Batalla de Caseros: El fin de la tiranía rosista

Cuando unitarios y federales luchaban, luchaban y luchaban cada uno de ellos por imponer su impronta a la nación.

Hacia 1850 nuestro país en realidad no era un país. No se encontraba totalmente ensamblado como un verdadero estado nacional. Un conjunto de provincias unidas por un pasado, una idiosincrasia y un sentimiento en común constituían, junto al Imperio del Brasil, las fuerzas más potentes de Iberoamérica. Efectivamente, el elemento aglutinante en la “Provincias del Plata” como se llamaba por aquel entonces a Buenos Aires y “los trece ranchos federales” era la figura del gobernador bonaerense, don Juan Manuel de Rosas. El célebre dictador manejaba con un fuerte sentimiento nacionalista y puño de hierro los destinos de ese conglomerado homogéneo que se hallaba en disputa permanente. Unitarios y Federales luchaban, luchaban y luchaban cada uno de ellos por imponer su impronta a la nación. Don Juan Manuel decíase federal, pero en realidad, y de esto han hablado mucho los historiadores, gobernaba como un unitario, centralizando todo el poder en su persona y en su provincia, Buenos Aires. El Restaurador de las leyes era el encargado de las relaciones exteriores de todas las provincias, y tenía además la suma del poder público, lo cual lo convertía en virtual dictador y poco menos que dueño de vidas y haciendas de los habitantes de la Nación. Su gestión había sobrevivido a varios pronunciamientos en su contra; a revoluciones que habían pretendido derrocarlo, entre ellas una llevada a cabo nada más y nada menos que por el célebre General Juan Lavalle; a intentos de potencias europeas por intervenir en esta parte de América (Francia e Inglaterra), incluso sus enemigos habían tratado de asesinarlo (el atentado urdido por los unitarios a través de la “máquina infernal”). De tal manera, su poder se había ido consolidando, y el pueblo se hallaba sometido a sus caprichos y al terror que imponía sobre los habitantes de Buenos Aires y las demás provincias.

Don Juan Manuel manejaba el país con el mismo celo que maneja a una estancia su propietario. Su régimen se apoyaba en las masas populares, los negros y mulatos que por aquel entonces abundaban en nuestro suelo, y en una serie de obsecuentes caudillos de provincia que lo sostenían y apoyaban. Los intelectuales en su gran mayoría habían debido huir a Chile y Montevideo que contaba con un gobierno que simpatizaba con los Unitarios.

Hacía varios años que Montevideo se hallaba sitiada por las fuerzas leales a Rosas, a través del caudillo oriental el General Manuel Oribe.

Periódicamente, el “Restaurador” manifestaba su renuncia al encargo de las relaciones exteriores alegando razones de desgaste y de salud…sólo para obtener de parte del resto de las provincias la confirmación una y otra vez, de tales atribuciones, lo cual renovaba su poder.

Sin embargo, existía un caudillo provincial que, con características muy parecidas al dictador, sería el encargado de acabar con ese poder que a los argentinos se les antojaba eterno…

“LOS MACACOS, LOS DOCTORCITOS Y EL LOCO TRAIDOR SALVAJE UNITARIO URQUIZA…”

El Gobernador de Entre Ríos, don Justo José de Urquiza hacía tiempo que se hallaba un tanto resentido con Rosas. Razones no le faltaban al hombre. Se imaginaba toda una vida relegado a un triste papel de lugarteniente del dictador, veía desde su provincia como los años pasaban y Rosas vegetaba en el poder sin siquiera amagar a dar una Constitución a la nación; y además hacía un tiempo había sido desairado públicamente por don Juan Manuel, quien lo había desautorizado en ocasión de la firma del Tratado de Alcaraz con los correntinos Madariaga.

Urquiza era un caudillo con luz propia. Dueño de una cuantiosa fortuna, amo y señor de un ejército perfectamente disciplinado y veterano que se apoyaba en una formidable fuerza de caballería, no temía a Rosas.

Además sabía de los intereses que tenían tanto Brasil como el Paraguay en una supuesta caída de Rosas. Los brasileños porque veían con temor el creciente prestigio de Rosas en Sud América y conocían el fomento que hacía el dictador argentino a los gaúchos de Río Grande do Sul para que declararan la independencia del Imperio. En cuanto a los paraguayos, vivían atemorizados pensando que en cualquier momento Rosas les iba a caer encima, pues ya estábamos en 1850 y jamás les había reconocido su independencia de España. Todo ello sin contar a los miembros del Partido Colorado de Uruguay que eran afines con nuestros Unitarios, y los mismos Unitarios de Buenos Aires (“los doctorcitos”) que conspiraban desde el exilio en Chile y Montevideo para que cayera el dictador.

