El verano que vivimos en peligro (I parte)

Aún no nos pasaba nada. Escuchábamos a Rafaella Carrá, Julio Iglesias, los Bee Gees, Abba, Rod Stewart. Éramos campeones del mundo.

Aclaración previa: El presente escrito está constituido por las memorias del autor sobre los acontecimientos que le tocó vivir a fines de 1978 y principios de 1979, en ocasión del conflicto limítrofe con Chile.

¿Cuánto hace de todo aquello?

Éramos jóvenes, éramos felices.

Aún no nos pasaba nada.

Escuchábamos a Rafaella Carrá, Julio Iglesias, los Bee Gees, Abba, Rod Stewart.

Éramos campeones del mundo.

A veces las visiones de aquellos días vuelven a mí. Recuerdo muchas cosas. Al Sargento Acuña diciéndonos “cuide el arma milico, para que no vuelva de allá en una bolsa”; veo los ataúdes de madera en un vagón de ferrocarril; los tanques de guerra a la orilla de un sendero entre el bosque; todavía escucho a la banda tocando la marcha “Combate” en el aeropuerto…

¿Qué visión de la guerra tenía un joven de 20 años? Ninguna. Pensábamos que era algo heroico, que era un muchacho que le escribía a la novia sentado en el suelo con el fusil al lado, que eran tiros que no mataban, que eran desfiles triunfales…

Fuimos la primera clase que hizo el servicio militar a los 18 años, la del 58. Para mí todo comenzó a fines de noviembre de 1978 cuando, luego de haber cumplido mi servicio militar y haber gozado de la vida civil un año entero, recibí una cédula de citación. Había que presentarse nuevamente. Yo había hecho la conscripción en el Grupo de Artillería de Montaña 8 en Uspallata. Todos sabíamos lo que pasaba, el gobierno había rechazado el laudo arbitral, y se hablaba de conflicto. Se habían hecho ejercicios de oscurecimiento en la ciudad de Mendoza. Había que tapar las ventanas con cortinas oscuras o frazadas, no salir a la calle, no encender luces exteriores. La gente decía que en los techos de los hospitales se habían pintados gigantescas cruces rojas, se decía que si había guerra los chilenos iban a tratar de bombardear la destilería, y que por eso se planeaba encerrar allí a muchos de ellos... ¡se decían tantas cosas!

El 28 de noviembre del 78 me presenté al G.A.M. 8 en Uspallata. Había sido convocada la clase del 58, 55 y 54. Nos “alojaron” en un vivac en lo que era la cancha de fútbol. Nos llamaban “veteranos”, lo cual nos hacía sentir importantes y por encima de los soldados de la clase del 59, que eran los que estaban haciendo el servicio militar en ese momento.

Con los convocados, dentro del G.A.M. 8 se formó el Grupo de Artillería 142, al cual yo pasé a pertenecer.

Éramos tratados con cierta consideración. La primera noche me tocó hacer de imaginaria de segunda hora junto con Olguín, un muchacho que había hecho conmigo el servicio en la Batería “Comando”. Nos pusimos a conversar de nuestras novias y cuando vino el Sargento a relevarnos nos encontró a ambos sentados en el suelo. No nos dijo nada…

Inmediatamente de incorporados comenzamos a efectuar instrucción de combate nuevamente. Recuerdo que en esta oportunidad nos dotaron de un arma portátil más antigua pero más precisa que el F.A.L., nos entregaron una carabina Mauser con bayoneta larga y “peine” de cinco balas. Nos dijeron que usábamos eso por que, lógicamente, al ser artilleros, era difícil que entráramos en combate directo.

A mí, supongo que por tener la secundaria terminada, me destinaron al Centro de Dirección de Fuego, que son observadores adelantados que pasan los datos de la ubicación del enemigo por radio a la Batería de Tiro.

A los días de reincorporados, nos enviaron a todos a una formación en el Regimiento de Infantería de Montaña 16, y fuimos arengados por el General Luciano Benjamín Menéndez, Comandante en Jefe del III Cuerpo de Ejército. Recuerdo verlo de lejos con botas de montar y una fusta en la mano izquierda. En un momento le oímos decir: “Preparémonos soldados para brindar con Pisco…”. Nos habló de la soberanía, de la patria, del honor. La verdad es que todavía se me pone la piel de gallina cuando recuerdo esa tarde. Todos gritamos muy fuerte cuando nos formuló la antigua consigna: ¡Subordinación y Valor!

“EL SARGENTO SE HABÍA COMPRADO UNA BALA EN LA CABEZA”

Ni se nos ocurría pensar en la muerte.

