Descubren el origen del típico silbido piropero

El Dr. Bomur nos deja la sorprendente historia del famoso silbido "fuiii fuiiiuuu" para piropear minas. ¡Impresionante el hallazgo de su origen!

 Así como la palabra “hola”, o como el hecho nombrar como “Coca” cualquier tipo de bebida gasificada que un ser mortal desee beber, hay un típico silbido piropero que todo el mundo conoce y reconoce. Son dos simples notas que delatan instantáneamente que el objetivo está siendo piropeado. Es un poco más atrevido que una mirada depravada, pero mucho más sutil que un verborrágico y ordinario piropo cantado. Para los lectores que pasan sus días en un frasco y aún no sepan de qué silbido les estoy hablando, les dejo el audio.

Resulta que el Gabriel estaba construyendo una casa en un terreno grande. En el fondo del terreno vivían los dueños de la casa, quienes controlaban y gatillaban el laburo del “galán”. La familia era de apellido Soto y tenían una hija bastante fulera pero con dos lolas que partían la tierra. La pendeja se llamaba Ester y, como toda mina del pueblo, se lo quería besuquear al “galán”.

El Gabriel no era boludo, “donde se come no se caga” solía decirle a sus compañeros de laburo, pero nada les impedía mirarle las tetas a la Ester. Cada vez que pasaba los albañiles cortaban los laburos y se quedaban atónitos con el rebotar de la Ester. Más que las tetas eran los timbres, que cuando el frío del sur pegaba en la obra se le marcaban, usara la ropa que usara. Se comenta que muchas veces el Gabriel iba a trabajar sin cobrar por el simple hecho de relojearle los pezones a la percanta. Los muchachos se agarraban la cabeza y dejaban caer las herramientas para mirar ese par de gomas.

Un día el Atilio Soto se dio cuenta de que el “picarito” Serrano y su equipo le miroleaba a la nena y no solo los hizo laburar una semana gratis, sino que le pegó una cagada a pedos al Gabriel a modo de advertencia frente a todos los obreros. El Atilio media metro noventa, era de contextura taurina, tenía un manojo de bananas por dedos y no andaba con boludeces. En esa época las cosas se arreglaban con un faconazo (en el mejor de los casos) y el Atilio ya se había servido a dos borrachines atrevidos a puntazos y a uno le había metido un tiro en la gamba.

Entonces la muchachada se la tuvo que rebuscar para mirarle a hurtadillas las gomas bamboleantes a la Ester. Lógicamente el Gabriel era el más rápido y pícaro para el piropo, por lo que se había inventado una especie de “contraseña” para advertirles a los obreros que estaba por pasar Ester y sus dos cabezas de enano. Apenas la muchacha pisaba el callejón de la obra en dirección a su casa, el Gabriel gritaba “¡queeeeee friiiiioooooooo!” y todos sabían que venía la pendeja con sus pezones radioactivos. La risa estallaba en la obra y subía la temperatura.

Hasta que un día, después de un asado en la obra, damajuana de por medio, uno de los albañiles cometió un exabrupto por el alcohol y apenas divisó a la Ester gritó “queeee friiiioooo tetonaaaaa”, para ser vitoreado por sus compañeros, olvidando por completo que el Atilio estaba entre los comensales.

Fue un golpe en seco, el pobrecito ni lo sintió. Incluso no hubo fuegos artificiales ni desparramo grotesco de sangre. El Atilio, cual resorte explosivo, se puso en pie en una milésima de segundo y le estampó la parte plana de una pala en plena mollera dejando al pobre albañil inconsciente por dos semanas y vedado para volver a la construcción de por vida, de haberle dado con el filo lo rajaba como una sandía. De ahí le quedó el apodo de “siete vidas” Contreras, al afortunado constructor.

Estuvieron dos semanas bajando la vista cuando pasaba la Ester, por miedo a que el Atilio estuviese en las sombras al acecho, como un animal salvaje. Pero una tarde noche de primavera la muy hija de puta salió a tender la ropa después de bañarse con una blusa y sin corpiño, los ojos del Gabriel se le desorbitaron, los pezones le estallaban, los albañiles expectantes no podían contener la mirada ni las exasperantes ganas de gritarle barbaridades, entonces de los labios del entrenado seductor, del rápido cortejador, del lúcido amante de la tertulia, nació el más famoso y sutil de los piropos, intentando transmitir con silbidos la famosa contraseña “que frío”, para regocijo y loas de todos sus agradecidos compañeros.

La anécdota se hizo conocida, luego divulgada, luego utilizada por todos para finalmente transformarse en leyenda.

Hoy podemos inflar el pecho como mendocinos y silbarle a cuanta mina pase frente a nosotros, con el orgullo de saber que un antepasado seductor y galán nos allanó el camino para conocer algunas Marcellas.

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12 de diciembre de 2017 | 07:31
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