Retazos de una cena

"Hablar por hablar, es como estar comiendo cuando en realidad se tiene sed", aduce el autor.

El amor es el estado de ánimo en que el hombre ve con preferencia las cosas como éstas no son. En el amor, la fuerza de la ilusión ha llegado a culminar, así como aquella fuerza que suaviza y transfigura. En el amor se soporta más que en cualquier otro estado, se tolera todo. El anticristo. Friedrich Nietzsche.

Nicanor se hallaba en una velada importante, con personajes altamente distinguidos.

- Cada quién lleva sus cajones, y por ende, sus muertos. -sentenció uno de los invitados, luego de limpiar cuidadosamente su ampulosa boca con una refinada servilleta de tela francesa. Se trataba de un alto funcionario, que se complacía al dárselas de filósofo cuando se le presentaba la oportunidad. Era rechoncho, para nada agraciado, y dueño de un aliento cadavérico. Las damas alejaban su rostro del suyo cada vez que se lanzaba a hablar con alguna de ellas. Sabía muy bien cuál era su situación dentaria, y aun así, se enorgullecía de ello. Además, comía hasta el hastío.

- Pero eso no es más que habladuría barata. Hablar por hablar, es como estar comiendo cuando en realidad se tiene sed. -dijo refunfuñando un coronel condecorado del ejército, el cual había vuelto recientemente a su país, tras cuatro meses de haberse ausentado de su hogar, por hallarse cumpliendo funciones en Europa del sur.

- Permítaseme discurrir en esto. Demás está decir que no se puede hacer alusión a los muertos de esa manera. Los muertos, muertos están, y ya deben de tener suficiente con eso. -se quejó como indignado, un viejito al que le sobraban más años que a cualquiera. Era un reconocido pintor, un hombre huraño como varios de su especie. Se codeaba con los hombres y mujeres de la clase alta, y actualmente, estaba trabajando en el retrato familiar de un célebre abogado. Por lo demás, no tenía amigos, dedicaba parte de su tiempo a la numismática, y le apasionaba la cartografía.

- ¡Como si les importara que se los nombre! Más aún, que los recordemos. Usted lo ha dicho, muertos están, así que de nada sirve que nos pongamos estrictos a la hora de tener que valernos de ellos, ya sea para explicar y ventilar los pensamientos de uno, o, como en este caso, hacer que la conversación sea más amena y no caiga en la categoría de “una velada aburrida y de nunca acabar”. -manifestó exaltado el alto funcionario. No acababa de comerse lo que tenía en el plato, que ya estaba pidiendo otro al criado. Devoró a éste con la mirada, consecuentemente, le trajeron otro en seguida.

- ¿Qué opinión le amerita todo esto a la princesa? Hoy ha estado muy callada, ensimismada, tal vez. Ni siquiera ha probado bocado alguno. -expuso con un tono de burla y conmiseración un muchacho que también se hallaba presente en la mesa. Era un don nadie, un parásito sin valor, y si estaba allí congregado con todas esas gentes de porte y renombre, era por el sólo hecho de ser el hijo de un magnate comerciante. Su apellido lo era todo, por lo demás, se trataba de un personaje avaro y mísero, en plena decadencia.

Antes de vociferar cualquier comentario, la princesa observó sigilosamente a todos los circundantes a la mesa. Aquellos, la observaban como un guepardo observa a su gacela. Si quería verse librada de entablar una conversación con los comensales, no lo estaba haciendo para nada bien. Su silencio, y la pesadumbre de su rostro, invitaban a interrogarla más que a otra cosa. Una vez que se dispuso a bajar la guardia, profirió:

- No he dormido bien anoche, es sólo eso. -dijo como si contuviera un suspiro, y continuó comiendo como si nada.

