Pensar Star War, antes y después de Disney

El despertar de la Fuerza pasará a la posteridad como el autoplagio más torpe, descarado y falto de imaginación en toda la historia del cine.

El despertar de la Fuerza, séptimo episodio y primera secuela de la saga Star Wars, pasará a la posteridad como el autoplagio más torpe, descarado y falto de imaginación en toda la historia del cine. No hay una sola escena de la película que no invite a comparaciones obvias con sus predecesoras, o que –en el mejor de los casos– no deje en nuestro paladar un desabrido sabor a déjà vu. La intención puramente comercial de la película es de una notoriedad grosera, obscena, escandalosa.

Lugares repetidos, situaciones repetidas, personajes repetidos: droides simpaticones que guardan y trasladan información ultasecreta en forma de holograma, y que los villanos buscan sin tregua; protagonistas que compran o venden chatarra en un planeta desértico y que, al toparse con los susodichos droides, descubren que tienen por delante un destino heroico fuera del mismo; la Estrella de la Muerte y la hazaña de su destrucción a manos de un puñado de naves especiales; guerreros que quedan mancos (nunca tuertos ni cojos, siempre mancos) en un duelo de espadas láser; la cantina pintoresca llena de alienígenas de todas las especies; la búsqueda íntergaláctica del último maestro Jedi; un combate a muerte entre padre e hijo sobre una pasarela futurista que mira al vacío; malvados enmascarados; el Halcón Milenario; etc. etc.

Se comprende que J.J. Abrams haya querido respetar ciertas fórmulas que hacen al imaginario cultural de Star Wars, pero podría haber sido un poco más creativo sin «traicionar» por ello la esencia de la saga, ni desairar las expectativas de los fans. Virgilio, en la Eneida, repitió casi todos los tópicos de la poesía homérica (las batallas, los duelos, la rivalidad entre griegos y troyanos, la intervención recurrente de los dioses en los asuntos humanos, la travesía marítima y sus peripecias, el descenso al Hades, etc.). Pero lo hizo con imaginación e inventiva. Todo lo contrario a Abrams y sus guionistas, cuya emulación de George Lucas cae una y otra vez en el plagio flagrante.

Todo en El despertar de la Fuerza, de principio a fin, es reiteración, imitación. Ninguna novedad, nada de originalidad. Abrams mezcló y repartió el mazo, pero sus cartas son exactamente las mismas que las de Lucas. Copió, pegó y facturó. En síntesis, un fraude. Me es imposible, por ende, compartir el entusiasmo que llevó a algunos periodistas, maravillados con sus efectos especiales de ultimísima generación, a definir Episode VII como "excelente", e incluso como "lo mejor de la saga".

Los primeros efectos propiamente cinematográficos de la venta de Lucasfilm a Disney (concretada allá por octubre de 2012) en la astronómica cifra de 4.050 millones de dólares, ya están finalmente a la vista. Y no son, por cierto, nada promisorios...

Como es sabido, a Lucas no le ha gustado nada la secuela. "Querían hacer una película retro. A mí no me gusta eso", declaró el director de cine tras el estreno. "En todas las películas que he realizado, he trabajado duro para hacerlas diferentes, completamente. Diferentes planetas, diferentes naves espaciales...". Por cierto que no está solo en su desazón. Muchos la compartimos. Pero él es tan responsable del desastre como Disney, por haberle puesto precio a su arte a pesar de hallarse en una situación financiera más que desahogada: según la revista de negocios Forbes, en vísperas de vender Lucasfilm, George Lucas estaba entre las 350 personas más ricas del orbe con un patrimonio neto estimado en 3.200 millones de dólares…(1) La codicia -no la necesidad- pudo más que el amor por su criatura predilecta. Lucas se lamenta ahora, y con mucha razón, del paupérrimo trabajo de Abrams, y de que sus sugerencias como consultor creativo hayan sido desoídas ("nadie toma en cuenta mis consejos", "tenía pensada una orientación diferente para la saga"). Pero, ¿quién podría sentir compasión por él, aparte de él? Como reza el refrán, al que le gusta el durazno, que se aguante la pelusa.

