Un día azul – Primera parte

Adrian Monetti nos deja la primer parte de un impresionante cuento barrial. Imperdible.

 Los zapatos se me llenaban de agua helada cada vez que pisaba la escarcha. Se rompía como huesitos azules y me mojaban las medias y los zapatos. El gamulan tenía mas frío que yo. Mi tío era mas chico de cuerpo y a el le quedaba grande. Se envolvía en el gamulan cuando salía por la terminal a punguear, pero se dejaba un brazo afuera de la manga y como no tenía botones podía sacar la mano cuando quería y atropellar a alguien, como distraído y sacarle la billetera en un segundo, sin que ni el aire se diera cuenta. Era muy rápido mi tío y nunca se sacaba el abrigo, ni siquiera en verano, se lo saco mi tía cuando lo enterraron y me lo dio a mi, ya que ella tenia todas hijas y a ninguna le iba a quedar bien un gamulán, menos con un agujero de bala en el pecho. Cuando me lo dio me pareció pesado, abrigado y le di gracias a Dios que la policía haya matado a mi tío. Pero cuando fui creciendo me empezó a ajustar y me fui dando cuenta de que no era ni pesado ni abrigado. Hubiera sido mejor que tuviese todos los botones.

El Suave tenía un ranchito en la orilla del zanjón, al final de la calle Paraná, antes del corralón, justo debajo de la torre de alta tensión. Cuando llegué lo llamé despacito, no le gustaba que le gritaran, aunque era medio sordo. Se sintió eco, como si el ranchito por dentro fuese tan grande como una iglesia. Me dijo que entrara y su voz también hizo eco.

Detrás de la cortina de plástico verde con flores amarillas, se me pararon los pelos por la corriente estática de la torre. De vez en cuando una chispa amarilla salía de la nada, flotaba entre las cosas como mirando, y explotaba contra el adobe húmedo. No sé porque siempre estaba mojado allá adentro, parecía que el aire era de agua verde. Había un catre con mil frazadas pero sin sábanas ni almohada, un colchón hueco y una lamparita colgando. Cajones de madera vacíos y botellas de vino tiradas por todos lados. Un gauchito Gil cómplice dormía la siesta entre velas prendidas.

El Suave se parecía a un indio de una serie de televisión, que no me acuerdo como se llamaba. Nunca me acuerdo los nombres. Estaba sentado en una reposera oxidada, mirando las flores amarillas de la cortina. Era raro verlo en la calle, nunca salía, nunca hablaba con nadie, pero siempre sabia lo que pasaba en el barrio. Él mandaba. En el barrio solo se respiraba lo que el Suave quería que se respirara. El Suave te daba y te sacaba.

Tenía lo que te imagines, veintidós, treintaidós, nueve mm, los alquilaba por el día, por semana, por hora, por bala. Estaban escondidos por todo el rancho, abajo del catre, detrás del Gauchito Gil, enterrados en el piso de tierra. Siempre me llevaba el mismo, un 22 Taurus, chiquito pero que igual asustaba. Yo sabia que me esperaba, como para salir a jugar. Cuando me lo lleve estaba frío. Siempre después de que me lo ponía en la cintura se calentaba ahí nomás, pero esa mañana no. Me hizo acordar al velorio del Oso, que tenia algodones en la nariz y tres tiros en la espalda, con la piel blanca y la misma mosca de ojos azules apoyándose una y otra vez sobre la frente, mientras la madre del Oso lloraba a los gritos y la espantaba con la mano en la que tenia enrollado el rosario y Jesús ya estaba mareado de tanto ir y venir.

El Oso nunca se pudo quedar quieto, jamás. Era como la mosca, iba y venia, molestando. Cuando la Chevy apareció por la esquina el Oso estaba tomando cerveza en la vereda del almacén. Fiado, porque sino se volvía loco y quería romper todo y el viejo Suárez se tenia que esconder en la cocina mientras el Oso le revolvía el negocio y lo insultaba y se llevaba la poca plata y la poca mercadería que había. Entonces se le fiaba algo que de todas formas nunca iba a pagar. Llevaba tomados como cinco porrones, sentado solo sin que nadie se animara a entrar al negocio para no cruzarse con él. La Chevy, con las luces apagadas y una sombra manejando, se acerco despacio. El viejo Suárez le grito al Oso que se tirara al piso. No porque lo quisiera salvar, sino porque lo odiaba y sabía que tenía cirrosis, hepatitis y HIV y lo quería ver vivir para que se muriera despacito. Pero corrió. Si se hubiera tirado en la acequia hubiera sido un aviso, pero corrió y se había tomado cinco porrones y había fumado tres porros y trastabilló y le metieron tres tiros en la espalda y quiso seguir corriendo y se murió todavía corriendo. Se dio cuenta en la esquina de los Turcos y cayó. El Suave te daba y te sacaba.