Así las cosas, un primero de mayo de 1851 se produce el histórico “Pronunciamiento de Urquiza” que no es otra cosa que un decreto en el cual la provincia de Entre Ríos decide reasumir la conducción de sus propias relaciones exteriores sin renovar tales funciones en la persona del Dictador Juan Manuel de Rosas; y aceptándole la habitual “renuncia” que hacía Rosas a dicho cargo. La provincia de Corrientes, influenciada por Urquiza inmediatamente hizo lo mismo, lo cual constituía en los hechos una virtual declaración de guerra a Rosas.

Ello significaba el comienzo de las hostilidades.

A todo esto, Urquiza había acordado con Brasil que éste Estado iba a colaborar con dinero, y su flota para facilitar el cruce de los ríos por las tropas de Urquiza, además una dotación de soldados brasileños quedarían como ejército de reserva en la Banda Oriental, al mando del Marqués de Caxías.

Lo primero era liberar a Montevideo del sitio, para ello era necesario derrocar a Oribe…

Luego diría Rosas, resentido, “a mí en realidad me han volteado los macacos”

En realidad el aporte efectivo del Brasil en tropas para la histórica batalla fue ínfimo, el grueso de su tropa quedó en Uruguay amenazando a Rosas desde la Banda Oriental.

Una vez desarticulado el sitio de Montevideo Urquiza decidió marchar sobre Buenos Aires, al mando de lo que se había dado en llamar “Ejército Grande de la América del Sur”.

El uruguayo Manuel Oribe se había rendido prácticamente sin presentar batalla, lo mismo había hecho el gobernador de Santa Fe don Pascual Echagüe. Lo que ocurría es que estaban desmoralizados al ver que Rosas no se decidía a tomar medidas concretas para detener el avance de Urquiza.

¿Por qué Rosas no actuó y sólo se limitó a esperar a su adversario para presentarle batalla prácticamente a las puertas de Buenos Aires?

Mucho han especulado los historiadores sobre eso. La verdad es que el ejército de reserva que había dejado Urquiza en Colonia (Uruguay) amenazaba a Buenos Aires, y el dictador temía que si salía de su provincia, podían cruzar el río y ocupar la ciudad.

“VÉANLO AL VIEJO BAILANDO”

Luego de años de persecuciones, luchas, derrotas, penurias, destierros y pobreza, habían regresado para sumarse a la campaña del General Urquiza algunos exiliados, entre ellos un hombre que, no teniendo cargo militar ni antecedentes en el orden castrense, y siendo, sin embargo un hombre de mérito y reconocido prestigio en la faz literaria e intelectual, se hizo reconocer el grado de Coronel de Ejército y a falta de cualquier otra jerarquía, se agregó como volatinero en el Ejército Grande, era un tal Domingo Faustino Sarmiento…

Venía además un joven Coronel de Artillería, unitario de alma, porteño de pura cepa; que luego sería quien vencería al mismísimo General Urquiza y terminaría definitivamente con el poder de los caudillos. Nada más y nada menos que Bartolomé Mitre.

Ambos, Mitre y Sarmiento habían vivido mil penurias durante la tiranía, y tenían la esperanza de regresar definitivamente al país.

Terminada la contienda, ambos se encontrarían en el mismo campo de batalla y se abrazarían emocionados. Luego, a su turno, los dos, llegarían a Presidentes de la Nación, y pasarían a la Historia como algunos de los mejores estadistas con los que hemos contado.

El sanjuanino nos ha dejado un hermoso libro sobre sus impresiones en la marcha del Ejército Aliado (“Campaña en el Ejército Grande”).

Sarmiento y Urquiza jamás simpatizaron. El sanjuanino no toleraba a un personaje que para su gusto era demasiado parecido a Rosas y el entrerriano no soportaba a esos intelectuales que para su gusto lo único que hacían era escribir sin aportar nada concreto. Ambos eran hombres valientes.

Una noche, estando en campaña, se ofrece un baile al cual concurre toda la oficialidad de Urquiza. Sarmiento, que, joven aún, ya lucía la calva con la que lo observamos en todos los retratos, bailó una contradanza y se retiró. Urquiza habría comentado entre sus oficiales, burlonamente, “Véanlo al viejo bailando…”.

Urquiza tenía algo del carácter burlón y la agudeza para conocer al ser humano de Rosas. No se equivocaba Sarmiento, había mucho de Rosas en él.