Pero al margen del autoplagio, se advierte en Episode VII otro gran defecto. Se trata de una involución. Una involución intelectual y política a la vez, tanto en el argumento como en el guión. Sobre ella versará el resto del artículo.

Ganada por la crematística y el conformismo, aburguesada, doblegada por el idiotismo (en su sentido sociológico primigenio, no en su sentido siquiátrico moderno)(2), la space opera más famosa del cine ha perdido ya totalmente su talante crítico. Ha alcanzado su punto máximo de adecuación pragmática a los estándares del mainstream y la «corrección política», el peor lecho de Procusto imaginable para la libertad de pensamiento, creación y expresión del arte contemporáneo.

El Lado Oscuro de la Fuerza ha sido drásticamente depurado, vaciado de todo contenido social concreto, radicalmente «despolitizado» y «desideologizado» (las comillas no son superfluas, como luego se verá). Ya no se habla -como sí se hablaba en las tres precuelas- de la Federación de Comercio, ni del Clan Bancario Intergaláctico, ni de la Unión Tecnológica, ni de la Alianza Corporativa, ni de ningún otro poder fáctico. Ya no hay un establishment plutocrático en escena, ni lobbies empresariales operando entre bambalinas. La corrupción política, la cleptocracia, también se han esfumado.

Tampoco se hace mención -en abierto contraste con la trilogía original- al flagelo del imperialismo. La maligna Primera Orden de Snoke y Kylo Ren no es -al menos no todavía- un Estado, una superpotencia que hegemoniza y tiraniza la galaxia toda (vade retro satana! Algunos trasnochados podrían tomarlo como una referencia furtiva al Tío Sam…), sino una organización paramilitar en acelerada expansión que aspira a restaurar, en todo su poderío y esplendor, el Imperio Galáctico de Darth Sidious y Darth Vader. Abrams fue diáfano al respecto: en un reportaje, admitió que la Primera Orden está parcialmente inspirada en la ODESSA, la legendaria(3) red internacional secreta del nazismo en su clandestinidad de Posguerra. Y ambas resultan ser organizaciones no gubernamentales… A diferencia del Imperio Galáctico, la Primera Orden representa ya una amenaza global sin contornos estatales definidos, como las organizaciones yihadistas del fundamentalismo islámico (Al Qaeda, Hezbolá, Hamás, Hermanos Musulmanes, Boko Haram, Estado Islámico, etc.) que sueñan con revivir el gigantesco Califato medieval de los Omeyas en pleno siglo XXI, y contra las cuales EE.UU. y sus socios menores libran su cruzada sacrosanta, una coincidencia nada casual ni inocente en estos tiempos que corren, aunque Abrams nada haya explicitado al respecto.

Por otro lado, poco y nada se habla ya de república, democracia, burócratas, sistema parlamentario, federalismo, poderes especiales, diplomacia, separatismo y guerra civil. La Primera Orden es un despotismo abstracto y difuso, carente de nexos sociales. Una libido dominandi en estado puro, inmaculadamente sádica en sus impulsos, sin relación con intereses creados, sin condicionamientos sectoriales, sin móviles terrenales de lucro capitalista. Se ha vuelto una entelequia, un totalitarismo metasocial, un Leviatán aséptico y fantasmagórico más allá de la economía, la política y la ideología.

El tópico del complejo militar-industrial (el contubernio entre Estado y empresas contratistas en torno a los negocios non sanctos de la guerra), omnipresente en El ataque de los clones y La venganza de los Sith, se ha evaporado por completo en El despertar de la Fuerza. Al parecer, resultaba demasiado «izquierdista» para el paladar de la Walt Disney Company Ltd. -que heredó el macartismo militante de su fundador-(4), así es que Abrams optó por arrumbarlo en el desván de antiguallas de la Guerra Fría.

