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Los "guerreros" del básquet argentino ya ganaron en Beijing

Más allá del resultado final, Ginóbili y compañía demostraron que darán lucha hasta el final en estos Juegos Olímpicos, y volvieron a dejar en lo más alto al básquet nacional.

Para muestra basta un botón: después de su notable demostración de ayer quedó claro que el seleccionado argentino de básquet dará batalla, hasta el final, en los ingredientes que más cuentan: determinación, valor y jerarquía para cambiar figuritas con los mejores.

Y todo eso, cabe subrayarlo ahora mismo, con independencia de que consumen una hazaña equivalente a la de Atenas 2004, de que deban contentarse con una medalla de bronce, e incluso de que se queden con las manos vacías.

De hecho, los especialistas coinciden en que Estados Unidos y España son los principales candidatos al oro y que en todo caso Argentina integra el lote de cuatro o cinco que amenazan desde el segundo pelotón.

Allí constan, entre otros, Grecia y Lituania, ante quien los actuales campeones olímpicos perdieron por apenas cuatro puntos después de una pasmosa remontada que tuvo el valor de reponer los grandes atributos que hicieron grande a la llamada "Generación Dorada".

Sellada la certeza de que esta generación reúne talentos extraordinarios, es de oro porque la suma de esos talentos se ha visto y se ve potenciada por el carácter que sólo se corresponde con el ADN de los grandes equipos.

Aún en un país cuyos deportes colectivos han destacado de un modo excepcional (fútbol, desde luego, pero también "Los Pumas" en rugby y "Las Leonas" en hóckey sobre césped), resulta francamente difícil encontrar una gesta equivalente a la que varios de estos muchachos, que hoy compiten en Beijing, llevaron a cabo en Atenas.

Si el 28 de agosto de 2004 es, para muchos, El Día del Deporte Argentino, el seleccionado de básquet tiene mucho que ver; oro olímpico, pero oro olímpico cosechado tras dejar en el camino a la vigorosa Italia, al local (Grecia misma) y al más poderoso entre los poderosos: Estados Unidos.

Pero el detalle que termina de configurar la verdadera dimensión del equipo de Ginóbili y compañía es el de la continuidad en el tiempo y el de un estupendo nivel en las fraguas más exigentes.

Subcampeones del mundo (y víctimas de un flagrante despojo), campeones olímpicos, cuartos en el Mundial siguiente y ahora mismo huesos duros de roer en los Juegos de Beijing. Más de un lustro en la elite. 

Nótese que ya no están Sconochini, Pepe Sánchez, Montecchia, Wolkowisky, Gabriel  Fernández, pero la llama del colectivo sigue intacta, porque saben nutrirla los más notorios de la tribu y porque los que fueron llegando sintonizaron idéntica frecuencia.

Dio gusto ver cómo nuestras estrellas de la NBA ponían en caja a los temibles tiradores croatas. Y seguirá dando gusto verlos frente a los iraníes, frente a los rusos y frente a los demás.

Ginóbili es mucho más que una máquina de inventar jugadas, Nocioni es mucho más que un guapo capaz de sostener el rigor de los gigantes más severos, Scola es mucho más que un jugador dúctil y funcional, Oberto es mucho más que un incondicional del trabajo silencioso, y así.

Son, por si no fue dicho, genuinos guerreros del deporte, y es ciertamente grato que hayan nacido en este confín del globo.

Y como es probable que algunos de ellos no vuelvan a vestir la casaca argentina, y como no es menos probable que las preseas esta vez les resulten esquivas, cabe el reconocimiento, cabe la admiración y, por añadidura, cabe la gratitud.

En Beijing, los muchachos del básquet ya ganaron.
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9 de Diciembre de 2016|08:20
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