Recuerdo, había un Sargento, un miserable del cual no me ha quedado el apellido…mejor así. Se complacía en mortificarnos. Una tarde se ensañó especialmente con un compañero, un tal Espeche del Barrio Suárez, Godoy Cruz. Éramos un escuadrón de instrucción de aproximadamente veinticinco hombres, y cuando vimos que Espeche casi se desmayaba ejecutando movimientos vivos nos paramos todos y rodeamos al Sargento. El hombre se asustó e intentó congraciarse con nosotros. Luego alguno echó a rodar el rumor de que si se armaba la guerra “el sargento se había comprado una bala en la cabeza”. Nunca más nos molestó. En el fondo era un cobarde.

Estábamos en el cuartel y no sabíamos absolutamente nada de lo que ocurría en el mundo exterior. La madrugada del día 22 de diciembre de 1.978 fue cuando vimos la guerra de cerca…

El Ejército Argentino había planeado el “Operativo Soberanía”, el cual tendría lugar en la madrugada entre los días 21 y 22 de diciembre de 1.978, allí se iniciaría la invasión de Chile en distintos puntos de la frontera. El objetivo era “cortar” Chile en varias porciones. Muy poco antes de iniciarse, esa misma noche se suspendió por decisión de la Junta Militar. A las 04:00 hs. Del 22 de diciembre de 1.978 las operaciones comenzarían con un desembarco del 4º Batallón de Infantes de Marina en las Islas. Simultáneamente comenzaría la invasión en otros puntos.

El día 21 al atardecer comenzó a verse movimiento de tropas en el G.A.M. 8, observábamos camiones cargados de tropa, unimogs, cañones y soldados que se movilizaban y salían del cuartel. Algunas baterías de tiro, como la “A” y la “B”, se escuchaba que estaban en formación y cantaban el Himno Nacional y la Canción del Artillero (“Ya tronó su rugido potente/Ya rompió su silencio en la lid…”). Nosotros no entendíamos nada. En un momento, el Jefe de Batería, el “gordo” Flamini (Capitán Flamini) nos reunió y nos dijo que rezáramos por la patria y nuestras familias. Más tarde en la noche nos ordenaron avanzar a Punta de Vacas. Nos hicieron pintar la cara…

Inexplicablemente a mitad de camino recibimos orden de volver a Uspallata. Nunca supimos lo cerca que habíamos estado…

Luego de eso, el día 24 a algunos nos permitieron visitar a nuestras familias para pasar navidad, con la consigna de regresar el 25 a la tarde. Cuando volvíamos en los micros del “Transporte Uspallata” nos cruzábamos con automóviles que bajaban de Potrerillos y nos saludaban con bocinazos, nos aplaudían y agitaban cintas y banderas. Para esa gente, nosotros íbamos a una guerra. Recuerdo que yo tenía una novia que llorando me había regalado un rosario. Lo extraño era que no sentíamos miedo.

Al otro día viajamos a Palmira para tomar un tren que nos conduciría a Bahía Blanca y de allí a Bariloche. Recuerdo que estando en Palmira debimos esperar un día entero para abordar el tren, y le permitían al que tuviese parientes en el lugar salir por un rato. En realidad eran muy pocos los que tenían familiares allí. La gente se arrimaba a la estación en un gesto solidario y se ofrecían a “sacar” soldados para llevarlos a comer a sus casas. Yo le dije a un muchacho de Maipú, el “flaco” Pérez que nos hiciéramos pasar como primos de un par de chicas de más o menos nuestra edad que veíamos paradas detrás de un alambrado, nos acercamos a ellas y les pedimos que nos “sacaran”. Así lo hicieron, andaban en un Fiat 128 y nos fuimos los cuatro alegremente a dar vueltas por la ciudad. En una esquina nos detuvimos ¡y cuál no sería nuestra sorpresa cuando vimos al Capitán Flamini detener su Jeep justo al lado nuestro! Recuerdo que nos miró, se quitó los anteojos ahumados que llevaba y no nos dijo nada. Cuando regresamos nos mandó llamar y nos dijo simplemente “¡Así es que a los soldaditos les gusta hacer turismo con compañía femenina! Para ustedes les tengo una sorpresa”, y nos ordenó marchar. Pronto sabríamos cual era la sorpresa.

Por fin subimos a los trenes y comenzamos el desplazamiento, íbamos a estar una semana viajando. Sentados en asientos comunes, viendo pasar el país por las ventanillas, no nos dolía la cintura ni sentíamos cansancio ¡teníamos 20 años!

“¡DISCULPE MI AMIGO! ¡ES TODO LO QUE TENGO!”