Lo mismo cabe decir respecto al topos antiimperialista de la pequeña nación que se rebela contra la gran potencia que la oprime, cual David contra Goliat. El regreso del Jedi supo narrar en clave de epopeya la exitosa guerra de guerrillas librada por los Ewoks contra el Imperio Galáctico en la boscosa luna de Endor, una alusión no demasiado velada al fracaso estrepitoso de Estados Unidos en Vietnam -como el propio Lucas reconocería en una entrevista-(5). La amenaza fantasma, por su parte, exaltó con tintes no menos épicos la lucha desigual de Naboo contra la todopoderosa Federación de Comercio, que no había vacilado en imponer unilateralmente, manu militari, un duro bloqueo al planeta rebelde (cualquier analogía con Cuba es pura coincidencia). Nada semejante se aprecia en el séptimo episodio de Star Wars. Ningún guiño hay en ella al antiimperialismo de los países del Tercer Mundo.

La segunda y tercera precuelas relatan cómo el canciller Palpatine fogonea y manipula la crisis global de la galaxia para luego sacar partido de ella: instiga en las sombras la discordia civil, pregona la guerra como única solución posible al conflicto con la Confederación de Sistemas Independientes,(6) consigue prerrogativas extraordinarias de emergencia en nombre de la paz y la seguridad, recorta las libertades públicas en salvaguardia del orden, propicia una carrera armamentista a ultranza (creación del ejército clon de stormtroopers) y logra finalmente que el Senado Galáctico apruebe una ofensiva militar a gran escala contra los enemigos de la República que él mismo había prohijado hasta entonces en secreto, en un proceso lleno de paralelismos con la política exterior de EE.UU. desde los 80 en adelante: el apoyo circunstancial de Washington a los muyahidines (como se aprecia en Rambo III) y al régimen de Saddam Hussein durante la etapa final de la Guerra Fría, la presunta complicidad del Pentágono -por acción u omisión- en los atentados de Al Qaeda del 11-S,(7) la guerra contra el terrorismo de George W. Bush y sus aliados de la OTAN, la sanción celerísima de la ominosa USA PATRIOT Act, la invasión punitiva de Afganistán e Irak... Pero el último episodio de Star Wars producido por Disney, en las antípodas de los anteriores, no contiene ya ni un solo tiro por elevación a la derecha republicana y los halcones neoconservadores del Pentágono. Resulta difícil no avizorar en esta inflexión un trasfondo ideológico, a saber: las preferencias políticamente correctas de Disney, la nueva productora.

Que El ataque de los clones y La venganza de los Sith remiten, sin mayores proezas de hermetismo, a la política interior y exterior de EE.UU. durante la presidencia de G.W. Bush, es algo que Lucas nunca negó en sus declaraciones a la prensa, y que incluso reconoció en gran medida. En la edición 2005 del Festival de Cannes llegó a manifestar: "El paralelismo entre lo que hicimos en Vietnam y lo que estamos haciendo en Irak es absolutamente increíble". Tras lo cual expresó: "Ojalá el film pueda despertar al pueblo de Estados Unidos, en especial ante las amenazas a nuestra democracia" (en alusión al recorte interno de libertades públicas). Por lo demás, los años de estreno de ambos largometrajes eximen de mayores comentarios: 2002 y 2005. Recuérdese que los atentados del 11-S, la sanción de Ley PATRIOT y la declaración de guerra al régimen talibán afgano se produjeron en el último cuatrimestre de 2001, que la doctrina antiterrorista del «Eje del Mal» fue formulada durante 2002, y que la Guerra de Irak comenzó en 2003.(8)

Si se compara la trilogía de precuelas con la trilogía original, se advierte fácilmente un proceso de maduración intelectual y creciente politización. Los episodios I, II y III son, definitivamente, más complejos y sesudos que los episodios IV, V y VI, al menos en materia argumental y guionística. Evidencian una mayor densidad ideológica, y contienen muchas más insinuaciones críticas a la realidad de su tiempo. En cambio, si se confronta las precuelas de Lucas con la primera secuela de Abrams que acaba de estrenarse, lo que se percibe es una «despolitización» muy profunda, una regresión rétro -valga la redundancia- a la narrativa más rudimentaria, escapista y acrítica de Una nueva esperanza y El imperio contraataca, las dos películas que inauguraron la saga en el tránsito de los 70 a los 80, y que eran lo suficientemente inocuas en su mensaje como para que Reagan y sus laderos pudieran sacarle jugo en su retórica demagógica, patriotera y anticomunista;(9) situación que empezó a revertirse en mayo del 83 con el estreno de El regreso del Jedi, por motivos ya expuestos (analogía Ewoks/Vietcong, admitida por el propio Lucas).