Hábil billarista, eximio bailarín, había sembrado hijos por todo el litoral. Los demás soldados, por hacer bromas sobre los entrerrianos, los llamaban “los hijos de don José”. Lucio Mansilla hijo, el escritor, nos deja una anécdota que nos pinta de cuerpo entero al caudillo entrerriano. Relata que había un hombre que necesitaba un ascenso y que había ayudado mucho a Urquiza en el Paraguay. A instancias de su esposa, que lo empuja para que se presente al General y le recuerde la ayuda prestada, el hombre va y se anunciar en el Palacio San José, en Concepción del Uruguay, residencia de Urquiza. Allí el gran hombre caminaba entre los jardines (era muy tacaño con las plantas) con un jugoso durazno en las manos, al ver al hombre, de inmediato lo observa atentamente, cavila durante unos segundos, y le dice con amabilidad, ofreciéndole el durazno: “Adelante mi amigo, sírvase este rico durazno, no crea que he olvidado los servicios que me prestó estando yo en el Paraguay”.

Para ser caudillo, había que conocer el alma humana…

LA BATALLA: “¡SOLDADOS! ¡BUSCAD A VUESTRO GENERAL EN EL CAMPO DE BATALLA!”

Urquiza contaba con aproximadamente 24.000 hombres veteranos y una fuerza de caballería que se contaba “entre las mejores del mundo”; apoyada por cincuenta y cinco piezas de artillería y un ejército de reserva de nueve mil hombres, acampados en Colonia (Uruguay). Rosas se le oponía con 22.000 hombres aproximadamente y un parque de artillería levemente superior, pero con una tropa que presentía que se avecinaba el final de un ciclo.

Poco tiempo antes, al ver la desorganización que imperaba en el Ejército de Buenos Aires, su comandante, el General Ángel Pacheco, había renunciado a su cargo y se había retirado a su estancia con quinientos jinetes. Esto había motivado a don Juan Manuel a asumir personalmente la dirección de las operaciones.

La división Aquino, compuesta por los veteranos del sitio de Montevideo, que habían sido obligados a servir a las órdenes de Urquiza se habían sublevado en Rosario, matando a sus oficiales y se habían ido a ofrecer al cuartel general de Rosas, quien les había felicitado “por su patriotismo y lealtad”.

El Restaurador había confiado a su cuñado, el General Mansilla (padre) una eventual defensa de Buenos Aires quien con una “Guardia Nacional” debía permanecer en la capital y defender la ciudad ante un eventual triunfo de Urquiza. Esa “Guardia Nacional” estaba compuesta por jovencitos de entre catorce y dieciséis años producto de una leva llevada a cabo a último momento.

Finalmente, en el amanecer del día 3 de febrero de 1852 ambos ejércitos maniobraron y se encontraron frente a frente en los campos de una estancia llamada “Caseros” en las inmediaciones de lo que es actualmente “El Palomar” en terrenos donde se ubica el Colegio Militar. Se le llama “El Palomar” porque existía una construcción circular que albergaba palomas.

Allí Urquiza arenga a sus soldados: “¡Soldados! ¡Si el tirano y sus esclavos os esperan, enseñad al mundo que sois invencibles, y si la victoria por momentos es ingrata con alguno de vosotros, buscad a vuestro General en el campo de batalla!”

La batalla, que no fue un dechado de virtudes en cuanto a táctica, duró aproximadamente seis horas, y en ella vemos al mismísimo General Urquiza comandando una carga de caballería de sus famosos jinetes entrerrianos. Los dos flancos del ejército rosista cedieron rápidamente, y sólo se mantuvo firme el centro, al mando, insólitamente, de un artillero unitario: El Coronel Martiniano Chilavert. Ese día su batería tiró todos los proyectiles que poseía y cuando no pudo seguir combatiendo, esperó fumando tranquilamente a los vencedores que vinieran a prenderlo. Cuando lo tomaron prisionero, fue llevado en presencia de Urquiza, protagonizando una fuerte discusión con éste, quien ordena sea fusilado por la espalda, como se fusilaba a los traidores. Chilavert mantuvo su dignidad hasta el final y afrontó como un valiente al pelotón de fusilamiento. Ha pasado a la posteridad como “El fusilado de Caseros”.

A media tarde comenzaron a llegar a la ciudad de Buenos Aires las noticias sobre el triunfo de Urquiza.

Rosas, acompañado de un edecán, y montado en una yegua a la cual llamaba “Victoria” (por el nombre de la reina inglesa), en un lugar llamado “Hueco de los Sauces” (actual Plaza Garay) redactó su renuncia con un lápiz. Había sido herido en su mano izquierda.

