Machar al machote

No es fácil ser consciente del daño que la cultura ha infligido a largo de la historia, de ahí la importancia de libros como "El guanaco", de Gastón Ortiz Bandes.

 Es difícil ser hombre. Ciertamente esto es una obviedad, pero de vez en cuando, ante el espejo empañado del baño, hay que decírselo: Yo fui educado por el enemigo, y bancarse el cadenazo. No es fácil ser un hombre consciente del daño que la cultura héteropatriarcal ha infligido a largo de su historia, sean sus víctimas dilectas las mujeres, los niños, el mundo natural o el mismísimo estúpido rey de la Creación. No resulta tarea sencilla escribir con las palabras heredadas del conquistador, del promulgador de leyes, del teólogo, del sociólogo, del femicida y del embozado violador, cuyo accionar adorna las portadas de la Galaxia de Gutenberg o es eyaculado desde las más diversas nervaduras informáticas. Incomoda estar en la piel de quien, aún antes de haber nacido y como quien sigue a pies juntillas las acotaciones de un guión terrible, carga el sambenito del explotador y del violento. De ahí que libros como El guanaco (Babeuf, 2015) de Gastón Ortiz Bandes (1977) resulten ser de suma importancia, en tanto declaración de principios –es una de las primeras obras escritas en Mendoza que cuestiona sin tapujos los estereotipos de la masculinidad (sin olvidar el bizarro antecedente de Virgen aunque violada, de Gabryl Alone).

El guanaco tapa

Escribir, se sabe, es una operación compleja y, según cuál sea el grado de rigor del ejecutante, algo por momentos imposible. Y mucho más cuando lo que se quiere plasmar es la deriva gnoseológica de un sujeto que por medio del sexo, la erudición incestuosa, la marihuana y la impotencia (con lo que esta tiene de creativa), despliega los oriflamas de su pequeña épica contemporánea: salir de sí, reconocer en el dolor vivido una instancia de crecimiento que contribuya al siempre traumático proceso de cicatrización (Me cosí mal, con viento /que traía disparos de caza/ y arroyos con veneno de la técnica del siglo). Y al hacerlo, Ortiz Bandes perfila el contorno posible (y yo agregaría que necesario) de un hombre nuevo en minúsculas: sin sangre en las manos y que ha aprendido, finalmente, a dar vida consigo mismo.  

El guanaco

                                     En saliva te di mi descendencia.

                                                 Popol Vuh, II.3

Estoy feliz.

Estoy embarazado y no de un bebé

humano sino de un guanaco

que tras breve, suficiente, veterinaria crianza

arrojaré de mi seno a la cordillera.

Después de tantos y tantas que murieron

en los experimentos incontrolables del amor,

aprendí por fin a dar vida conmigo mismo,

a repoblar la naturaleza yo solo.

Por eso mi cesárea será un harakiri,

con nomás la luna llena y la intemperie,

para que nazca mi guanaco de varón,

hijo del dolor que ya camina

sobre un charco amniótico de sangre,

por un corte de helada soledad,

un balido indemne.

Me cosí mal, con viento

que traía disparos de caza

y arroyos con veneno de la técnica del siglo.

Pero unos yuyos se acercaron

y entre cantos me ayudaron.

Y así, después de la teta lo vi

ir a jugar con los otros guanacos del valle,

divinos, igualitos a él.

Pablo Grasso


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