El cenit de politización se alcanzó, claro está, en La venganza de los Sith, filmada y estrenada en el turbulento marco epocal de las guerras contra el «Eje del Mal». Cuando la senadora Padmé Amidala observa con inquietud cómo sus pares aclaman a Palpatine canciller supremo, y le confieren la suma del poder público, pronuncia estas caústicas palabras, en las que resuena el eco de la oposición a la USA PATRIOT Act: "Así es como muere la libertad: con un estruendoso aplauso". Y un Anakin Skywalker a punto de convertirse en Darth Vader profiere esta advertencia maniquea al mejor estilo G.W. Bush: "si no estás conmigo, entonces ¡eres mi enemigo!"; frase que su maestro Obi-Wan Kenobi le replica con este memento: "sólo los Sith piensan en términos absolutos…".(10) No es todo: Palpatine anuncia enérgicamente que la guerra contra los malvados enemigos de la República Galáctica no cesará hasta que el Gral. Grievous sea capturado, objetivo sin plazo que se asemeja demasiado a la caza del hombre que el Pentágono emprendió primero contra Osama bin Laden, y luego contra Saddam Hussein. Y por si fuera poco, en un pasaje, Padmé le dice a Anakin: "¿Y si la democracia por la que luchamos no existe? ¿Y si la República se ha convertido en el mal contra el que combatimos?".

Que La venganza de los Sith disimula bastante poco las ideas políticas de quien la produjo, guionó y filmó, queda de manifiesto elocuentemente a la luz de la reacción furibunda que provocó en las filas de la derecha republicana. Muchos fueron los conservadores que se dieron por aludidos al verla, y que se sintieron ofendidos por considerar que era propaganda mendaz, antipatriota e izquierdista contra la administración Bush. Incluso, no faltaron halcones recalcitrantes que propusieran hacerle un boicot… Jonah Goldberg, uno de los intelectuales más afamados de la derecha republicana, defensor y promotor a ultranza del destino manifiesto de los Estados Unidos, la fustigó con suma dureza desde su tribuna en la revista Commentary.

Lucas reconoció en Cannes que su propósito esencial al filmar las tres precuelas había sido mostrar "cómo una democracia puede convertirse en dictadura". Y si bien los ejemplos que mencionó a continuación eran ajenos a la historia norteamericana inmediata ("Ocurrió con el Imperio Romano, en Francia con Napoleón y en Alemania con Hitler"), no se puede perder de vista que tales declaraciones fueron hechas no in abstracto, sino en el contexto de una entrevista donde el cineasta californiano ya había exteriorizado su preocupación por la deriva autoritaria y guerrerista de EE.UU. luego del 11-S, y en la que también había emparentado a Irak con Vietnam; amén de recordar que la bestia negra del momento, el dictador criminal Saddam Hussein, había sido protegido y financiado sin retaceos por Washington en los 80, durante el reaganismo, cuando el gran cuco de la política internacional no era aún el fundamentalismo islámico, sino el «totalitarismo comunista» de la URSS (una época donde las violaciones a los derechos humanos perpetradas por el Baaz iraquí y los muyahidines afganos gozaban todavía del generoso silenzio stampa del Tío Sam).