El tren pasaba despacio por los distintos pueblos de San Martín, Santa Rosa y La Paz, y la gente se acercaba a los andenes y nos daban cosas por las ventanillas. Frutas, golosinas, galletitas, cigarrillos, revistas de historietas. A veces el tren se detenía, y si bien no nos permitían descender, la gente se acercaba y nos saludaban, nos preguntaban el nombre y la dirección para escribir a nuestras casas. A veces teníamos suerte y alguna chica nos despedía con un beso cortito en la boca…Recuerdo que en La Paz, el tren se detuvo unos momentos, y cuando reanudó de a poco su marcha, un paisano de a caballo corrió hasta alcanzar el tren y al galope se acercó a la ventanilla, me arrojó un envoltorio pequeño. “Disculpe amigo…es todo lo que tengo” me gritó. Cuando lo abrí encontré un paquete de “Fontanares” lleno de cigarrillos armados. Ha sido uno de los regalos más hermosos que he recibido en mi vida. Nunca lo he olvidado. ¡Lamento tanto no haberlo conservado!

¿Quién habrá sido ese hombre?

Nosotros en las estaciones entregábamos a la gente papelitos con nuestro nombre y dirección escritos. A mi vuelta a casa me enteré que una chica de Villa Valeria, Córdoba, le había escrito a mis viejos contándole que yo había pasado por allí en un tren lleno de soldados.

El viaje duró cerca de una semana. Mi amigo Jorge García sostiene que en un pueblo de La Pampa nos recibieron con un refrigerio, donde nos agasajaron sentados alrededor de mesas y caballetes, pero yo francamente no lo recuerdo. Villa Valeria, Huinca Renancó, Ingeniero Jacobacci, son lugares que me han quedado grabados del periplo. En este último pasamos la noche de año nuevo del 79. Allí, con el flaco Pérez averiguamos cual era la “sorpresa” que nos tenía reservada el Capitán Flamini. A los que habíamos cometido alguna falta se nos ordenó montar guardia en los vagones a las doce de la noche (alguien tenía que hacerlo). Así es que ese año nuevo me sorprendió carabina en mano cuidando un vagón en un pueblo de Río Negro. Me tocó cerca del gringo Mussolino, un muchacho de Villa Nueva. Nos dimos la mano y nos deseamos feliz año a las doce. Nunca más he sabido nada de él.

Una mañana hermosa llegamos a Bariloche. Recuerdo que bajamos del tren, y nos dejaron en formación un buen rato. Por todos lados veíamos soldados de distintos regimientos. Había de todo. Rubios grandotes de Misiones, supongo que muchos de ellos descendientes de polacos y alemanes, coyas de Jujuy. En fin…lo más variado que tenemos los argentinos. En un momento, no recuerdo quien se me acercó y muy serio me dijo: “Ché Martin, vení mirá esto”, y corrimos hasta otro tren que estaba detenido cerca del nuestro. Unos soldados bajaban un montón de ataúdes de madera clara y los colocaban dentro de unos camiones cubiertos con carpas. Me estremecí y quedé parado como un estúpido al lado del andén. Creo que fue la primera vez que me golpeó la realidad.

Partimos en camiones hasta Villa La Angostura, el paisaje era hermoso. Una vez que llegamos paramos unos momentos y luego continuamos viaje por un camino de tierra en pleno bosque. A intervalos regulares encontrábamos a la orilla del sendero tanques de guerra. Había unos gigantescos, tan grandes como casas pequeñas, que creo, eran “Sherman” sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial (eran los menos) y otros más pequeños y modernos. Los tanquistas eran de un Regimiento del Chaco que usaban boinas rojas y uniforme mimetizado.

Finalmente llegamos a nuestro destino, un lugar en pleno bosque, a orillas del Nahuel Huapi. Estábamos a escasos kilómetros de la frontera con Chile. Un camino enripiado comunicaba con el límite (eran cerca de seis kilómetros según nos decían los oficiales). Allá armamos el vivac, y comenzamos un período de tensa vigilia, presintiendo que en cualquier momento comenzaba la guerra…

Todos los días hacíamos instrucción, y patrullas hasta el límite. Había un cartelito bastante destartalado que decía “Bienvenidos a Chile”. Nosotros hacíamos mediciones topográficas en pequeños grupos acompañados de un suboficial y un oficial. El paisaje que nos rodeaba era de cerros, bosques hermosos y el lago, ahí mismo pegado al vivac. Nos tocaba hacer guardia en lugares estratégicos entre el bosque y sobre los cerros. Sabíamos que del otro lado estaban ellos. Nos habían dicho que debíamos “apoyar” con nuestro fuego a un Regimiento de Infantería de Monte de Salta para que penetrara en Chile. Los salteños estaban ubicados justo al lado del límite. Los llamábamos los “rodillas negras” porque en su uniforme llevaban parches de cuero en las rodillas y en los codos de la chaquetilla. Recuerdo que usaban un machete muy grande colgado de la cintura. Eran unos morochos que, después cuando pasó todo, se la pasaban de guitarreada todo el día.

