La historia de un Jorge que no llego a papa

Virginia Mejía reconstruye la historia del cardenal argentino Jorge María ortíz de Urbina, quien para la misma época sonó como posible candidato al trono de Pedro.

En Non habemus papam, la escritora y periodista Virginia Mejía reconstruye -a modo de crónica social y sátira- la historia del cardenal argentino Jorge María ortíz de Urbina, quien para la misma época sonó como posible candidato al trono de Pedro, donde finalmente fue nombrado el otro cardenal argentino, Jorge Bergoglio.

El libro, publicado por la editorial Paradiso, hace lugar a una serie de irreverencias que bien le vienen a esta suerte de testimonio imaginario de una habitual de la familia del cura argentino.

Mejía ha publicado artículos en diversos medios del exterior y este trabajo se originó en los talleres que dictaba la también periodista y escritora María Moreno en la sede de la Biblioteca Nacional.

Esta es la conversación que la autora sostuvo con Télam.

- El título del libro envía al célebre Habemus papam de los concilios, cuando llegan a esa instancia. Entonces, ¿por qué Non habemus papam?

- La sentencia completa que se anuncia en los balcones de San Pedro después de una elección es annuntio vobis gaudium magnum: habemus pontificem , os anuncio una gran alegría: tenemos Pontífice. Esta frase se redujo a habemus papam, tenemos papa. Entonces Non habemus papam, cuenta el lado B de la historia de la iglesia, la del hombre que quiso ser papa pero al final no lo fue. El libro comienza contando el momento en el que en el 2001 Juan Pablo II nombró a dos argentinos cardenales: a Jorge Bergoglio y a Jorge María Ortíz de Urbina. En el cardenalato, que es el estadio anterior al papado, ambos tuvieron importantes desempeños: uno en Buenos Aires, junto a los pobres, y el otro en el Vaticano, con los papas. Pero en 2013 Bergoglio ganó y el otro Jorge, que luchó por ocupar al trono dorado, sufrió un paro cardíaco y pasó a vivir sus últimos años encerrado en un palazzo con secretario Pancho. La noticia desata la tragedia también en su familia de Buenos Aires. No sólo ya poco les quedaba de los campos, las vacas y los viajes a Europa que tuvieron durante el esplendor de la oligarquía sino que, para colmo, el célebre tío tampoco pudo alcanzar el papado.

- Ese otro Jorge parece es un personaje que podría protagonizar una ficción como otro género. ¿Qué fue lo que decidió tu apuesta?

- El personaje del cardenal surgió en los talleres de crónica de María Moreno en la Biblioteca Nacional donde tuve el privilegio de ser leída por ella y por el resto de los escritores del grupo. Todas las semanas llevaba mi texto con las andanzas de monseñor desde el punto de vista de una testigo ocular que entra y sale cuando quiere del palazzo y de la casa paterna en San Isidro y de la de sus primas en Recoleta para despuésescracharlos a todos, incluso a ella misma que al final de cuentas lo único que le importa es el heredar y robarse el anillo de zafiro de su tío. Después le di una vuelta de tuerca hacia lo absurdo, potencié los personajes, los retraté como grotescos en un mundo donde hay valijas carísimas que explotan en medio de un convento y por el aire sale eyectado un consolador o un gel íntimo de la madrina que cae bajo la sotana de una monja. El epígrafe de Colette de la primera página alerta: la ausencia de humor hace la vida imposible.

- ¿Cómo sería -ya que lo nombrás- contar en esta misma clave la historia de Pío XII?

- Se podría llegar a contar la historia de cualquier papa o cardenal, hay temáticas que son universales, incluso para la iglesia: amor, sexo y muerte. Con respecto a Pío XII la cronista dice que ve una estatua de ese papa que a primera vista parece un abuelito bueno pero que es siniestra. Precisamente ese papado de la Segunda Guerra Mundial, como el de tantos otros, son épocas oscuras de las que aún poco se habla, muchos prefieren hacerse los distraídos. De todos modos el trauma de la religión siempre está. El psicoanálisis y la literatura te permiten transformar eso. Te das cuenta de que al final es el arte o el horror.