La trilogía de precuelas fue una parábola -una parábola futurista en clave fantástica, en versión space opera- de la gestación del autoritarismo imperial en las entrañas mismas de la república, en el seno de una democracia que ha ido perdiendo su esencia y vigor por influjo corruptor de la plutocracia capitalista, la burocracia enquistada en los poderes públicos, el complejo militar-industrial y la cleptocracia. El cruce del Rubicón, el 18 brumario, el incendio del Reichstag y la USA PATRIOT Act se asoman al espejo de Star Wars en el preciso momento en que la República Galáctica sucumbe, y sobre sus ruinas se proclama el Imperio Galáctico. Es la crónica anunciada de un liberticidio. En Palpatine quiso Lucas proyectar las sombras de César, Napoleón, Hitler y Bush. Todos ellos, más allá de sus innumerables diferencias de personalidad y contexto, representan para el cineasta hollywoodense, en distinto grado, el arquetipo del tirano en conflicto con las libertades públicas. Bush, es cierto, no fue aclamado emperador, pero su política exterior fue virulentamente imperialista; y su política interior hizo de la república más antigua del Nuevo Mundo una democracia de baja intensidad, tal como lo han denunciado reiteradamente Amnesty International y la American Civic Liberties Union, entre otras ONG de derechos humanos (hubo incluso varios fallos judiciales que han declarado inconstitucional a la Ley PATRIOT por vulnerar la libertad de expresión y avasallar derechos civiles como el de privacidad, habeas corpus y debido proceso).

A la luz de todo lo expuesto, se entenderá fácilmente por qué no concuerdo para nada con la visión ultrapesimista de John Wight. En su columna de opinión Star Wars y la muerte del cine americano, dicho autor cae en el desatino de pensar Star Wars como una saga homogénea, invariablemente conservadora a lo largo del tiempo, sin hacer distingos ni matices entre sus trilogías y episodios, pasando por alto olímpicamente sus críticas furtivas al sistema y los sinceramientos ideológicos del propio Lucas ante la opinión pública. El ultrapesimismo de Wight, que sería válido si se circunscribiera a la secuela de reciente estreno, descansa sobre un equívoco de simplificación, a saber: que el cine arte siempre es contestatario, y que el cine de entretenimiento nunca lo es. Muy a menudo sucede así, indudablemente. Pero no en todos los casos. La realidad es compleja y cambiante. Ella existe per se, y no como prueba complaciente de que nuestras opiniones o categorías de análisis son correctas.

La secuela realizada por Abrams está muy lejos de todas esas inquietudes ideológicas e intenciones políticas. Episode VII se adecua ya a la tónica general del Hollywood de la Posguerra Fría, enrolado en el triunfalismo fatuo del «fin de la historia» y la «muerte de las ideologías». Desde esta perspectiva posmoderna, el comunismo sería una quimera antediluviana, la izquierda y la derecha extremismos felizmente superados, la economía de mercado algo tan «natural» -inalterable e incuestionable- como la ley de gravedad o la deriva de los continentes, y el imperialismo yanqui un disfemismo pergeñado por naciones tercermundistas que envidian el liderazgo mundial de los Estados Unidos como «faro de la libertad». Lo único que afectaría la buena salud de este siglo XXI en que vivimos sería el terrorismo yihadista, y ese tumor maligno justificaría las guerras quirúrgicas del magnánimo Tío Sam más allá de sus fronteras.

El despertar de la fuerza es un film que no desentona en absoluto con esa panglossiana cosmovisión made in USA. Nada en él, nada, invita a ver con ojos críticos el sistema capitalista, la democracia parlamentaria, el complejo militar-industrial y el hegemonismo universal de EE.UU. La supermillonaria corporación Disney se adueñó de Star Wars, y la rehízo a su imagen y semejanza, mas no como Jehová, sino como el rey Midas. La ha purgado de todas las «veleidades izquierdistas» de George Lucas. La secuela filmada por Abrams es una popcorn movie más del montón. No hay en ella ningún cuestionamiento solapado al status quo; y los guiños a la realidad política contemporánea, muy escasos e indirectos, no van más allá de ODESSA y, tal vez, la amenaza global del terrorismo.

