Hombres de bronce, de carne y de hueso: Manías y rarezas de nuestras celebridades (segunda parte)

Ellos están en los libros de Historia porque construyeron nuestro país, pero eran humanos, por lo tanto, tenían sus "cositas".

Más allá de haber sido prohombres, o personajes más o menos polémicos y discutidos por nuestros historiadores; han sido seres de carne y hueso que adolecían de las fallas de cualquier hijo de mujer. Había algunos valientes a toda prueba que temblaban ante una tormenta eléctrica; veteranos de mil batallas que vivían en constante zozobra y temor a ser envenenados; burlones y sádicos incorregibles. En fin, "de todo hay en la viña del señor". Observémoslos como simples mortales y tal vez eso nos ayude a comprenderlos mejor.

BERNARDINO RIVADAVIA: afectación e hipocondría del "más grande hombre civil de los argentinos"

Según Bartolomé Mitre, era "el más grande hombre civil de los argentinos". Su apariencia no era precisamente la de un héroe romántico y bien parecido, todo lo contrario. Gordito, retacón y con la piel un tanto más oscura que lo que aconsejaba el buen gusto por aquellos tiempos, era llamado despectivamente "el mulato Rivadavia" por algunos de sus enemigos más malintencionados. Esa "acusación" sería desautorizada por algunos historiadores al afirmar que el hombre había estudiado en el Real Colegio de San Carlos, en el cual se exigían pruebas de la "pureza de sangre" de los aspirantes.

Veamos cómo es descripto por un contemporáneo suyo: “Don Bernardino parece hallarse entre los cuarenta y los cincuenta años de edad; tiene unos cinco pies de alto (aproximadamente un metro y medio), y casi la misma medida de circunferencia; el rostro es oscuro aunque no desagradable, y revela inteligencia, por sus facciones parece pertenecer a la antigua raza que tuvo por morada a Jerusalem. Vestía una casaca verde abotonada a lo Napoleón; sus calzones cortos, si puede llamárseles así, estaban ajustados a las rodillas con hebillas de plata. El conjunto de su persona no deja de parecerse a los retratos caricaturescos de Napoleón; y en verdad, según se dice, gusta mucho de imitar a ese célebre personaje en aquellas cosas que pueden estar a su alcance, como el corte o color de su levita; o lo hinchado de sus maneras…” (J.A.B. Beaumont en: “Viajes por Buenos Aires, Entre Ríos y la Banda Oriental”).

Sin embargo, dicha circunstancia no había sido óbice para que el gran hombre formalizara un casamiento harto conveniente: había contraído matrimonio nada más y nada menos que con la hija del Virrey Joaquín del Pino, a quien amó tiernamente. “¡Mi Juanita ha muerto!” le escribe desolado, desde España a un amigo, al perder a su compañera.

Parece que el nuestro primer Presidente era todo un afectado en sus modos y maneras; que por aquellos tiempos obligaba a todo empleado de la administración pública a asistir de corbatín blanco a cumplir sus funciones, hablaba intencionadamente con una parsimonia poco común, vestía a la europea y prácticamente obligaba a sus subalternos a imitarlo.

Durante su exilio en España habría sufrido de una aguda hipocondría a consecuencias de la cual decíase enfermo de distintas dolencias inexistentes. Además, si bien murió relativamente joven (65 años), parece ser que en sus últimos tiempos iba perdiendo paulatinamente la memoria, según hace constar Ramos Mejía en su libro “Las Neurosis de los hombres célebres”.

ALMIRANTE GUILLERMO BROWN: Un lobo de mar que vivió en constante zozobra.

Se había hecho prácticamente solo en la vida. A los diez o doce años había viajado a los Estados Unidos desde Irlanda en busca de trabajo, y a poco de llegar su padre había muerto. Desde entonces se había convertido en un niño de la calle que se ganaba el pan como podía. Hasta que un día, lo admitieron como grumete en un barco norteamericano, y aprendió el oficio de marino en esa ruda escuela.