- A mí me regalaron el mundo una noche, y a la siguiente, todo se había esfumado. Los hombres se las traen. No hacen más que incendiar nuestros corazones, para luego apagarlos, y aun así, dicen amarnos. -dijo resignada una mujer que había enviudado hacía cuatro años. Se hallaba sola, y al cuidado de dos hijos. La vida hogareña hubo sufrido diversas transformaciones desde que su esposo murió, y en un principio, no les fue muy bien cuando debieron acomodarse a los nuevos tiempos a los que se vieron expuestos, tanto ella como sus dos pequeños. La vida ya no le sonreía, y viceversa.

- Nada más placentero en esta vida que unos mariscos frescos, acompañados con una botella de vino importado. El deleite de esas dos cosas lo llenan a uno; ergo, dejo el amor para los demás. He sabido mantenerme al margen siempre de todo esto. -sentenció el coronel, el cual se encontraba atravesando una crisis conyugal, por lo que su ánimo no era el mejor.

- Volviendo al temario de los muertos. No creo que el amor y la muerte se den la espalda el uno al otro, es más, se llevan bien. Son como dos notas blancas, ambas tienen el mismo tempo. Ninguna le lleva ventaja a la otra, pero si una de ellas se convirtiere en negra, ya no sería lo mismo. Del amor y de la muerte nadie queda exento. Para que sobrevenga el amor, antes debe morir el ego, y de esta transformación resulta la muerte. Ambos se recrean, convergen entre sí, el uno explora al otro y así. -estaba claro que el viejo, además de pintor, era un poeta innato.

- El asunto estriba en no dejarse obnubilar por el noble sentimiento que produce el amor. Las más de las veces, uno se aferra a su costado más pintoresco, dejando de lado su cadencia de grises. -advirtió la viuda con un dejo de vergüenza.

- El dinero lo es todo en esta vida. -dijo el muchacho de vida acomodada.

- Pienso igual que el caballero. Lo demás, no es sino una especie de montaje ficticio y superfluo. Con o sin dinero, el mundo continuaría cuesta abajo. El llamado progreso, le pertenece a unos pocos, y es en vano querer luchar contra esto. -se dignó a opinar el alto funcionario.

Algo carcomía por dentro a la princesa, ya se había hecho evidente. Y como no parecía dispuesta, ni estaba preparada para hablar de aquello que le turbaba con el resto, se limitó a dar su opinión sobre temas triviales. Nicanor la observaba con sumo interés, sin llegar a saber por qué, aquella mujer había cautivado su atención.

- No creo que la princesa sea de esa clase de personas que se desviva por amor. Su inteligencia comprende más allá de toda esa cursilería. Además, teniendo tantos pretendientes al alcance de las manos, quién querría conformarse con uno solo. -se atrevió a opinar la hija del coronel.

Bastó ese último comentario, para que la princesa se decidiera a replicar con fervor:

- Nunca me han gustado los cuentos de hadas pero, si llegado el caso, me viera formando parte en uno, no intentaría renunciar a él. Lo mucho que uno puede llegar a hacer en esta vida, es nada más que con amor. Si uno se ve privado de amar, es porque así se lo impone, y no por otra cosa. -la princesa parecía desnudar lo que con tanto recelo guardaba en su alma.

- ¡Ay! ¡Mi niña! Siempre tan suelta de palabras. -dijo con ironía la madre de la princesa. Le gustaba contrariarla, la escaramuza era su especialidad. Reñía con placer.

- Su majestad, pienso que su hija está en lo cierto. No hay nada de irrisorio en sus palabras, y si las ha pronunciado, es porque su corazón tiene algo que decir. Recuerdo que cuando joven, pasaba la mayor parte del tiempo intentando descifrar los mensajes del género femenino. Ahora sé que el corazón de las mujeres se asemeja a un libro; cuando ellas se van adentrando al final de la trama, nosotros los hombres, nos hallamos metidos de lleno en el centro de todo, por eso muchas veces nos desencontramos. -Dijo al fin Nicanor, el cual no pudo contenerse más.

- ¡Brindemos por eso! -dijo con un júbilo repentino el coronel, su rostro ahora brillaba.

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