Nada ilustra mejor lo dicho recién que el elogioso artículo que el conservador David French le dedicó en la no menos conservadora National Review. El título de su escrito lo dice todo: Star Wars is fun again. ¿Por qué ha vuelto a ser divertida la saga Star Wars? Porque, como explica French con sinceridad brutal, Abrams optó por deshacerse de la "pesada sub-trama política" de las precuelas y volver a "la trilogía original (especialmente las dos primeras películas)", es decir, a los tiempos dorados en que Lucas no hacía política, antes de que El regreso del Jedi, con sus alusiones alegóricas a la Guerra de Vietnam, abriera la caja de Pandora del cine «ideologizado». French celebra que "el nuevo film evite todo el sinsentido político" de la segunda trilogía, y ve con buenos ojos el retorno al maniqueísmo básico y abstracto de Una nueva esperanza y El imperio contraataca: "hay una Primera Orden que obviamente es mala, hay una Resistencia que es buena, y la República en sí apenas es un factor. Eso es todo lo que necesitas saber para disfrutar algunos de los mejores combates espaciales de ciencia ficción y duelos de espadas láser". Sin palabras…

No hubo, pues, en el fondo, estrictamente hablando, ninguna despolitización ni desideologización. La no política es siempre, sin excepción, una forma deshonesta de hacer política a favor del status quo -por acción u omisión-, lo sepan o no, lo quieran o no, las personas y organizaciones que se asumen como apolíticas; y la pretendida ausencia de ideología, la demostración más acabada de su presencia y eficiencia, pues lo que llamamos acrítica y despreocupadamente sentido común, no es otra cosa más que ideología internalizada, naturalizada e invisibilizada. Por muy futurista, fantástico y escapista que sea un producto artístico, siempre tendrá huellas superficiales, o indicios más profundos, de la cruda realidad presente que ha contextualizado y condicionado su proceso de producción, si no en lo que enuncia o muestra, al menos en lo que calla u olvida. Esto vale también para las space operas más taquilleras y frívolas como El despertar de la Fuerza, que no ha sido, por cierto, el despertar creativo de J.J. Abrams, y que tampoco invita a pensar que alguna vez vaya a alcanzarlo.

Pero no hay que amargarse con añoranzas «izquierdistas». Disney nos recuerda que el show siempre debe continuar. Más pochoclo y menos reflexión. Damas y caballeros, Star Wars is fun again…

Federico Mare

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NOTAS

1 Forbes ubica actualmente a George Lucas en el puesto nº 309 de su ranking mundial, y en el nº 101 de su ranking estadounidense, atribuyéndole un patrimonio neto de 5 mil millones de dólares.

2 En la Grecia clásica, se le decía «idiota» (idiotes) al ciudadano enfrascado en sus asuntos privados, entregado por completo a sus intereses particulares, indiferente al bien común de su polis, y como tal, incapaz de involucrarse en la cosa pública.

3 Aunque es un hecho que, tras la derrota y caída del III Reich, muchos jerarcas nazis lograron ocultarse, adoptar una identidad falsa y emigrar a Sudamérica gracias a diversas redes de colaboración secreta, no está aún fehacientemente demostrado que existiera una organización centralizada que planificara y coordinara todo el proceso de fuga.

4 En los años 50, durante la era macartista, Walt Disney colaboró activamente con el Comité de Actividades Antiestadounidenses en la confección de las listas negras. La importancia de su labor como soplón, en la feroz caza de brujas que se desató dentro de Hollywood, difícilmente pueda ser exagerada.

5 En 2005, George Lucas declaró a la prensa que la trilogía original de Star Wars "era realmente sobre la Guerra de Vietnam".

6 La idea de una confederación separatista que arrastra a la República Galáctica a una guerra civil también parece remitirse a la historia de EE.UU. En efecto, la ficticia CSI del Conde Dooku y las Clone Wars bien podrían ser un trasunto de los Estados Confederados de América y la Guerra de Secesión. La conjetura no es descabellada, toda vez que Lucas ha manifestado en más de una ocasión que el pasado de su país ha sido una de sus fuentes de inspiración.

7 Existen dos grupos de teorías conspirativas sobre el 11-S: las que aventuran que el Pentágono planeó y orquestó maquiavélicamente los atentados, y las que sostienen que no fue así, pero que el Pentágono sabía que ocurrirían, y deliberadamente no hizo nada para evitarlos. El primer grupo recibe el nombre de teorías MIHOP (made it happen on purpose, "lo hicieron a propósito"), mientras que el segundo, teorías LIHOP (let it happen on purpose, "dejar que suceda a propósito"). Ambas coinciden en que el gobierno republicano de G.W. Bush procedió de acuerdo a un cálculo político, y que ese cálculo político fue el de crear un clima -interno y mundial- de alarma, miedo, inseguridad y revanchismo que allanara el camino a una política abiertamente intervencionista y belicista en el Medio Oriente.

