Nicanor: Sin muebles ni familia

Encontraba funesto que el mundo se dividiera en aquellos que detentan un poder absoluto y los que tan sólo tienen para no morir de hambre.

() era el morboso deleite de muchos ultrajados y ofendidos, a quienes el destino oprime y que tienen conciencia de la injusticia que con ellos se comete (). Humillados y ofendidos. Fiódor Dostoyevski.

Hubo una cosa que Nicanor nunca pudo entender, y es cómo es posible que tantas personas, que al igual que él, sienten, sufren, desesperan, se enamoran, se deshacen y renacen, se pierden, se equivocan y vuelven a equivocarse, pudieran estar confinadas a vivir en las condiciones más penosas, subyugadas a permanecer siempre en el escalafón más bajo de la sociedad. Encontraba funesto, e incluso inverosímil, el hecho de que el mundo se dividiera en aquellos que detentan un poder absoluto y viven en la abundancia, la clase más pudiente y vanagloriada, de aquellos otros a los que tan sólo les alcanza para no morir de hambre de un día para el otro, la clase más bastardeada, y por desgracia, también la más olvidada. Todo eso lo llevaba a reflexionar acerca del tener y el no tener, y cuando sopesaba el contenido de ambos estados, naturalmente, se encontraba con que ninguno de ellos alcanzaba a explicar la complejidad del asunto, como mucho, se podía sacar en limpio que: el tener no hace a una persona como tal, es decir, no define lo que es, como así tampoco el no tener, sino que, se debe ir más allá, pensar en términos de ser y no ser, ya que es allí, desde donde podemos y debemos partir para definirnos como personas y no como una cosa.

La madre de Nicanor, una mujer de corazón noble y espíritu solidario, cuando este era todavía un joven, le prestaba ayuda a una viejita decrépita que conocía de muchos años. Se había hecho cargo de ella, porque se encontraba sola en este mundo, más sola que cualquier otra persona. Había vivido por muchos años con su hermana, en una casa antigua, arruinada por donde se la viere, hasta que el día menos pensado, su fiel compañera la abandonó, entregándose al descanso eterno. Semanalmente, o cuando el tiempo y las circunstancias así lo permitían, iba a la casa de la anciana, para cerciorarse de que se encontrara bien. Iba a la ciudad para comprar todas aquellas cosas que a la viejita le fueren indispensables, y le tendía una mano con el aseo de la casa, cada vez que la suciedad y el moho se hacían presentes. La casa era vasta, angulosa, ocupaba toda una esquina, tranquilamente hubieren podido vivir unas ocho o diez personas allí, pero el caso era otro, puesto que se encontraba sólo una viejita vagando por esos pasillos fríos y vacíos, sin ningún tipo de compañía más que la de su sombra. Contaba con largos y angostos corredores, un patio trasero donde las plantas habían muerto desde hacía tiempo, una garrafa de gas para cocinar, una cama harapienta, una mesa de madera, que permanecía de pie a duras penas, y unas dos o tres sillas, nada más. No tenía muebles, la humedad en el techo y las paredes, causaba una sensación de malestar, y el piso, parecía quejarse cuando se lo pisaba.

La anciana era por demás asustadiza, le temía a las personas en general, es decir, le angustiaba relacionarse con desconocidos, no entablaba amistades con nadie, por otra parte, cualquier mínimo ruido que se presentara, por menos perturbador que fuere, la sobresaltaba, también evitaba a toda costa los espacios abiertos en donde hubiere aglomeración de personas. Hablaba y hablaba hasta por los codos, no sabía cuándo detenerse, y más que referirse al presente, le complacía repetir siempre las anécdotas del pasado. Tenía un rostro pueril, era divertido observar las muecas que hacía al hablar, su espíritu se complacía cuando le gastaban alguna broma o cuando algo le parecía gracioso, por lo que se echaba a reír con sumo placer, y la mayoría de las veces, cubría su boca con las manos, ocultando los pocos dientes que aún conservara. Se podía observar, cómo el pelo de su cabeza, raído pero grácil, se había teñido de gris y blanco en su totalidad. La forma de su cuerpo, daba la impresión de estar observando a una tortuga, más que nada la joroba de su espalda ayudaba a dar esa imagen. Las prendas de ropa que tenía, en su mayoría, estaban más para tirar que para otra cosa. Un vestido andrajoso, apagado, y un par de zapatos desvencijados, era lo que habitualmente usaba. Vivía con una mísera pensión que sólo le alcanzaba para comprar un mendrugo de pan, té, y algún que otro queso.

-¿Por qué a algunos la suerte simplemente no los acompaña en esta vida? Es algo que no me lo explico, madre. –inquirió Nicanor a su madre.

-Es buena tú pregunta hijo, no creo ser yo la persona más indicada para darte una respuesta, pero puedo al menos intentarlo.

-Sólo me preocupa una cosa, quisiera entender de algún modo, por qué esas personas continúan apostando a la vida, aun cuando son constantemente vapuleadas e ignoradas por ella. No entiendo cómo permiten que su dignidad se vea pisoteada, ¿por qué no abandonarse y dejar que el destino haga su parte consumiéndolos?

-Es lógico, desean vivir, pese a todo lo que ello implique. Es más fuerte el deseo y la voluntad de seguir viviendo, que la decisión de parar y entregarse a la nada, a la muerte.

-Me sorprende la resistencia que poseen esas personas. No tienen nada, y a la vez, tienen más que cualquier otro. Es como si no pensaran en otra cosa que no fuere sino en seguir avanzando. Debe ser eso.

-Avanzar, de eso mismo se trata. No permitir que las circunstancias que a uno le han tocado vivir, lo frenen en el tiempo, y le impidan seguir caminando.

-Algunos caminan rápido, demasiado rápido, y otros llevan una marcha más lenta, pareciere que se arrastran, y los pies le pesaran el doble.

-Pues sí, cada quien a su paso. No se le puede pedir a una liebre que aminore su marcha, como tampoco se le puede pedir a una tortuga que sea más rápida.

-Entonces, lo mejor es no detenerse, y llevar el paso de siempre, pese a la enorme cantidad de piedras que nos pudieren llegar a estorbar durante el camino.

-Así es. El hecho de que a unos les vaya mejor que a otros, no cambia las cosas, debes tener siempre presente que la miseria que a uno lo acompaña, es lo mejor que le puede pasar, y lo más triste de todo, sería que no entendamos que vinimos a este mundo con gran sufrimiento, y que con él nos iremos también.

-Entiendo. De igual manera, nunca dejaré de sentirme tremendamente mal por la posición en la que se encuentran ciertas personas. Es injusto, sin más, sobre todo para el desamparado, para el pobre. Ellos sí merecen mi respeto, mi más sentido respeto y admiración por vivir, pese a todo. 

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28 de Febrero de 2017|04:56
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