Vastas impresiones

Cuando menos, las impresiones que se yerguen sobre lo elaborado no hacen más que ofrecerme palmadas en la espalda.

Los recuerdos y las posibilidades son siempre más terribles que la realidad. De la oscuridad. Howard Lovecraft.

Al director del diario

Creo haber hecho el trabajo que se me dispensó, con diligencia y profesionalismo. El haberlo cumplido en tiempo y forma, me reconforta cuantiosamente, como ha sucedido siempre hasta ahora. Cuando menos, las impresiones que se yerguen sobre lo elaborado, no hacen más que ofrecerme palmadas en la espalda. El informe dará que hablar, de eso estoy seguro, de lo que no estoy muy convencido, es de las consecuencias del mismo. Y digo consecuencias, porque aunque no se lo quiera admitir, las habrá. Hay que estar precavido, puesto que una vez que el informe recorra el mundo, la espada ya se habrá cobrado a su víctima, y de nada servirá lamentarse una vez que se haya obrado. En estos casos, la previsibilidad lo es todo. Me he esforzado -y en verdad que lo he hecho- por ser lo más cauto y discreto posible, pero en vano han sido mis intentos. Detrás de los escombros, sólo hallé más escombros, y así. Nunca creí que una persona pudiese tener tantos cadáveres dentro de sí, pero hoy puedo corroborar todo lo contrario. Al realizar la entrevista encomendada, no hice más que atender a los puntos ciegos de aquél siniestro hombre.

Hubiese querido largarme de allí, pero por como estaban las cosas, lo mejor que pude hacer fue quedarme y aguantar. Quiero dejar en claro que todo aquello, había rebasado ya un límite, ¿cuál? Se preguntarán. Pues, el límite que se encuentra en cada uno de nosotros, los mundanos de bien. Aquel que nos pone en alerta, cada vez que determinados embustes amenazan con hacernos creer que aún impera la armonía.

Todo se transfiguró; y lo que en aquel entonces tendría que haber sido una entrevista más, se convirtió en una nebulosa de mal augurio. Si fui imparcial o no durante la entrevista, es algo difícil de dilucidar. No logro entrever más que lo que quedó de aquella. Al parecer, el durante, ha sido eclipsado por el después. Es como si todo aquello se hubiese esparcido en las profundidades de un terraplén. Incluso para un periodista avezado como yo, dispuesto a agarrar al toro por las astas sin vacilar, cuando así se lo exige la situación, y que tiene en su haber más entrevistas que otra cosa, la cuestión tomó un cariz en extremo insostenible; al punto que con cada pregunta formulada, odiaba más y más al mundo, y todo lo que pudiere llegar a existir en él. Cabe destacar que esa comitiva de pensamientos, hoy no tiene pies ni cabeza, sólo perduró el tiempo suficiente como para que hoy pueda consignarlo aquí.

Todos los bretes que tuve que sortear para conseguir dicha entrevista, no hicieron más que incrementar mis deseos de consagrarme con la misma. Es inconmovible lo que se engendra dentro de uno, cuando se materializa aquel esfuerzo que es menester para quedar bien posicionado por mérito propio. Para la entrevista, me valí de unas cuantas estratagemas cuya existencia desconocía. Al fin y al cabo, uno acaba por conocerse un poco más en aquellas situaciones en donde lo único que queda por hacer, es permanecer en un estado de abdicación. Pero debo ser franco, aunque –como ya dije- por dentro me moría de ganas por salir huyendo de allí, al mismo tiempo, me veía en la necesidad, más que en la necesidad, en la obligación, de permanecer inmutado a la espera de no sé qué, costare lo que costase.

Sé que todo lo expuesto hasta aquí, no hace más que entrar en conflicto con lo que debería ser mi rol, pero sucede que una de las características que enviste a un periodista como tal, consiste en la humanización, la suya propia. Naturalmente, me hallo desfondando cada una de las parcelas internas que se hayan enquistadas en mi persona. No temo reconocerlo, el miedo estuvo presente en cada partícula de mí ser. Por razones que ignoro, aun al día de la fecha, pude resistir el peso de aquel par de ojos frenéticos, los cuales no dejaron de acecharme un solo instante. Se acercaban cada vez más con mayor gravedad, y el solo hecho de pensar que nada podía hacer para impedirlo, me resultaba terrible. En mis pensamientos no cabía más que espanto, y ello se cristalizaba en todo su esplendor en mi actitud imberbe. La exasperación hubo de colmar mis sentidos, y para mis adentros, no podía hallar la forma de refrenar aquella sensación. La entrevista me absorbía más y más dentro de sí. No había manera de librarse de todo aquello.

Dicen que los actos definen a un hombre, y que las ideas que concibe para sí, no son otra cosa más que el patrimonio de éstos. Pues bien, visto de ese modo, los actos que aquel hombre había llevado a cabo, eran subversivos en todo su ancho, y en nada se parecían a los de cualquier otro que haya conocido jamás. El desparpajo con el que respondía a mis preguntas, que no fueron para nada desmerecedoras de valor, ni mucho menos, daba cuenta de su suficiencia al momento de tener que mostrarse impasible. Su figura recalcitrante y todo lo que significaba su vida, no hacía más que crispar mis nervios. Yo sabía que él sabía, es decir, sin que buscase ejercer efecto alguno sobre mí, lo hacía sin más. Contaba con la facultad de poder auscultar en mis pensamientos, y eso me hacía trastabillar aún más en mis intentos por sobrellevar la situación. Me inclino a pensar en que quizás fui demasiado inquisitivo, no sólo en la formulación de mis preguntas, sino también en la manera de abordar el trabajo en sí.

A veces abuso de mis flaquezas, que son muchas y se hallan congregadas uno junto a la otra, pero usted juzgará lo mucho que aquí he departido, por sí mismo, tras leer el informe que le adjunto con éstas, mis más ceñidas impresiones.

                                                                                                                                         N. 

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