Al revolver le faltaba poco para tener un algodón en el cañón y una mosca de ojos azules revoloteando.

Cuando baje por Paraná vi en el zanjón, con el agua podrida congelada, una rata azul. Parecía muerta, pero salió corriendo entre la basura y se metió entre la cabeza pelada de una muñeca y unas bolsas de plástico. El 22 latía despacito, cada vez hacia más frío. No sabía como ponerlo, entre la remera y la camiseta, después entre el buzo y el gamulán. Pero no había caso, cada vez se ponía mas frío. Bajé por Paraná hasta Derqui y entré por el pasillo que va hasta los monoblock.

El Bola vivía en un último piso del bloque 3, con las ventanas llenas de malvones y siempre escuchando cumbia, meta cumbia. Se escuchaba mucho antes de llegar, se escuchaba todo el día, a toda hora. Ningún vecino se animaba a decirle algo al Bola, un gringo grandote, con el pelo entre negro y rubio y los ojos casi celestes. No sé por qué le decían Bola. Tomaba merca todo el día. Decía que la merca tenía olor a culo y se reía, pero se reía raro, con la dureza de la merca, para adentro, mostrando los dientes cómo un gato, moqueando, perdiéndose entre los azulejos del baño. Se pasaba horas peinándose el pelo con limón, bien para atrás, mientras se miraba tres veces en el espejo roto.

La traía la hermana del Bola desde Salta, en colectivo. Conocía a un gendarme que la aguantaba y la cuidaba. Estaba enamorado. La hermana del Bola se lo gritaba a todo el mundo, porque en la casa del Bola había que gritar para escucharse, meta cumbia. Se reía del gendarme y sus bigotes. Se reía del gendarme y sus ganas de dejar a su mujer y sus tres hijos y casarse con ella. Se reía al verse vestida de blanco y se tomaba un saque, mientras repetía el nombre del tipo entre risitas. Le ponía merca en la punta del pintalabios rojo y se los pintaba despacito mientras le asomaba la lengua y se volvía a reír. Se tragaba condones llenos de merca, y después los cagaba en una olla mientras el Bola los iba contando, porque ninguno confiaba en el otro, a pesar de que se amaban.

Era temprano todavía para ir a algún lado, así que pedí permiso para darme un saque. En la casa del Bola había que pedir permiso para todo, para sentarse, para gritar, para tomar, para escuchar. La hermana me vendió una bolsita de 200$. Le busque una punta sana a la cédula y saqué una montañita, para eso si que no me temblaba el pulso. Y era verdad, tenia olor a culo. Me la imagine a la hermana del Bola cagando, mientras el gendarme la miraba con amor, pero no me importó y seguí tomando. Sin hablar, sin mirar nada, nada más que tomando, de un lado de la nariz y después del otro, después jugaba y me tomaba dos saques de cada lado y después dos de un lado, tres del otro y después una mas del otro lado, siempre parejo. Me tomé la bolsa entera, y me compré otra de 200$ fiada, por señas le hice entender que le pagaba a la vuelta. La cumbia estaba muy fuerte y se me había trabado la mandíbula.

De a poquito las cosas se fueron volviendo de hielo. El cielo de la ventana; los dientes del Bola, el peine y el limón; la lengua y el pintalabios de la hermana. La cumbia siguió sonando, pero en silencio. Se había congelado. Se escuchaba cuando la punta de la cédula raspaba el fondo de la bolsita y las piedritas de merca se desbarrancaban por un agujero negro de nylon espacial. Cuando no quedó ni una piedrita chupé la bolsa. Y me sentí un pez azul en un mar helado durante un rato largo, nadando solo, sin sol y sin ver el fondo.

Se me había hecho tarde. Cuando salí, en la ventana entre los malvones rojos, había un malvón azul.

Fui por Yugoslavia, hasta la escuela y bajé por la calle del paredón blanco. Pasé a buscar al Riqui para que me acompañara. Fui con el Riqui un par de veces y me trajo suerte. En un quiosco y a una vieja. En el quiosco se quedó afuera, mirando por si venia alguien, mientras yo le vaciaba la registradora. Con la vieja se zarpó, pero se la perdoné porque estaba llena de plata. Me dio lástima la vieja mientras el Riqui la arrastraba de la cartera y le gritaba que era una vieja de mierda y le pegaba un par de patadas, pero no se daba cuenta que se le había enredado la correa y la vieja gritaba porque no se podía soltar hasta que se cortó el cuero y salimos corriendo y la vieja se quedó gritando en el piso...

Continuará

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