Fiat. Se hacían la familia con el del 128. Lo había visto dos veces, siempre con camisa blanca y pantalones pinzados. Un llavero con un montón de llaves, como si tuviera tantas puertas para abrir. El pelo prolijo y el bigote fino, bigote de milico de civil. Siempre sonriendo. Trabajaba con ella en el supermercado y se hacia el dueño y era un cabrón muerto de hambre.

Me fui para la guardería en donde estaba la nena.

Cuando doblé por la esquina vi el 128 amarillo estacionado. Seguro iban al cine y al parque y a mi no me dejaban verla. Seguro que le compraba caramelos y yo no podía verla. Seguro que la esperaba al final del tobogán y yo no podía verla. El padre era yo, no importaba que no me viera, que no me conociera tanto, era mi sangre, era la cara de mi mamá. Me había tatuado el nombre de la madre y de la nena en la muñeca, así los podía ver siempre, como si viese la hora.

La madre estaba subiendo al auto a la nena con guardapolvos azul, mientras el otro las miraba y se reía y los bigotes de milico se le movían. Parado con su camisa blanca y su obra social, como si yo no tuviera frío y no usase el gamulán de mi tío que tenía un agujero en el pecho. Apenas me vieron llegar se asustaron, pero hicieron como si no estuviera ahí. A dos metros estaba y no me miraban. Entonces le pegué.

Como no se la vio venir se sorprendió y se cayó, entonces la madre quiso defenderlo y la agarré del pelo. Le quise pegar y se cruzó una maestra de la guardería. El anillo con una piedra azul que tengo de recuerdo de cuando vivía en Bahía Blanca hizo un ruido raro cuando le pegó en la cara. La maestra cayó de rodillas. El del 128 se quiso levantar y le pegué una patada en la cara y se puso a llorar y a gritar que no le hiciera nada.

Me dio risa porque parecía un payaso con toda la cara blanca del susto y la nariz rota y sangrando y la camisa blanca con lunares rojos. Me hizo acordar a un cuadro que había en la casa de mi abuela de un payaso llorando con una flor en la mano. El payaso estaba calladito y miraba. En mi cabeza tenia diablitos azules que se comían al payasito que estaba callado y miraba.

Cada vez me dio más risa, no podía parar de reírme. Y riéndome la insultaba a la madre, la quería matar y le pegué la cabeza contra la pared, y me reía. Y le pegaba con la culata del 22 y me reía. No me dejaban ver a la nena y me reía.

La maestra gritaba, no se como hacia para gritar tanto sin respirar. Se llegaban a ver los gritos, eran como hilitos de aluminio azul que se movían en el aire y se enroscaban en los árboles y se me metían en las zapatillas y se me enroscaban en los dedos de los pies. La madre de la nena me pareció que escupía gusanos, pero eran dientes y sangre, no sé por qué la sangre era azul. El del 128 se escapó, nunca supe donde se metió. La maestra seguía gritando, así que tuve que dar un par de saltos para sacudirme los hilitos que se me enroscaban en los dedos de los pies. La quise buscar a la nena, para decirle que le había comprado el cuaderno para las actividades, aunque nunca se lo compré. Era para decirle algo, pero cuando me vio se tapó la cara con las manos, cómo la vez que ella también se tapaba la cara y yo decía adonde está la nena y ella se reía, pero ahora lloraba. Le dije que bajara el vidrio, pero se apretó la cara más fuerte. La madre se me tiró a los pies, y me manchó de azul los zapatos y las medias.

Enfrente salió de no sé donde un pelado con un delantal que me amenazaba con un cuchillo, y ahí corrí, no por el pelado, sino porque seguro llegaba la policía. Y llegó cuando estaba corriendo. Me gritaron algo que no entendí, pero vi que las palabras eran azules. Le tiré dos veces, pero las balas no salieron. Mientras corría miré al revolver y me di cuenta de que tenía un algodón en el caño y una mosca de ojos azules revoloteándole.

A lo lejos vi que me corrían dos policías y escuché un disparo con sonido azul. Al principio no sentí nada y seguí corriendo, pero como que fui desapareciendo de a poco. Primero las piernas, después yo. Como si me derritiera. Y mientras me iba derritiendo me miré el pecho y pude ver que adentro estaba azul.

Ahora no sé donde estoy, pero todavía sigo corriendo.

FIN

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23 de octubre de 2017 | 22:22
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