Nicanor: Dos años sentado

El tiempo es un viejo usurero, experto en hacernos creer todo aquello que contribuya a su beneficio.

El tiempo va, tan veloz, no vuelve atrás,

nunca más. Musical "Los miserables".

"Llora aquél que siente, aquél que no teme vivir" –musitaba Nicanor por dentro, el cual hacía dos años que se encontraba enquistado en el mismo lugar – el lugar de la miseria humana- como atrincherado dentro de sí. Ocupaba ese lugar, y con justa razón, debido a una serie de sucesos que fueron abriéndose paso, afectando cada uno de los planos que conformaban su existencia. Lo invadía una especie de disforia, superior en fuerza a cualquier otra que hubiere experimentado en el pasado. Eso lo aturdía, le significaba una gran molestia, y a su vez, le causaba pavor, puesto que no sabía cómo encauzar el asunto. Estaba sobrecogido, sumido en un estado portentoso, deplorable, sin margen alguno; atrapado en una eterna caída. Sus intentos –los cuales no alcanzaban a tomar verdadera forma hasta que lograba suprimir su indecisión consabida- por revertir la situación, resultaban infructuosos, y esto, enturbiaba aún más las cosas. Se trataba de un esfuerzo residual, pero no por ello innecesario, que tenía como único fin, acomodar y reestructurar los espacios internos que amenazaban con estancarse en la nada.

Antes de que Nicanor comenzara a ser partícipe en todo este proceso, su estado anímico se mantenía cuasi imperturbable, no presentaba cambios abruptos en su tonalidad, pero luego, una vez que la vehemencia del tiempo lo arrastró consigo, terminó adentrándose en una vorágine de pensamientos escabrosos, lindante a un laberinto con cien pasillos, de los cuales sólo uno da con la salida. A partir de ese momento, no hubo vuelta atrás ni tiempo para detenerse a dirimir acerca de lo que sucedía, se hallaba compelido a hacerle frente a todo cuanto se cruzare por su cabeza. El pensamiento, se encontraba resguardado, como en una crisálida, pronto a aparecer y expandirse. Y pese a no encontrar lo que buscaba –quizás la falencia residía en un exceso de insistencia-, y luego de colisionar con obstáculos de suma divergencia, no abandonaba la expedición interna que había iniciado. Nicanor, sentíase que participaba de algo sumamente privativo a su interioridad. Huelga decir, que nadie en su entorno, a excepción de su yo, estaba al tanto de lo que se producía en su vida mental, y eso le dolía. Había algo que se lo impedía: el miedo. Miedo de dar a conocer aquello que lo estaba carcomiendo por dentro. El dolor era irrefrenable, le hacía creer que no saldría de aquel estado en mucho tiempo. Un cansancio incomprensible lo había varado, su fuerza vital se hallaba afuera, en otro lado, pero no con él.

De la concentración que lo caracterizara en otros tiempos, no quedaba gran cosa. Su vida se había vuelto efímera, improductiva, incongruente. Se preguntaba una y otra vez, cuándo saldría de ese mal sueño. No estaba preparado para darle batalla a un conflicto de semejante envergadura, ni quería estarlo. No obstante, tuvo que enfrentarse a sí mismo, a su parte más caótica, aquella parte que le resultaba indeseable, desconocida, y temible. Como resultado; un nuevo Nicanor resurgió de todo ese abismo y desesperación.

En uno de sus tantos viajes por trabajo, Nicanor iba en compañía de uno de sus colegas. Mientras los pasajeros se ubicaban en sus lugares, el primero se dirigió al otro, y comenzaron a conversar.

-Es demasiado el tiempo perdido, que no he sabido aprovechar. Ahora me doy cuenta de ello, y “ahora” es tarde para remediarlo. Aunque se lo quiera ver de otra manera, con el vano propósito de darle otra impronta al asunto, jamás se arribaría a buen puerto. Es, en suma, un gran enigma el tiempo. Si no se es cauto, se lo traga a uno. ¿Quién en este mundo, está en posición de afirmar que el tiempo se encuentra a su favor? ¿Quién puede jactarse de que se halla libre de sus engaños y desmanes? ¿Cuántos creen tener el control sobre él cuando sobreviene con sus desfasajes? –dijo apesadumbrado Nicanor.

-Lo que tú consideras tiempo perdido, para mí es un triunfo meritorio del sí mismo, pero por sobre todas las cosas, una oportunidad de cambio, que aún no logras ver en todo su esplendor. No se puede prescindir del tiempo –del tiempo como ordenador de las cosas- a lo que voy, es que cuanto más pretendamos librarnos de él, más sujetos nos hallaremos a sus preceptos.

-No puedo concebir tal idea. El tiempo es un viejo usurero, experto en hacernos creer todo aquello que contribuya a su beneficio. Aun sabiendo esto, y considerando el hecho de que en nada me veo beneficiado, dependo mucho de él.

-Tampoco se puede ignorar el influjo que ejerce sobre nuestras vidas. Nos apabulla sin miramientos, con una saña despiadada. Cada vez que miramos hacia atrás, y cuando al fin logramos tomar conciencia del efecto que ha producido sobre nuestro devenir, nos percatamos de la existencia de cada uno de sus engranajes, y es ahí cuando nos desmoralizamos. Llegado el punto cúlmine, cuando la dependencia hacia él deja de ser intransigente, y supera cualquier esfuerzo por minar sus efectos, nos adentramos más y más en unos túneles sin vida que nos quieren cercar y confundir.

-Esos túneles sin vida a los que haces referencia, son precisamente los que estoy enfrentando. Cuando me hallo a la salida de alguno de éstos, se cierran sin más, y todo vuelve a empezar, es dar vueltas y vueltas sobre lo mismo. El tiempo siempre vence, y con una ventaja considerable, aunque no lo admitamos. Y lo que resulta inverosímil, es que se trate de una creación nuestra; investida con diversos atributos. Es el corolario de todo lo que se cierne sobre nosotros.

-Es algo tan personal e intransferible, que por más que se quisiere arribar a una caracterización o a algo que se le parezca, no se llega a otro plano que el de la subjetividad. Por ejemplo, la inflexión de su postura, y la afectación en sus palabras, me dicen que se encuentra a merced del tiempo. Usted es su esclavo, y se deja devorar como si nada.

-No puedo disentir con usted, porque está en lo cierto. Siento como si el tiempo –y sin exagerar- fuera un mal necesario, una de esas enfermedades que llegan a último momento, y que nos permiten perecer felizmente.


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