- ¿Podría ser este formato una manera de contar con mayor precisión que ironía los avatares de una familia de pro argentina que atraviesa un siglo entero, el final de uno y el principio de otro?

- Los Ortiz de Urbina son un clan ultraconservador más que una familia. Tienen ritos que arrastran desde la época de la colonia que pasan por ir a misa todos los días o tomar el té con scons a las cinco de la tarde. La sobrina de cardenal, Marina, es la única que logra salir de ese círculo, se transforma en oveja negra, los desenmascara. Los observa con precisión y sabe cuál es el punto exacto en el que la mampostería del apellido y de los preceptos se desmorona para hacer visible seres vulnerables, atados con nostalgia a un pasado que no existe y a un futuro en el que cada vez tienen menos lugar. Son la oligarquía caída pero ella también lo sufre. Se presenta a la audiencia con el papa como si fuera una princesa pero al final al final Francisco no le presta atención y sólo habla con una familia del interior que le lleva una virgen de cerámica. Heredó la erudición de su tío, habla idiomas y es gran lectora pero, en vez de leer el Antiguo Testamento lee a Colette, al Marqués de Sade y a Oscar Wilde para citarlos al inicio de cada capítulo y hacer alarde de esos saberes.

- En cualquier caso, ¿no son la historia de los profetas y la de la iglesia de Pedro formidables máquinas de contar historias, en diversas versiones?

- La Biblia y el Antiguo Testamento son fascinantes, uno nunca se cansa de leerlos. Es interesante acercarse a ellos y prescindir de la moraleja para tomarlos simplemente por lo que son, textos, literatura. Sería profanarlos, sacarlos del ámbito de lo sagrado y hacerlos circular tal como dice el filósofo Giorgio Agamben en Profanaciones.

- Y los asuntos católicos, ¿otra formidable máquina de impugnar el sentido común, natural?

- El pecado y la culpa, atraviesan la historia de la humanidad. Lo interesante es que en el caso del pecado, la Iglesia lo nombra permanentemente, es decir la cosa nombradasiempre está presente, es inevitable. Pero al nombrarla, la vuelve a hacer visible para luego prohibirla y todo esto no hace más que desatar la inagotable máquina del deseo. Cuando se habla de tal o cual avance de la iglesia, especialmente ahora, en el fondo no hay tal progreso ya que los dogmas, son eso, son preceptos, inamovibles. La iglesia no te dice que ser gay está bien, que es algo natural sino que te advierte que es pecado, sigue siendo anti natural pero tal vez algún día ellos y Dios te perdonen.

- ¿No te parece que sin el humor las cosas nunca pueden alcanzar el estatuto de seriedad que se merecen?

- La frase de Colette con la que abre el libro es una advertencia: quienes adolecen de sentido del humor no van a entender este libro. Si bien el título en latín suena solemne, es en realidad es una parodia sobre la religión, las instituciones eclesiásticas y sobre la sociedad en su conjunto. Non habemus papam narra la otra historia, la del deseo y la frustración, la de la fumata negra en vez de la fumata blanca que es la que emanan los techos de San Pedro cuando la reunión de obispos fue exitosa y eligen un papa. Es interesante ver que la parodia tal como la entendían los clásicos, no pone en duda la realidad de su objeto sino trata de tenerlo a distancia por ser, justamente, insoportablemente real. Elsa Morante explica que el hombre fue expulsado del Edén, perdió su lugar, fue arrojado con los animales a un lugar que no le pertenece. Entonces, lo que se narra va a ser siempre paródico, es decir, fuera de lugar, para desde ahí volver a darle al objeto la seriedad que tiene. Por otro lado, la vida es un misterio, la religión es un misterio. ¿Qué quería ese hombre, qué quería Cardenal Ortíz de Urbina? No lo sabemos. Entonces, de los misterios sólo podemos hacer una parodia, una crónica disparatada sobre alguien que soñó con ser lo que no fue. 

Fuente: Télam

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9 de Diciembre de 2016|23:57
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