Una mujer en el pinar

Nicanor se interesó por una mujer que también residía temporalmente en el complejo, extranjera al igual que él.

(…) No es posible la reconciliación. Si siguiéramos viviendo juntos, seríamos como extraños el uno para el otro, ¡extraños siempre! ¡Y cuánto le he querido, Dios mío, cuánto le he querido! Y ahora mismo, ¿no le sigo queriendo más que antes? Ana Karenina. Lev Tolstói.

En el departamento donde trabajaba Nicanor se hallaba disponible, desde hacía unos días, la vacante para realizar los distintos intercambios que su sección ofrecía anualmente a sus empleados-la compañía en la que se encontraba trabajando, mantenía relaciones estrechas con vastos países-, y este, como el buen trotamundos que era, no desaprovechó dicha oportunidad para emprender otro de sus tantos viajes. Su partida se vio demorada por un tiempo, por razones que no fueron alegadas al público, por parte de la empresa en la que luego viajaría. Los intercambios favorecían el crecimiento profesional de los empleados, y por qué no, también en lo individual se veían beneficiados. No se trataba de estadías prolongadas, puesto que la compañía era recelosa al momento de tener que permitir que sus mejores empleados se ausentaran por un tiempo. Pero esto no era un impedimento para que aquellos hicieran uso de su derecho. El destino era dispuesto por las autoridades, aunque si uno insistía, podía suceder que le dieran a elegir.

Una vez que los papeles para viajar estuvieron listos, Nicanor emprendió la partida.

El lugar era una de esas obras de arte que uno sólo se figura en sueños. Estaba poblado de árboles; un pinar natural y lozano, de dimensiones titánicas y que parecía no tener fin, se apropiaba de las miradas de los huéspedes. Aquello era un encuentro íntimo con la naturaleza, una especie de misticismo reinaba en cada rincón. La armonía y el silencio se unificaban en un todo, el estado de ensueño que encerraba aquél lugar era imperturbable. Las gentes que se hospedaban allí, en su mayoría extranjeros, aunque se contaban algunos nativos, al momento de tener que partir, se iban con la sensación de haber dejado una parte de su persona en aquél lugar. Un sentimiento opaco, más bien, una desolación repentina, los invadía al momento de irse. Allí, uno podía entablar relaciones con el compañero de habitación, con los cocineros del lugar, con los comensales, en fin, con cualquiera que estuviera dispuesto a relacionarse, y todos lo estaban, sin excepción. Fue entonces que Nicanor se interesó por una mujer que también residía temporalmente en el complejo, extranjera al igual que él. Ella quiso darle la bienvenida, deseándole un bon appétit, mientras se encontraban almorzando en el comedor con los demás huéspedes. Le resultó un tanto extraño en un principio, que aquella mujer se dirigiera sin ninguna clase de reparo hacia un hombre desconocido, puesto que en su cultura las cosas no se daban de ese modo, aun así, le retribuyó del mismo modo dicho gesto, y cordialmente, la invitó a dar un paseo luego de la comida. Durante el mismo, Nicanor la escuchó con detenimiento, más que hablar, tuvo que hacer de receptáculo de todo el sufrimiento que acongojaba a aquella mujer tan especial.

-Me siento abandonada, esa es la palabra que mejor le sienta a mi estado actual. Estoy que me quiebro por dentro, ya no queda entereza alguna en mí, y lo peor de todo, es que a nadie parece importarle en lo más mínimo. Por qué habría de importarle al resto lo que a mi vida afectiva respecta, tal vez pido demasiado.

-Sin ánimo alguno de querer restarle valor a su sentir, y teniendo en cuenta que las palabras obran de manera equívoca, debo decir que eso le sucede a todas las mujeres que son como usted. A lo que pretendo llegar con esto, es que entienda que no debe culparse por ser alguien que provoca emociones en los demás, aun cuando sean displicentes. No se imagina el daño que eso le producirá a su corazón, el cual ha sido creado para paliar la zozobra y no para acrecentarla.

-Aún no logro atisbar el fondo del asunto, o sea, cómo es que las cosas se han dado así. Tal vez sea la falta de práctica en esto de ser esposa de alguien. Acaso uno de los motivos principales sea mi marcada tendencia a empeorar las cosas. Digo esto porque muy pocas veces he sido capaz de revindicar al género femenino. Sino ocupo el primer lugar entre aquellas mujeres que echan todo a perder, me hallo muy cerca de que así sea. No es la lástima un recurso del cual pretenda abusar, aunque así lo parezca, pero en esta clase de terrenos fangosos, debido a aquellas relaciones erosionadas desde hace tiempo, uno procura acercarse al lugar más cálido de todo lo que le rodea.

-No siempre se encuentra lo que uno espera, la relación conyugal es una pendiente que se extiende cada vez más y más, y a la que debemos hacerle frente. No creo que exista alguien con la absoluta templanza en este mundo, como para no querer experimentar los momentos más complicados que hacen a una relación, a saber, las peleas sin sentido –o al menos sin un sentido identificable- y la eterna monotonía, casi cancerígena en algunos casos.

-Así y todo, no concibo otro derrotero más propicio que el del perdón, y eso que he sido vapuleada más veces de las que puedo llegar a confesar por motu proprio. Cuando me siento sola, me viene a la mente la perniciosa idea de que tal vez, efectivamente me encuentre sola. Es el resultado de lo que mi marido produce con su ausencia, y aun estando presente. Últimamente no hablamos, una cosa es no hablar y otra muy diferente es no dialogar, para la primera no hay solución. En la mesa, durante las comidas que compartimos a solas, o en compañía de los niños, nuestras miradas no se cruzan, es más, nos esforzamos por desagradar al otro, y así no tener que lidiar con que ya todo ha culminado. Hemos llegado al punto de que ya no nos interesa lo que el otro tenga para decir, hasta los silencios molestan, porque dan cuenta de cuán equivocados estábamos al pensar que habíamos edificado una relación fecunda, libre de obstáculos y contratiempos.

Es como si de un lado de la relación hubiera rencor, y del otro, indiferencia, y ambos se mezclaran.

-Entiendo a lo que va, pero mientras más se empeñe en querer hallarle una respuesta a lo que sucede en su relación, se encontrará con menores posibilidades de revertir la situación que tanto la daña. Uno aprende a estar solo, aun en compañía de otros.

-No lo entiende, su indiferencia me abruma. Nada de lo que haga o deje de hacer le sienta bien ni mal. Pero qué cosas estoy diciendo, ya he ido demasiado lejos, usted no tiene por qué estar escuchando los infortunios amorosos de una mujer a la que acaba de conocer. Discúlpeme, pero me siento mal, por lo que iré a mi cuarto.

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7 de Diciembre de 2016|15:23
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