Lo mejor para T.

Los ojos de aquel pobre animal pedían misericordia, y cada uno de los integrantes sabía qué camino debían tomar, para terminar con todo ese espectáculo deplorable.

El palo se le cayó de las manos al viejo. Se agachó, se puso de rodillas y, con ambas manos, le levantó el hocico a Azorka. ¡Pobre Azorka!... Estaba muerto. Se había muerto sin sentir, a los pies de su amo, quizá de vejez, quizá también de hambre. Humillados y ofendidos. Fedór Dostoyevski.

"¿Cuál será su destino? ¿Tiene destino alguno?", mascullaba Nicanor, mientras cavaba el pozo que a la brevedad, se erigiría como el lugar de descanso eterno para su perro. Su familia, luego de un debate espinoso, colmado de incertidumbre y asperezas, decidió que la eutanasia sería lo que pondría fin a la vida de éste. Los ojos de aquel pobre animal pedían misericordia, y cada uno de los integrantes, muy en el fondo sabía qué camino debían tomar, para terminar de una vez por todas con todo ese espectáculo deplorable. El único fin, era mitigar el dolor de aquella criatura, de tener que seguir viviendo en un estado de muerte solapada. Sabían que, cuanto más fuera el tiempo que dejasen escapar, las cosas llegarían a un punto donde no habría vuelta atrás. Corrían con ventaja, puesto que amaban a su perro con toda devoción, y la cruda e inexorable decisión de tener que ponerle término a su vida, llegó en buena hora. Cada uno de los integrantes tenía su talante particular, pero por aquel entonces, se podía vislumbrar una música compartida: oscura, con silencios prolongados, y sin vigor. Una profunda desazón, devastadora en extremo, los envolvía cada vez más, y sus pensamientos giraban en torno a aquel fatídico día que pronto llegaría, y que se haría realidad, como ningún otro.

El pequeño, y a la vez gran T., había llevado una vida complaciente. No hay mucho para agregar, se trataba de un perro que durante sus primeros años de vida, había hecho feliz a una familia entera. Su comportamiento era destacable, y estaba dotado de una inteligencia particular. Había sido educado con afecto, y a la vez con rigurosidad. Hasta incluso, llegó a aprender un par de trucos. Lo que había caracterizado siempre a T., era su obstinada ansiedad por la comida, gustaba de comer a toda hora y en todo momento. A falta de palabras, demostraba su gratitud con muestras de cariño, tales como lengüetazos indiscriminados en la cara, movimientos rítmicos de la cola, y un brillo lunar en sus ojos. Luego, todo aquello se fue perdiendo en una marejada de sufrimiento y desdicha. T., ya viejo y cansado, con dieciséis años encima, se había deteriorado sin más. Ya completamente sordo, incapaz de controlar los esfínteres, y con el cuerpo demacrado, podía observarse que aquello no era una vida digna de llevar, por lo que -pese a la negativa inicial de su familia- se decidió que sus ojos se cerrasen para siempre.

-Ya se está acercando la hora, dentro de un rato llevaremos a T. al veterinario. -dijo la madre de Nicanor, casi entre lágrimas.

-¿Estás segura, realmente segura de lo que vamos a hacer? -se dignó a preguntar Nicanor a su madre. Aquella, se encontraba perpleja, absorta en sus propias cavilaciones, y asintiendo con la cabeza, le dio a entender que, efectivamente, la decisión tomada se ejecutaría.

-Uno nunca puede saber lo que es correcto en estos casos, así y todo, la única salida que le veo a esta situación, es que T. se vaya con dignidad. -atinó a responder la madre de Nicanor. Una gran tristeza empañaba su alma, y la carcomía por dentro.

-Hay centenares de perros que se hallan en un estado más comprometido. No estoy del todo convencido de lo que vamos a hacer. Aún veo vida en él, pese a que sus ojos demuestren lo contrario. -Nicanor se mostraba algo displicente, no le convencían aquellos argumentos. La confusión en la que estaba sumido, lo hacía razonar de aquel modo. A duras penas, y luego de una ardua batalla consigo mismo, en la que se vio obligado a despojarse de ciertos baches internos, pudo entrar en razón, y comprender -aunque no en su totalidad- que la decisión era insoslayable.

-Ya está todo listo, vamos. -dijo abatida la madre de Nicanor.

Nicanor cargó a T. en brazos, y junto a su madre, y a su hermana, lo llevaron al veterinario. El trayecto hasta allí, estuvo cargado de malestar general, y el ánima de los tres, hallábase envestido por un absoluto desconcierto. Una vez allí, el veterinario instó a Nicanor y a su hermana para que lo siguieran. Su madre, decidió aguardar en la sala de espera, aquello era demasiado para su persona.

-Primero le suministraremos una anestesia, y luego, una inyección para que descanse. -dijo el veterinario, con una voz apagada y casi susurrando.

Nicanor y su hermana, lejos de estar escuchando lo que decía el veterinario, no cesaban en sus sollozos. Aquello era un calvario de lágrimas, y el verdugo de su mascota, se sumó al silencio de los hermanos.

-Listo, está descansando para siempre. -les informó el veterinario, luego de verificar que los latidos de T. se hubieron extinguido al fin.

Nicanor, con su ser totalmente nublado, cargó nuevamente en brazos a T., ya sin vida, mientras su hermana junto a su madre, lo escoltaron detrás.


¿Qué te pareció la nota?
No me gustó8/10
Opiniones (2)
3 de Diciembre de 2016|01:41
3
ERROR
3 de Diciembre de 2016|01:41
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
  1. Es muy triste, a mi familia también le tocó. Pero al menos, los queridos animalitos disponen de esa dignidad (la eutanasia, poder partir en paz y rápido cuando ya no hay otra alternativa), cosas que nosotros los humanos, por estúpidas cuestiones éticas, morales y etc., no.
    2
  2. triste y no solitario final......, dos veces lo he tenido que hacer..., ¿rasgo de humanidad? no sé...., solo sé que se lo debía..
    1
En Imágenes
Una vida en imágenes: Fidel Castro, 1926-2016
28 de Noviembre de 2016
Una vida en imágenes: Fidel Castro, 1926-2016