La verdad es que comíamos bien. Nos daban carne molida en conserva, en unas latas que nos hacían recordar a las de leche “Nido”, y unas galletitas de agua como las “criollitas” pero más grandes, chocolate en barra, jamón crudo, dulce de batata y queso, mucho queso…con las consecuencias que ustedes imaginarán. Habíamos ideado un sistema para obtener dulce de leche: hervíamos a “baño maría” en un casco las latas de leche condensada que nos daban, y se convertían en dulce de leche. El casco, son dos cascos en uno, el exterior que es el que se ve y el interior más pequeño. La idea es que si una bala pega en la cabeza, agujerea el casco exterior, luego choca contra el interior y gira alrededor de la cabeza. En Uspallata, recuerdo, había uno que estaba, creo en Mayoría, agujereado. Le había salvado la vida a un compañero en el monte tucumano, en un enfrentamiento contra los terroristas. Es muy molesto andar con casco, luego de un rato comienza a picar la cabeza, y al correr es incómodo, como si uno corriera con una cacerola en la cabeza. Una tarea que era fastidiosa consistía en tener que recubrir las carpas con ramas, y cambiarlas cada vez que se secaban. Las carpas no tenían piso eran simplemente dos paños con dos parantes, cada una para dos soldados. El gordo Oviedo, y dos más que no recuerdo quienes eran se las habían ingeniado para armar una con tres paños, que había quedado en forma de iglú. Allí era el punto de reunión en nuestros ratos libres. Dormíamos en bolsas-cama. A veces a media mañana entrábamos en la carpa y una lagartija escapaba al vernos. Era verano, el día era caluroso, y a veces nos metíamos a las heladas aguas del lago, ahí nos higienizábamos y refrescábamos ¡a todo se acostumbra uno cuando tiene 20 años!, pero de noche baja mucho la temperatura y parece el invierno de Mendoza.

“AGARREN MILICOS, LLEGARON LOS REYES MAGOS”

Tengo un recuerdo tierno.

Es la mañana del seis de enero, todavía no amanece, se abre la entrada de la carpa y la voz de un suboficial nos dice entre severo y avergonzado: “Agarren milicos llegaron los reyes magos” y nos arroja dentro dos paquetes de cigarrillos Jockey. Iba carpa por carpa haciendo lo mismo. ¿De quién fue la idea? Nunca lo supimos.

Una tarde, charlando con el gordo García, un clase 55 muy gracioso que contaba muy buenos chistes de gallegos, y decía que hacía unas pizzas muy ricas, nos estábamos riendo, y de golpe me asaltó una idea: “¿Ché gordo, no se te ha ocurrido pensar que nos va a pasar si se arma la cag…?”- recuerdo haberle dicho- y él me miró fijo unos instantes y despacio me contestó sacándose unos lentes de aumento que usaba: “La otra noche me puse a pensar y se me hicieron las cuatro de la mañana y no podía dormir…”. Tengo visiones de hechos que jamás creí que iba a vivir. Me veo afeitándome con una hoja “legión extranjera” (malísimas) que eran las que nos proveían, mirándome en las aguas del lago; cruzando a pie, con el agua a la cintura y la carabina en alto las aguas de un arroyito; escribiendo una carta a mi familia con casco y camiseta manga corta sentado en el bosque.

Una tarde, estando de guardia al atardecer me quedé extasiado mirando cómo se escondía el sol entre bosques y cerros, ese paisaje entre verde y rojizo no lo he olvidado jamás. Un día, un compañero, un tal Toledano (de Villa del Parque) nos contó que desde su puesto de guardia veía muy pequeño y a lo lejos, allá abajo, a un soldado chileno también de guardia, y que el soldado lo había saludado con la mano… tle=\\K< zOp

Opiniones (2)
10 de Diciembre de 2016|12:19
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10 de Diciembre de 2016|12:19
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  1. Muy buen relato, lo felicito Juan.
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  2. Me gustó tu relato Juan, no tardes en publicar lo que falta. Siempre he querido saber por qué nunca se concretaban los avances de ataques, tal cual lo comentas en tu relato, al tiempo de iniciarse los hacían volver. AFORTUNADAMENTE claro está, al menos para mi. Gracias!
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