El verano que vivimos en peligro (II parte)

Todos sabíamos que ellos estaban ahí, del otro lado del cartel, en algún lugar entre los árboles en el bosque. ¿Qué sentirían?



EL DÍA QUE LOS VIMOS DE CERCA

Todos sabíamos que ellos estaban ahí, del otro lado del cartel, en algún lugar entre los árboles en el bosque. ¿Qué sentirían?

Un día los vimos de cerca…habíamos ido a patrullar al límite, y nos encontramos con ellos que se hallaban, a metros de nosotros, del otro lado. Alguno de mis compañeros dijo: "Mire mi Teniente, ahí están los 'chucha” (así les decíamos). El Teniente se apresuró a contestar "No haga caso milico y siga con el trabajo". ¿Qué recuerdo de ellos? Eran más petisos, más delgaditos, más morochitos, y con una ropa muy finita muy parecida a la nuestra, nada más que con la banderita roja en el bolsillo de la camisa. Yo pensé que si se armaba la guerra teníamos uniformes del mismo color. El Teniente se adelantó, y un oficial chileno también lo hizo. Se saludaron militarmente y charlaron, alcancé a oír que hablaban del clima, pero nada más. Eso fue todo.

Evidentemente -hoy lo pienso- nuestra disciplina era férrea. ¿Qué hubiera ocurrido si un desaforado se dejaba arrastrar por las pasiones del momento y cometía alguna estupidez? A los veinte años eso no suele ser infrecuente.

UNA TRUCHA EN EL BOSQUE

La comida. La comida era suficiente, pero al cabo de estar un mes durmiendo en el suelo y comiendo la mayoría de las veces raciones frías en lata, uno comienza a deseas probar otras cosas. A veces íbamos en escondidas al camino y en alguna oportunidad correteamos alguna gallina que andaba por ahí. La gente que vivía allí eran casi todos chilenos, y había uno que tenía un pequeño almacén, muy humilde. Se le notaba el miedo que tenía cada vez que nos acercábamos. Alguna vez fuimos con el flaco Pérez en escondidas a comprar algo de vino… como travesura. Los vehículos que había eran todos requisados de empresas de Mendoza. Recuerdo que en un camión de la empresa “Alguacil” se guardaban todas las provisiones. Un cabo era el encargado, y nadie sabía cómo se llamaba. Todos le decíamos "el cabo Alguacil"

Una mañana, el colorado D’Agostino (que imitaba muy bien a Rafaella Carrá), se acerca y me dice "Che Martin, tengo una trucha que pesqué en el lago ¿querés que la comamos?". No teníamos guardia ese día y tampoco instrucción así es que nos escapamos a un cerro e hicimos fuego y la ensartamos en una varilla verde. Supongo que lo hacíamos por travesura, y por comer algo distinto, pues no teníamos sal ni limón ni pimienta. Nada. La comimos así nomás. Era muy grande. Luego apagamos el fuego y nos acostamos en el suelo y nos quedamos dormidos. Cuando despertamos había un círculo perfecto en el suelo del cual salía humo, como de tres metros de diámetro. ¡El susto que nos llevamos! Pues nos habían advertido especialmente del peligro de incendiar el bosque. Lo que ocurría es que nosotros creíamos que era tierra, pero en realidad era hoja caduca amontonada de años y años.

EL OFICIAL QUE NO SABÍA LEER

Nos llegaban cartas de la familia. A veces pienso lo que debe haber sufrido mi mamá. Uno no lo comprendía muy bien entonces. Tal vez faltaba la madurez necesaria. Algunos de la clase 54 o 55 eran casados y sufrían mucho. Otros habían concluido su servicio militar como Subtenientes de Reserva, y ahora les reconocían el grado. Había uno que era del norte, el Subteniente Curayanca, que había sido soldado clase 55, y le habían dado una medalla y un ascenso porque en Tucumán había defendido su puesto de guardia a tiros contra un ataque de los terroristas. Ahora era Subteniente, pero el pobre no sabía leer ni escribir. Casi no podía ejercer sus funciones.

Nosotros teníamos instrucción permanentemente, y estábamos listos para lo que ocurriera. Los oficiales nos hablaban siempre de la patria, de la soberanía, pero no recuerdo que se hayan referido a Chile en términos especialmente despectivos o agraviantes. Siempre nos decían que cuando penetrásemos en la ciudad de Osorno, no había que hablar con nadie y tener mucho cuidado con los atentados. Nos contaban que era tan difícil mantener una plaza tomada contra los focos de resistencia, como el hecho en sí mismo de tomarla, en fin, veíamos a la guerra como algo que tarde o temprano iba a ocurrir.

