Reflexiones de verano

El verano no es sólo para cagarnos de calor, también nos hace pensar en algunas cosas, como las que leerás en esta nota.

 No es que la noche me inspire mejores cosas que la tarde, pero esta vez lo hizo. La noche llegó fresca, sin prisa, una noche de enero, una penumbra violeta oscuro que me llevó por senderos diferentes, por lugares que tal vez no había recorrido antes. Ya había terminado mi historia y el martes me tocaba escribir. Bomur me dijo que me relaje, que me tome un trago con alguna preciosura de grupa y rebenque, que me distraiga… Pero escribir, antes que una tarea, es una necesidad.

El martes es mi día, y me serví mi licor de café y me senté a pensar antes de que se ahogue la luz del día en su marea de estrellas. “Puede ser que una mujer ayude”, pensé. Es que uno cuando escribe en realidad hace catarsis, a veces en la forma de una historia, o de una queja, o de una reflexión. Y el tren pasó, pasó varias veces, pasó con la brisa que llegaba montada en el crepúsculo, y bramó una tormenta compadrita que nunca vertió sus lágrimas, y sonaron hasta la afonía las bocinas de la avenida, y aparecieron los aromas de las parrillas veraniegas a las que les guardaron los días laborales de la semana, y el aire se vuelve feriado, los colores son todos un sábado, y el verano se sienta a mi lado, con un licor y un cigarrillo a ver su primer momento participar del nuevo año.

“Tal vez una mujer…”, ¿quién puede decir que una mujer no ayude? ¿Acaso hay lago en el planeta, cordillera monumental, sabana tropical tan atractiva como una mujer que nos provoca? Nos miramos los dos con la misma idea. El verano y yo coincidíamos en que la mujer es el eje de las cosas lindas en este planeta. “Pará que me sirvo más”, le dije, pero lo engañé y me serví un malbec frío que guardo en la heladera. El verano no se sorprendió por la herejía, ya me vio una vez ponerle hielo a un Luigi Bosca. “Lo correcto pavonea con placentero” fue lo que le respondí al mismo verano la noche del tres de enero, jueves. Jueves tres de enero. Qué cómo le pongo hielo a un Luigi Bosca Cavernet Sauvignon… Es que el verano también es farolero, le gustan las cosas de marca pero no siempre. No me miró mal cuando le puse soda a un Marqués de Riscal porque no sabe lo que pesa un vino de ese calibre, solo siguió con su pedazo de Mantecol, pero eso fue en el 2012. Hoy, pasadas algunas heréticas actitudes etílicas mirábamos la ventana pensando sobre la mujer.

Hay alguno que cree hasta que la mujer es mejor que el hombre. Hasta ese punto llegan. Idealistas… No hay mejores, hay situaciones y protagonistas involucrados, solo eso. El verano lo sabe bien. Apenas llega, se despereza en diciembre, se pone el traje de baño, las ojotas y llega primero a las playas de todo su dominio estival. Y ahí aparece el cortejo, las mujeres engalanan las mareas, las montañas, la llanura, los vados, los patios, los balcones chiquitos de todo una parte del planeta, y los hombres ya no somos lo mismo. El verano lo sabe. Bah, él me lo contó. Los hombres entonces somos otra cosa. Somos el despertar del zángano, la locura suicida del macho de la viuda negra, somos el padrillo pateando las tranqueras, el toro hacia lo rojo, somos el perro aullando en la cadena. Los hombres nos volvemos hombres, hombres en lo ancestral, en las cavernas africanas, ese hombre primitivo que cancelaba todas sus funciones prioritarias por la hembra que lo mira.

Son dos cosas diferentes el licor y el malbec, y son dos cosas diferentes estar solo que con una mujer en la casa. Las hormonas se disparan, flotan en el espacio, drogan la mente, revolucionan los reguladores del comportamiento. “¿Y al sol…? ¿También le gustan las mujeres?”, le pregunté al estío, que es, en definitiva, el que más banca la labor solar. Me explicó que el femenino del Sol era la Sola, y así andaba ella, estrella y feminista, deambulando por el Universo en expansión vestida de perpetua primavera. Por eso el sol se había un poco obsesionado con la luna. Yo le dije que después de su video porno para mí bajó dos puntos en la escala Ritcher, pero él me corrigió y me dijo que me hablaba del satélite blanco, del círculo hipnótico que, aún sin color, gana la atención de todo el planeta. La luna era su todo para el sol, su noche en vela, su veintinueve de febrero, era la persecución constante en su tarea imposible por sorprenderla una noche. “Nunca salí de noche…”, le confesó con vergüenza un fin de temporada, “…nunca…”, y el verano le robó otro trago a su vaso tardío y eyectó su mirada a lo más profundo de un firmamento sin luz. Sin sol.

Puede ser que una mujer ayude. El suave corrillo del satén accidental en el abrazo por la espalda previo a la pregunta de “qué estás haciendo” suele ser el descarrilamiento de todo un tren de trabajo. El verano fumaba. Mirándolo me preguntaba si serían lo mismo las tardes de febrero si el sol anduviese en pareja. “Me masturbo mucho para no calentarme tanto” le confesó, responsable, el astro rey un miércoles cualquiera, y el verano callaba el dolor de aquella estrella radiante de soledad y crepúsculo. A su lado reposaba “La invención de Morel”, el libro de Bioy Casares, tal vez el único que habla de dos soles. El verano soñaba despierto mientras opacaba la oscuridad de la ventana con sus bocanadas de humo.

“¿Querés que vayamos a tomar unas cervezas con el sol?”, le pregunté. “Tal vez le podamos dar la alegría de salir de noche por una vez”. Y le gustó la idea. Y salimos. Y amaneció.

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21 de octubre de 2017 | 17:49
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