Por su parte Urquiza ingresó en la ciudad montado en su caballo y ataviado de manera curiosa: lucía una galera y un poncho gaucho. La ciudad, con la mayoría de sus edificios pintados de colorado (el color federal) lo recibió en silencio. Algún silbido, y un solitario grito de “¡asesino!” que partió desde alguna ventana, fue lo único que escuchó. Instaló su cuartel General en Palermo, donde había sido la residencia de Rosas (actual Parque 3 de Febrero) y desde allí contuvo algunos intentos de saqueos. Con energía ordenó fusilar en el acto a todo aquel que cometiera desmanes en la ciudad. El jefe del grupo parapolicial “Sociedad Popular Restauradora” (La Mazorca, o “Mashorca” como la llamaban los unitarios) el mendocino Ciriaco Cuitiño sería también ajusticiado junto a otro federal: un pulpero llamado Leandro Alem (padre del líder radical). Otro que padeció la justicia sumaria de Urquiza fue el Coronel rosista Martín de Santa Coloma y Lezica, quien fue degollado por la nuca. Lo que ocurre es que ambos, eran notorios degolladores durante el régimen de Rosas.

Sin embargo, Urquiza lanzó un bando proclamando que no había “ni vencedores ni vencidos” y, federal al fin y al cabo, ordenó continuar con la obligatoriedad del uso de la divisa punzó. Cosa que molestó mucho a Sarmiento y precipitó la ruptura del sanjuanino con el nuevo régimen.

Rosas entretanto, se refugió en la Legación Inglesa, donde fue recibido por el enviado (así se llamaba por aquel entonces a quien cumplía las funciones de Embajador) Mr. Gore, quien junto a su hija Manuelita, lo hizo embarcar en un barco inglés (disfrazado de marinero).

¿Qué fue de todos ellos con los años?

Rosas viviría hasta avanzada edad y terminaría sus días como granjero en Inglaterra, compartiendo amistades con Lord Palmerston (Primer Ministro de la Reina). Pasaría algunas penurias económicas, pues no había sido previsor y sus bienes en Argentina luego le serían confiscados y los perdería.

Quedaría sumamente resentido con unos parientes suyos: los Anchorena. Insólitamente, en algún momento intercambiaría correspondencias con Urquiza, reconciliándose y recibiría del entrerriano alguna ayuda (mil libras esterlinas) para sufragar sus gastos en Inglaterra.

Urquiza luego perdería la Batalla de Pavón contra Mitre, y se retiraría a vivir como un señor feudal en Entre Ríos y un día sería asesinado frente a su propia familia por una horda de criminales enviados por Ricardo López Jordán.

Mitre viviría muchísimo tiempo, sería Presidente de la Nación y conduciría malamente a nuestro Ejército a ganar la Guerra del Paraguay. Incluso llegaría a participar en un famoso “meeting” en donde comenzaría a forjarse lo que es actualmente el Partido Radical.

Sarmiento llegaría a Presidente de la Nación y sería recordado como uno de los grandes próceres de nuestro país.

Los terrenos donde se ubicaba la residencia del célebre dictador argentino Juan Manuel de Rosas se convertirían en un hermoso paseo con lagos en la ciudad de Buenos Aires.

Pero esas son otras historias…

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3 de Diciembre de 2016|22:55
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  1. Los macacos todavía guardan los recibos firmados por Urquiza por coimas (no me atravería a llamarlos sueldos). La historia brasileña refiere que se enviaron 18000 soldados brasileños y que los 6000 entrerrianos fueron mandados al frente del ataque Para Brasil fue la venganza de la guerra anterior y la refieren como la total y definitiva derrota de la Argentina. Hasta recuperaron las banderas tomadas por Lavalle y todo Cuando los brazucas se fueron (previo asegurar la "libre" navegaciones de los rios interiores argentinos), los porteños se sublevaron contra Urquiza y este traidor no tuvo como contener a los rebeldes porque carecía de fuerzas. Eso demuestra que el ejercito de Urquiza había quedado muy mermado y que la mayoría de las fuerzas eran imperiales Coincidiendo con tatekieto, contemos la verdad
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  2. Un par de precisioncitas que no está bien soslayar: a) terminada la batalla y rendidos los últimos cuadros rosistas por falta de municiones para seguir peleando, las tropas "vencedoras" recibieron órdenes precisas de "no tomar prisioneros" de determinados cuadros oficiales y en incluso batallones; (cosa que se excacerbó después de que el coronel Chilavert le enrostró a Urquiza en la cara su condición de agente a sueldo de los enemigos de la Confederación). Fue una carnicería que la historiagrafía elude citar. Y b) Urquiza recibió, además de pertrechos, batallones enteros del entonces imperio del Brasil, para apoyarlo en su campaña y lo que es peor y más indigno: Urquiza recibió sueldos brasileros (y probablemente europeos) durante mucho tiempo antes y después de Caseros; lo que lo muestra ser no como el prócer marketineado de la historia liberal, sino como el mercenario venal, sátrapa al servicio de poderes extranjeros que sí fue. No fue el único vendido (hasta hoy los hay!) y Rosas tampoco un querubín impecable, pero justo es contar la historia completa.
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