A veces cuando estábamos de guardia, en la noche, hablábamos francamente, y nos hacíamos preguntas medio estúpidas: "¿Qué hacés si estás en la guerra y tomás un prisionero y quiere escapar? ¿Lo podrías matar?". Casi todos decíamos que sí. Sospecho que ninguno sabía en realidad que haría en esa situación. Nos habían enseñado que a los prisioneros hay que obligarlos a estar en la posición más incómoda posible para que se les "duerma" una pierna o un brazo, entonces si intenta escapar, y debemos luchar cuerpo a cuerpo, tendríamos la ventaja de hacerlo contra un disminuido. La mayoría fumábamos, y cuando se nos acababan los cigarrillos empezábamos a fumar armados. Había unos que se habían fabricado una pipa con caña tacuara y se la iban pasando y así fumaban. A uno que era especialmente adicto al tabaco una vez le armamos un cigarrillo con yerba mate, sin que él lo advirtiera, y se lo ofrecimos, una noche muy fría. El tipo lo comenzó a fumar, y humeaba mucho, y él decía: "Mier…ahora hacen el tabaco muy ordinario ¿de qué marca es?" "Don Lucas" le contestamos riéndonos.

LA DIPLOMACIA DE LAS BAYONETAS

El día 08 de enero de 1.979 se firmó el Acta de Montevideo por el cual ambos gobiernos se comprometieron a no hacer uso de la fuerza y desmovilizar las tropas destacadas en la frontera. Esa tarde, El Teniente Coronel Juan Manuel Costa, Jefe del G.A. 142 nos habló. Nos dijo que el peligro había pasado, que "la diplomacia funcionaba por que las bayonetas pinchan" (esto lo recuerdo textualmente). Y nos agradeció nuestro esfuerzo. Esa noche tuvimos asado y guitarreadas (nunca supimos de donde salieron las guitarras). "Juanchi" Videla, (hermano del empresario bailantero) era compañero nuestro, cantaba bastante bien y se lució aquella vez.

A partir de ese momento las cosas cambiaron, nos movimos de otra manera, estábamos largas horas ociosos y aburridos, haciendo guardia de noche, pero sabiendo que ya no había peligro. Hasta nos llevaron a un festival en Bariloche donde había cantantes para los soldados. Nunca vi tantos uniformes verdes juntos. De Chaco, de Misiones, de Mendoza, de Salta, en fin, éramos un montón. Había un muchacho que cantaba como Elvis Presley. Cuando pasábamos en camiones por las calles de la ciudad les decíamos cosas a las chicas que veíamos. Recuerdo que al doblar en una esquina, una señora gorda estaba con las hijas en la vereda, y al ver que venía el camión lleno de soldados, les dijo apresuradamente: "adentro chicas que allá vienen los soldados" y acto seguido agarraron las sillas y se metieron corriendo para dentro de la casa…

Estuvimos allá hasta fines de febrero, por último, un día levantamos todo el campamento y nos marchamos del lugar. Francamente, hoy no podría señalar con exactitud el sitio donde estuvimos. Fue en algún lugar a la orilla del lago Nahuel Huapi, a seis o siete kilómetros de la frontera con Chile. Mi amigo Jorge García sostiene que actualmente es un camping llamado "Brazo del Rincón". Recuerdo que en el bosque había frutillas silvestres y rosa mosqueta.

Regresamos a Mendoza en avión. A nosotros nos tocó un Boeing 747, al cual le habían retirado todos los asientos. Viajamos sentados en el suelo, solamente con el fusil y el casco, los bolsones y mochilas iban en la bodega. Aterrizamos a la madrugada, y el avión pasó de largo por la zona civil del viejo Aeropuerto del Plumerillo, y se detuvo en la zona militar. Como en una película muda vimos en el sector civil a mucha gente con banderas que nos saludaba con la mano. Cuando descendimos en la zona militar estaba la banda y tocaba la marcha "Combate", la misma de la serie de televisión. El General Lépori nos recibió, y nos habló agradeciéndonos el esfuerzo "El Ejército Argentino y la patria siempre estarán en deuda con ustedes" nos dijo. Luego dejando de lado las formalidades nos preguntó: "¿Qué prefieren muchachos: tomarse un chocolate bien caliente o irse ya mismo a Uspallata a dormir en una cama cómoda?" Pedimos ir a Uspallata. Habíamos dormido tres meses tirados en el suelo. Allá estuvimos dos días, y nos dieron de baja.

EPÍLOGO: EL VERANO QUE VIVIMOS EN PELIGRO

Regresamos a nuestras casas.

¿Qué me ha quedado de aquellos días, del verano que vivimos en peligro?

Estos recuerdos, las charlas de café a medianoche con mi amigo de siempre, con el flaco Jorge García; el nexo invisible que siempre me unirá a aquellos, mis respetados compañeros de ese tiempo; la íntima satisfacción de saber que me llamaron y fui; y un diploma donde la Patria y el Ejército agradecen mis modestos servicios.

No lo cambiaría por nada. Es mi secreta ilusión que mi hijo un día, si llega a ser padre, se lo entregue a su hijo.


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