8 Aunque es cierto que Lucas, tal como él mismo lo ha manifestado en reiteradas ocasiones, bosquejó la trama general de Star Wars muy tempranamente, durante los 70, los guiones de las precuelas fueron escritos y pulidos muchos años más tarde. El de Episode I empezó a tomar color, muy lentamente, a fines de 1994; y los de Episode II y Episode III sufrieron numerosos cambios hasta último momento, pocos meses antes del estreno. Los tres guiones de las precuelas, por consiguiente, se vieron influidos por el contexto histórico de la Posguerra Fría; y en el caso particular de El ataque de los clones y La venganza de los Sith, también por la doctrina de la War on Terror posterior al 11-S.

9 El 23 de marzo de 1983, por cadena de radio y televisión, el presidente Ronald Reagan anunció la puesta en práctica de la Strategic Defense Initiative (SDI), un novedoso escudo antimisiles destinado a neutralizar la amenaza nuclear soviética. El título de su discurso fue A new hope, "Una nueva esperanza", en referencia obvia y premeditada al primer film de la saga Star Wars. Asimismo, la URSS era llamada, sin sutileza alguna, "Imperio del Mal" -en alusión al Imperio Galáctico-; y los satélites con cañones láser que presuntamente se desarrollarían, battle stations. En parte por este tipo de metáforas, y en parte por lo fantasioso que a muchos les sonó el anunció, la SDI fue apodada -con ironía unas veces, con autobombo otras- Star Wars.

10 En 2001, tras los atentados del 11-S, G.W. Bush formuló este poco feliz comentario admonitorio, muy representativo de su pensamiento binario: "O están con nosotros en la lucha contra el terrorismo, o están contra nosotros". 


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Opiniones (6)
2 de Diciembre de 2016|23:54
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2 de Diciembre de 2016|23:54
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  1. La nota es larga pero merece la pena ser leida,es la primera vez que leo una critica sobre una pelicula o serie de peliculas que analiza hasta el detalle mas permenorizado de todo.
    6
  2. Muy pocas veces el éxito de algo tiene que ver con la calidad, si no Showmatch debería ser orgullo nacional. Concuerdo con la nota, la saga nació como un vehículo para transmitir una idea, una opinión del director y eso hoy ha quedado reducido a puro marketing (mas allá de la sobrevaloración evidente que siempre tuvo Star wars), pero no creo que haya sido culpa de JJ Abrams, si no de Disney y su filosofía en los tiempos que corren. En fin, otra buena franquicia que asesinan en pos llegar a un público mas masivo y sacar mas plata (como con el Hobbit).
    5
  3. Es cierto que se despolitizó. Pero también es cierto que los giños retro -al menos a los que crecimos con los episodios 4,5 y 6- son maravillosos. J.J Abrams es un fanático de la saga e hizo una película para los fanáticos.
    4
  4. Pesima reseña. Lo malo de la nota es directamente proporcional a lo largo de la misma. Es una de las peliculas mas exitosas de todos los tiempos, con una historia por detrás totalmente magnifica y con millones de seguidores en todo el mundo. Realmente es un desastre esta nota.
    3
  5. Mare, si fue un autoplagio muy torpe, como superó las ventas y se postuló en los primeros lugares del cine mundial????!!
    2
  6. Es sólo un cuento... A veces, llevar la imaginación un poco al pasado es entretenido. Un artículo muy largo que explica lo evidente. Todos nos hemos dado cuenta de esa "involución" (o la mayoría, no sé). Es tan sólo una película, nada más que eso. Y si entretiene, ¿por qué fulminarla? Si no gusta, quizás haya un exceso de querer lo novedoso, y no siempre lo novedoso es entretenido.
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