Cosas que a casi nadie le pasan: cagarte dormido

El Dr. Bomur nos deja otra de sus maravillosas anécdotas escatológicas. Esas que a cualquier le pueden pasar.

 ¡Splash!... algo estalló.

Abrí los ojos de par en par, como el fugitivo que oculto en la oscuridad siente que su captor anda rondando cerca de él. Tieso, inmutable, casi conteniendo la respiración. Era la madrugada de un día martes, un día que nada que ver. Inmediatamente pude ver con claridad en la oscuridad de mi habitación. La adrenalina corría por mi cuerpo como el pecador que está a punto de ser descubierto.

Había estado toda la jornada con dolores de panza, retorcijones y diarrea infame, pero de ahí a esto era demasiado. Antes de hacer nada miré a mi derecha... mi esposa dormía profundamente, como cualquier mortal a esa hora.

Lentamente introduje mi mano por el costal derecho de mi cadera, para luego llevarla muy despacio hacia la zona trasera. Mucho antes, pero muchísimo antes del oscuro oleoducto descubrí las aguas servidas, esparcidas por mis cachetes, en libertad y sin decoro. No quise explorar más la zona, supuse que la catástrofe ambiental sería de daños horrorosos.

¡Me cagué dormido la concha de la lora! Fue lo único que pensé y no se si lo dije despacio. Fue un impulso, un reflejo... debe de haber sido una “canita al aire” que no pudo ser contenida por mi maltrecho esfínter. Maldito esfínter fácil. Sin retirar mi mano derecha del desastre, suponiendo contener los ríos fecales que podrían desbordar, utilicé la izquierda para correr de un tirón acolchado y sábana a la vez, levantando bien el campamento para que no roce ninguna otra parte de mi manchado cuerpecito, quedando como un nudo entre mi brazo, la cama y mi mano trabada en el cachete derecho. Lentamente me fui levantando, haciendo fuerza extrema con la cintura para apoyar el culo lo menos posible en lo que quedaba de colchón sin ocupar.

Caminando con el sigilo de un ninja descalzo entré al baño, cerré la puerta sosteniendo el picaporte para que no haga ningún “click” y prendí la luz una vez dentro. Lentamente me senté en el inodoro al tiempo que bajaba el calzoncillo... por demás húmedo.

Sentado en el trono pude contemplar la magnitud de la obra. Como un Vincent Van Gogh berreta había aplicado el puntillismo a un lienzo Americanino de uso prolongado. Debo reconocer que tuve que contener la risa al ver justo en el centro de mi pintura el punto exacto del estallido de la bomba, la zona cero, el epicentro... lentamente me quité el harapo y procedí a vaciar la olla. Cosa ya que había pasado. Uno que otro trueno, algún relámpago, lejanos refusilos y listo el pollo. El dolor no había pasado pero ahora tenía dos problemas...

El primero era hacer algo con el calzoncillo. No podía dejar que mi esposa viera esa cochinada y mucho menos cometer la aberración de hacérselo lavar. Pensé en tirarlo por el inodoro, ¿pero si no pasaba y taponeaba la cañería? ¡tremendo bardo! Así que abrí la canilla del lavamanos en un fino chorrito y metí un rato el trapo, como para que las primeras barridas las haga el agua. La vergüenza era más fuerte que el asco así que con jabón y champú me transforme en un Dream humano poniendo mis manos al mejor estilo Nosferatu y mirando hacia otro lado, como si por no mirar me fuese a ensuciar menos. Con cara de vómito procedí a borrar todo rastro de heces en aquel arruinado taparrabos. Cuando dejó de correr agua turbia le metí empeño y el asco pasó, eso más tres minutos de lavadas de mano bastaron para eliminar cualquier olor extraño. Estrujado a más no poder y colgado en el caño de la cortina del baño, el primer kilombo ya estaba resuelto.

Ahora tenía una segunda misión... ir hasta el placard a ponerme otro calzoncillo y acostarme sin que mi esposa me viera. No duermo en bolas y encima esa noche no había habido alegrías, así que no existía explicación alguna a estar acostado en pelotas. No era opción.

Abrí la puerta con el mismo sigilo que con el que entré y en punta de pies me fui caminando hacia el cajón donde estaban mi ropa interior. Tenía los ojos abiertos como un búho y no quitaba la vista de mi mujer, como si con la mirada la pudiese mantener dormida. Muy despacio y en culo iba llegando hacia mi objetivo, cuando de pronto de encendió la luz de un velador...

- Bomur ¿que haces en bolas?

Todo el mundo se derrumbó. Ahí estaba yo, con las manos abiertas como haciendo equilibrio y pretendiendo tantear los alrededores para no chocarme con nada, con la vista fija en el cajón, congelado, en pose de caminata pero duro como una estatua, gélido, con la boca abierta y sin respirar, como pensando en que quizás así me volvería invisible. Cerré los ojos.

- ¡Bomur! - exigió respuestas la inquisidora, con vos de amanecida.

- Amor... - comencé mi frase, respirando profundo y haciendo una pausa para mí eterna - me cagué.

Fue lisa y llanamente mi respuesta, no tuve tiempo de pensar absolutamente nada, en el estallido de risas de mi esposa aproveche como un lince para ponerme el calzoncillo que manoteé aleatorio, el cual para colmo de males me lo puse al revés, sumando más risas al evento, como cuando te cuentan un chiste y entre risas rematan con otro mejor.

Avergonzado y caliente, como un niño idiota, esperé a que la burlesca mujer terminara su dicha. Parado, de brazos cruzados y con la vista perdida sentencié...

- Yo no me reiría tanto... mirá la cama.

Y aquella noche, por primera vez, dormimos juntos en el sillón.

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24 de octubre de 2017 | 03:19
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