El cura que le cambió la vida a Umberto Eco

En “Trece años mal empleados”, Umberto Eco reveló la historia de Giuseppe Celi, el sacerdote salesiano que le enseñó a no creerse Dios.

 El otro día, un entrevistador me preguntó (y lo hacen muchos) cuál era el libro que más había influido en mi vida. Si en el curso de toda mi vida un único libro hubiera ejercido sobre mí un influjo más definitivo que otro, sería un idiota (como muchos de los que contestan a esa pregunta).

46Eco Garcia Marqez


Hay libros que fueron decisivos para mis veinte años y otros que decidieron mis treinta, y todavía espero con impaciencia el libro que trastornará mis cien años. Otra pregunta imposible es “¿quién le ha enseñado algo definitivo en su vida?”. Nunca sé qué contestar (a menos que diga “mamá y papá”), porque en cada recodo de mi existencia alguien me enseñó algo. Podían ser personas que estaban a mi lado o algunos amados difuntos como Aristóteles, Santo Tomás, Locke o Peirce.

En cualquier caso, ha habido enseñanzas no librescas de las que puedo afirmar con seguridad que me han cambiado la vida. La primera es la de la señorita Bellini, mi maravillosa profesora de sexto de primaria, quien nos ofrecía consideraciones sobre palabras estímulo (como gallina o carguero), y a partir de ellas, para el día siguiente, teníamos que preparar una reflexión o una fantasía. Un día, presa de no sé qué demonio, le dije que desarrollaría allí mismo cualquier tema que me propusiera. Ella miró su cátedra y dijo “bloc”. A hechos consumados, podría haber hablado del bloc del periodista, o del diario de viaje de un explorador salgariano: el caso es que subí al estrado con jactancia y no pude abrir la boca. La señorita Bellini me enseñó entonces que nunca hay que presumir demasiado de las propias fuerzas.

La segunda enseñanza fue la del padre Celi, el salesiano que me enseñó a tocar un instrumento musical (y parece ser que ahora quieren hacerlo santo; pero no por esta razón, es más, el abogado del diablo podría usarla en su contra). El 5 de enero de 1945 fui a verlo ni tan campante y le dije: “Padre Celi, hoy cumplo trece años”. Él me contestó con tono arisco: “Pues muy mal empleados”. ¿Qué quería decir con eso?, ¿que llegado a aquella venerable edad debía iniciar un severo examen de conciencia?, ¿que no debía esperarme alabanzas por haber cumplido sencillamente con mi deber biológico? Quizá fuera una simple manifestación del sentido piamontés de la mesura, un rechazo de la retórica, incluso de las felicitaciones baladíes. Lo que creo es que el padre Celi sabía, y me enseñaba, que un maestro debe siempre poner en crisis a sus discípulos y no excitarlos más de lo debido.

Tras aquella lección, siempre he sido parco de elogios con quienes se los esperaban de mí, salvo casos excepcionales de hazañas inesperadas. Quizá con esta actitud he hecho sufrir a alguien, y si así es, he empleado mal no sólo mis primeros trece años de vida, sino también mis primeros setenta y seis. Decidí resueltamente que la forma más explícita de expresar mi aprobación era no echar una reprimenda. Si no hay reprimendas, significa que uno lo ha hecho bien. Siempre me han irritado expresiones como “el Papa bueno” o “el honesto Zaccagnini”, que dejaban pensar únicamente que los demás pontífices no eran buenos y los demás políticos deshonestos. Juan XXIII y Benigno Zaccagnini hacían únicamente lo que se esperaba de ellos y no se ve por qué habían de recibir congratulaciones especiales.

Ahora bien, la respuesta del padre Celi también me enseñó a no enorgullecerme demasiado, haga lo que haga, aunque considere que es lo justo y, sobre todo, a no ir por esos mundos presumiendo. ¿Significa esto que no hay que tender hacia lo mejor? Desde luego que no; pero de alguna forma, la extraña respuesta del padre Celi me remite a un dicho de Oliver Wendell Holmes Jr. que encontré ya no sé dónde: “El secreto de mi éxito es que de joven descubrí que no era Dios”. Es muy importante entender que no se es Dios, y dudar de los propios actos, y considerar siempre que no se han empleado bastante bien los años vividos. Es la única forma para intentar emplean mejor los que quedan.

Me preguntarán por qué se me ocurren estas cosas precisamente estos días: es que en Italia acaba de empezar la campaña electoral y en estos casos para tener éxito hay que portarse un poco como Dios, o sea, afirmar que lo que se ha realizado, como el creador tras la creación, era valde bonum y manifestar un cierto delirio de omnipotencia declarándose capaces con toda seguridad de hacer cosas aún mejores (mientras que Dios se conformó con crear el mejor de los mundos posibles). Por el amor de Dios, no moralizo, para hacer una campaña electoral hay que realizar eso: ¿se imaginan ustedes a un candidato que les dijera a sus futuros votantes: “Sí, hasta ahora he hecho majaderías, y aunque no estoy seguro de hacerlo mejor en el futuro, les prometo que lo voy a intentar”? No lo elegirían. Por tanto, lo repito, ningún falso moralismo. Es sólo que escuchando todos estos telemítines me acuerdo del padre Celi.

* Publicado originalmente en El Espectador el 4 de abril de 2008 por el diario colombiano El Espectador.

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