Nicanor: Sobre la muerte de M.

Las vivencias se entrecruzaban a diestra y siniestra, con una fuerza exorbitante, cuando le avisaron del fallecimiento de su amigo.

 Y murió. Otra alma que tribularía en la etérea condición que deviene con la muerte. Cuando le comunicaron a Nicanor que su mejor amigo ya no se encontraba entre los mortales, inmediatamente, un manto de recuerdos invadió su conciencia. Uno a uno fueron proyectándose, más recientes unos que otros, y tenía la impresión de que a cada uno le correspondía una emoción determinada. Las vivencias se entrecruzaban a diestra y siniestra, con una fuerza exorbitante. Esto se podía explicar debido a la magnitud de lo acaecido, el impacto de la noticia saltaba a la vista, su mundo interno no podía asimilar aquella fatalidad, no encontraba la forma, esto era un hecho. Se veía compelido, por vez primera, a interactuar de cerca con los mecanismos que se yerguen en el plano simbólico tras el advenimiento de una muerte; y eso no le resultaba para nada fácil. Al pensar en la muerte de su amigo no como algo irremisible, sino como un hecho fortuito, inexorable, podía mitigar un poco la turbiedad con que se presentaban las cosas. Se hallaba circunspecto a ciertas limitaciones en su intento por erigir una razón de ser a cuanto sucedía, ahora más que nunca le resultaba inasequible hacerse con un pensamiento claro, despojado del bullicio insostenible que trae aparejado la elaboración de semejante pérdida. Lo que antes permanecía rezagado, bajo el velo de lo desconocido –el concepto de muerte-, ahora se encontraba en estado de ebullición. Una batahola de significados pugnaba por salir y dotar de sentido a la situación, pero la realidad se mostraba desnuda, desprovista de cualquier tipo de defensa, y mientras una parte de esos significados adquiría cuerpo, el resto permanecía fútil, sin una concatenación.

Su amigo se había ido (en adelante, ya no existiría como una entidad corpórea, nunca más sería visible para el resto, al menos en un plano físico, no así en el espiritual), y la pregunta que comúnmente surge en estos casos “¿por qué pasó esto?”, demandaba una respuesta. La psicología de Nicanor había sido atacada, se hallaba en ruinas. “<Si una persona tan pura de alma, joven, lozana, bondadosa y alegre, como lo era mi amigo -me cuesta creer que de ahora en más deba referirme a él en pasado- puede desaparecer sin más, entonces yo también puedo correr la misma suerte, no estoy exento>”–se debatía Nicanor por dentro. Era como si una leve brisa hubiese soplado a su amigo tal como a una hoja, y ahora estuviese deambulando en otros confines. Un sentimiento incierto que no podía traducirse en palabras se había alojado en el espíritu de Nicanor, sólo tenía la certidumbre de que se trataba de algo complejo que escapaba a su entendimiento. Los escollos subterráneos a los que debía hacer frente, se multiplicaban cada vez más, y lo cierto es que hubiere deseado no atravesar aquel nefasto momento, tan sórdido y estrambótico como ningún otro. A la vez, había algo sumamente discordante alrededor de todo el cuadro, puesto que albergaba un cierto sentimiento de alivio: “<podría haber muerto yo, pero le tocó a él>”–cuando se decía eso a sí mismo, no podía evitar sentirse sucio y terriblemente culpable. Si se quisiera describir minuciosamente todo a cuanto hubo de exponerse la psiquis de Nicanor, no bastarían los análisis y observaciones, y sobrarían las conjeturas, ya que para entender gran parte de las cosas que nos rodean, muchas veces es necesario haber pasado por ellas antes.

A continuación, una descripción de los hechos:

Madre: No, no, no… ¡¿Qué?! ¡Dios mío! No puede ser verdad.

Nicanor: ¿Qué sucede? ¿Madre? ¿Qué…?

Madre: Tu amigo M., falleció. Sí, él.

Nicanor: …

Madre: No puedo creerlo –la madre de Nicanor se encontraba sumamente angustiada, el llanto había desfigurado su rostro, y sus ojos lacrimosos lo decían todo.

Nicanor: ¿Qué? ¿Cómo que murió? ¿Qué pasó? –las preguntas iban dirigidas a su madre, la cual se había desvanecido, y mientras Nicanor abanicaba un diario sobre su rostro para abastecerla con aire y así poder respirar mejor, sentía que algo andaba mal. Aquello no podía tratarse más que de una pesadilla de mal gusto, pero la realidad le mostraría otra versión.

Madre: Un joven tan bueno, que no le hacía daño a nadie, no tenía maldad alguna. –dijo.

Sentada en una de las sillas de la sala principal, conmocionada por la noticia y con el corazón que se le iba en palpitaciones, intentaba componerse mientras se secaba las lágrimas producto del dolor y la confusión.

Nicanor: No entiendo, ¿Qué pudo haber pasado? ¿Qué fue lo que te dijeron? –quería saber cuanto antes qué le había ocurrido a su amigo. Y aunque se mostrase impasible por fuera, no afectado ni en lo más mínimo, y hasta arrogante con su talante despectivo, por dentro había colapsado.

Madre: Al parecer, se cayó de la cama luego de un ataque de epilepsia, pero no lo sé, no estoy segura. Él tomaba pastillas, y a veces se perdía ¿recuerdas? –le preguntaba aturdida a Nicanor.

Nicanor: Sí, sí, lo recuerdo. –atinó a decir sin ánimo.

Madre: Lo velarán por la tarde, así que debemos estar listos. –dijo.

Una vez en la sala velatoria, Nicanor y la madre de su amigo fallecido se dispensaron un gran abrazo, cargado de dolor y sufrimiento a flor de piel. Le dio sus condolencias, evitando usar palabras de más para no incomodar a los dolientes. El ambiente en la sala era mortuorio, insípido, como cabe esperar en esas circunstancias. Cuando hubo concluido de saludar a la familia del difunto, se dirigió a uno de los rincones de la sala donde se situaba el féretro. Allí estaba el cuerpo de M., inmóvil, más vivo que nunca, el rostro rozagante y beatífico producía la sensación de que aquél sólo se encontraba durmiendo, y que de un momento a otro abandonaría tal estado de reposo. Atrás, a pocos metros del féretro, se podía observar una buena cantidad de rosas y estampas con distintos santos como ofrenda. La ingravidez en los rostros de los allí presentes, sumado al olor inmanente del lugar (símil al olor de los hospitales, donde las personas también descansan, y donde también van a morir), hacían que uno se sintiera peor de lo que ya estaba. Mujeres, hombres, ancianos, y niños, todos, acariciaban suavemente el rostro y las manos de M., al mismo tiempo que proferían sus plegarias, pero Nicanor repudiaba dicho acto, el cual, según opinaba, no se trataba más que de un teatro banal, un acoso mundano e innecesario hacia al muerto. Al salir de la sala, la idea de que un féretro fuere ocupado por él algún día, y de que alguien acariciase su rostro y sus manos una vez allí, lo estremeció con suma gravedad, por lo cual, se juró a sí mismo sacarle el mayor provecho a cada uno de los momentos por vivir.

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