Nicanor: No queda de otra

Tal vez, lo que más nos aterrorice, sea la posibilidad siempre latente de perder a alguien.

() Porque nadie vive físicamente para siempre, todos debemos morir en su momento. Dicen que la muerte no tiene solución y yo pregunto ¿desde cuándo es un problema? Aquellos que murieron viven para siempre en el corazón de quienes los recuerdan. Viven porque la vida es inevitable. Paula. Isabel Allende.

Hay quienes prefieren no ahondar demasiado en aquellas cuestiones que implican reconocer ciertos aspectos dolorosos e indeseados que subyacen en toda mortalidad; no vaya a ser que al hacerlo, se adquiera conciencia plena de la falta de control sobre los mecanismos que operan en la existencia de uno. Tal vez lo que más nos aterrorice, sea la posibilidad siempre latente de perder a alguien. Que ese alguien se vaya y no vuelva más que en recuerdos. Además de encontrarnos sujetos a que dicho desenlace ocurra sin más, hay otros factores que sumados, hacen que la situación sea aún más insoportable. Insoportable hasta el punto de no poder hacer nada al respecto con todo lo que se va encontrando. Uno de esos factores, consiste en el miedo. Un miedo en extremo perturbador, acompañado por una angustia que se hace sentir en todo el cuerpo, como si a uno lo encerrasen en una habitación a oscuras, bajo el acecho de las profundidades al estar solo, y supiere de antemano, que no existe la mínima posibilidad de escapatoria. Tal es el miedo que se tiene al cavilar acerca de una posible pérdida, real o imaginaria, que resulta hasta en un cierto grado saludable el hecho de mirar a un costado. Puede tildarse como una actitud cobarde, pero quién se haya libre del miedo como para no intentar por todos los medios contrarrestar sus efectos. El miedo, la angustia, el dolor, la incertidumbre, la tristeza y la culpa, en fin, todos aquellos sentimientos de los cuales uno procura mantenerse lo más alejado posible, se hicieron presentes cuando la abuela de Nicanor enfermó.

La abuela de Nicanor siempre hubo de dispensarle un gran afecto a su nieto, sabiendo proveerle con el amor que a ella hubieron de privarle en toda su vida. Cuando éste aún era pequeño, su abuela cuidaba de él durante el horario en que sus padres se encontraban trabajando. Lo hacía con un cariño y una entrega formidable, cualquier indicio de dolor, llanto, o malestar, la ponía en un estado de alerta y de grave preocupación. No quería ninguna otra cosa en el mundo más que proteger a aquella frágil e indefensa criatura puesta en sus manos. El cuidado de aquél no le exigía demasiado esfuerzo, sólo la atención necesaria para corroborar que todo permaneciere en orden. La relación entre ambos era simbiótica, inquebrantable, y aquél mundo que habían construido a la par, se consolidaba cada día un poco más. Su abuela, hubo de padecer varios maltratos y desilusiones en su juventud a causa de los hombres; la suerte nunca la acompañó en su camino, por lo que su confianza en los demás se vio minada con el transcurso del tiempo. Su hijo y su nieto eran la luz de su vida, a ellos y sólo a ellos, les abría y entregaba su verdadero corazón, al resto, sólo le retribuía una mesurada muestra de reciprocidad. Daba todo por ellos, y se contentaba con tan sólo tallar una sonrisa en sus rostros. Su felicidad se resumía en una sola cosa: esforzarse para asegurar la felicidad de éstos. Cuando Nicanor dejó de ser un niño, todos aquellos gratos recuerdos hubieron de conservarse en la memoria de su abuela. Los días en que Nicanor se hubo sentado en la falda de su abuela, el lugar más seguro del mundo para un niño, quedaron atrás, alejados del presente. Sólo la visitaba cada tanto, cuando podía, ya que la distancia dificultaba un poco las cosas. Se enorgullecía al ver en lo que se había convertido su nieto, un hombre hecho y derecho, serio, aplicado, consecuente con sus actos, y sensible a toda situación de injusticia en la que se viere involucrado algún otro. El brillo en los ojos de su abuela, y aquella tácita comprensión que se podía observar cuando se miraban el uno con el otro, hacían que nada más importara en aquél momento. Se amaban con algo más que con amor, sus almas se proyectaban al unísono, y correspondían al encuentro con la otra, hasta que un día, el cáncer comenzó a oscurecer todo aquello. El final era inminente, y nada podía hacerse para impedirlo. Todo lo que alguna vez hubo de ser sólo alegría y tranquilidad, ahora no era más que tristeza y dolor. La agonía del cuerpo irrumpió hasta los últimos días. Nicanor y su familia se hicieron cargo de la anciana, cuando se vio obligada a permanecer postrada en la cama, sin fuerzas e imposibilitada para mantenerse de pie. Con el paso, y también con el peso de los días, la situación fue haciéndose menos llevadera, tanto para la abuela de Nicanor como para su familia. Al no poder valerse por sí misma, se vieron obligados a asistirla día y noche, haciendo grandes esfuerzos por no caer en el agotamiento y en la desazón de saber que más temprano que tarde, la enfermedad se llevaría a aquella persona tan especial. No les fue del todo bien, hubo momentos de grietas y quiebres en las relaciones. Cuando las cosas aparentaban calmarse un poco, la vil enfermedad aparecía con más fuerza, y todo volvía a su curso. No daba tregua, y cuanto más luchaban por permanecer unidos, más se alejaban el uno del otro. La atmósfera familiar se hubo tornado hostil, y la culpa rondaba en los pensamientos de cada uno de sus integrantes. Todos eran culpables, o al menos eso les hacía creer la enfermedad. Se echaban la culpa el uno al otro a causa de la situación, a través de injurias, desaprobaciones, y toda clase de mensajes cargados de rabia y enojo. Se encontraban en las inmediaciones de un derrumbe a punto de ocurrir, y la imagen de la abuela casi muerta en la cama, desvalida, agotada y sufriendo un calvario a causa de los dolores, y con deseos de despedirse del mundo más que de continuar en ese estado, empeoraba aún más el cuadro. Nicanor, comprendía muy bien que a su abuela no le quedaba mucho tiempo por delante, eso lo entristecía, ahorcándolo por dentro, pero también tenía claro que aquella mujer había vivido ya una vida, mala o buena, no importaba, y que debía alegrarse por la idea de que ya nadie ni nada le haría daño alguno.


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3 de Diciembre de 2016|01:39
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3 de Diciembre de 2016|01:39
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