Es considerado el padre de nuestra Armada Nacional, y fue sin dudas un marino excepcional.

No obstante, aunque parezca paradójico, este hombre de mar habría vivido gran parte de su vida obsesionado y en constante zozobra por el temor a ser envenenado. Efectivamente, su delirio de persecución lo llevó en algún momento de su vida a un intento de suicidio, pues llegó a arrojarse de un balcón y fracturarse una pierna.

Durante su juventud y madurez si bien ya comenzaba a manifestarse de alguna manera su dolencia, esta no era aguda. Mientras estaba embarcado siempre tenía algún ayudante cerca para que probase su comida, pues, como dije, vivía obsesionado con la idea de “los ingleses” iban a envenenarlo. Sus hábitos de vida eran por demás ordenados y austeros, se levantaba antes de salir el sol, desayunaba una taza de té a la cual agregaba dos cucharadas de sopa y una de leche. Luego a las ocho tomaba “su almuerzo” que consistía siempre en lo mismo: un grueso bife a medio asar acompañado de mostaza y tres huevos pasados por agua. El pan lo comía con manteca; y tenía buen cuidado de vigilar personalmente el perfecto aseo de los utensilios. Sostenía que el café era un veneno y que los ingleses habían pretendido envenenarlo con café en las Antillas, por eso la tripulación tenía prohibida dicha bebida.

Era nuestro Almirante un ferviente católico que donaba parte de su sueldo a la Monjas Catalinas. Su sueño no era tranquilo, pues soñaba constantemente e incluso hablaba dormido. Una mañana se levantó con la convicción que había un “envenenador” a bordo y mandó arrestar a su Oficial Álvaro Alzogaray, lo cual no impidió que al llegar el momento de la batalla, lo mandara liberar para “darle oportunidad de que cumpliera con su deber como es debido”.

Con los años, sus obsesión fue agudizándose, y se retiró a vivir en compañía de su esposa en las cercanías de los que es actualmente la cancha del Club Boca Juniors. Pasaba sus días prácticamente encerrado, raramente salía de su casa, la cual tenía las ventanas a demasiada altura con el fin que nadie pudiese ver lo que ocurría dentro. El “Viejo Bruno” como lo llamaba Rosas (que siempre lo respetó), vivió los últimos años, como dijimos, en constante zozobra.

FRAY LUIS BELTRÁN: Una altanería y un desaire de Bolívar desencadenaron su dolencia.

El famoso fraile iluminaba con antorchas los torrentes durante el cruce de Los Andes para facilitar el paso del Ejército de San Martín. Estando en Lima, y con motivo de hacer una observación a Simón Bolívar, éste, a quienes sus enemigos llamaban burlonamente “El longanizo”, lo desautorizó y maltrató públicamente, provocando una aguda depresión en el religioso, que según los historiadores, terminó con un intento de suicidio (habría intentado ahorcarse), del cual fue afortunadamente rescatado con vida, pero perdió temporalmente la razón y andaba en Lima corriendo por las calles y vendiendo figuritas.

GREGORIO ARAOZ DE LAMADRID Y RUDECINDO ALVARADO: “¡Santa Bárbara doncella, líbranos del rayo y la centella!”

El General Lamadrid, Quien fuera por algún tiempo Gobernador de Mendoza, famoso guerrero de la Independencia, militar unitario, destacado por enfrentarse a Facundo Quiroga, llamado por Sarmiento en su “Facundo” “El más valiente de los valientes”; y según el mísmisimo San Martín, era, tal vez, aquel que tenía más valor personal. Famoso por haber participado en más batallas que ningún otro de nuestros militares. Había abrazado a su compadre Dorrego momentos antes de su fusilamiento, no obstante pertenecer a dos bandos enfrentados. También tenía su lado flaco, al igual que don Rudecindo Alvarado, Guerrero de la Independencia. Veamos lo que nos cuenta Ramos Mejía:

“El ruido de los truenos -por ejemplo- bastaba para despertar en dos de nuestros más reputadísimos valientes, ciertos estados de ánimos penosos, que constituían sus pequeñas neurosis. La Madrid y el general Alvarado, que se hubieran batido solos contra una legión de demonios, no podían oír tronar sin sentir sus carnes crispadas por el más incomprensible terror. Alvarado se envolvía en géneros de seda y hasta se echaba debajo de la cama para huir del rayo; y el general La Madrid caía de rodillas en un acceso de inconcebible pantofobia, acariciando el rosario y temblando como un azogado. Cuentan que le temblaban las mandíbulas hasta reproducir ese repiqueteo desagradable que en el chucho del miedo produce el choque de los dientes; que latía con impaciencia su corazón y que una palidez lívida, la palidez del miedo supersticioso, invadía súbitamente su rostro.” (Ramos Mejía en: “Las Neurosis de nuestros hombres célebres)

JOSÉ FELIX ALDAO: El fraile General

Hace poco, la película “Revolución” protagonizada por Rodrigo de la Serna, en el papel del General San Martín, nos muestra una imagen absolutamente deformada del Fray Aldao. La imagen física no tiene nada que ver en cómo era en realidad. En el film vemos a un sujeto redondeado, más bien torpe, cuando en verdad era un hombre de rostro duro, afilado, con patilla unida al bigote, bien parecido.

Este hombre, que era un sacerdote, fue famoso por su crueldad. Acompañó al Ejército de Los Andes en la campaña de Chile, y en el combate de Guardia Vieja, no pudiendo dominar su naturaleza violenta, dejó de lado sus deberes espirituales y tomando un sable comenzó a sablear españoles de manera feroz. Luego, a instancias del General Las Heras, continuó combatiendo en otras batallas de dicha campaña.

En nuestras guerras civiles combatió del lado federal, llegando a ser, tal vez, el lugarteniente más importante de Facundo. Incluso llegó a ser gobernador de Mendoza. En oportunidad de llevarse a cabo la Batalla del Pilar muy cerca de la capital mendocina, Aldao, al conocer la muerte de su hermano a manos de los unitarios (le habían disparado en el rostro), ordenó la ejecución de más de cien oficiales del bando contrario. En dichos fusilamientos perdió la vida Francisco Narciso de Laprida, quien fuera Presidente del Congreso de Tucumán, incluso Sarmiento alcanzó a huir a tiempo.

Sarmiento escribiría una biografía de él, donde lo describe como un hombre sumamente cruel y desalmado. Según algunos historiadores Sarmiento afirmaba que había llegado a castrar prisioneros.

Hizo fusilar al General Acha y luego ordenó cortar la cabeza del mártir y exponerla en lo alto de una pica. Acha lo había vencido un tiempo antes en la Batalla de Angaco, encuentro legendario, reputado como el más sangriento de nuestras guerras civiles. Algunas crónicas refieren casos curiosos: algunos oficiales de desafiaban a duelo en medio de la batalla y se batían allí mismo.

El Fraile General comenzó a enloquecer y paulatinamente fue tornándose en un alcohólico contumaz.

Aldao fue tomado prisionero por Lamadrid, luego de la batalla de Oncativo, Córdoba. Resulta muy interesante el relato de los hechos que nos hace el mismo Lamadrid en sus Memorias: “Cuando yo me dirigí a los dos hombres de la escolta de Quiroga, que mandé lancear, mi fuerza pasó en la persecución de la caballería enemiga, y a las dos o tres cuadras de haberme yo separado, conoce mi ya referido soldado al General Aldao (había sido prisionero suyo poco tiempo antes) y embístelo con su lanza gritando “¡Aquí está el fraile Aldao!” y le tira una lanceada.

El fraile, que iba borracho, y probablemente con la cincha floja, tiéndase sobre un costado del caballo para huír de la lanceada, y el recado se le da vuelta, y cae (…)

El General Aldao fue mandado a la plaza de Córdoba y el Coronel don Hilarión Plaza, mendocino, que lo conducía, parece que lo hizo entrar montado en un burro y fue bastantemente burlado por la chusma. Algo más necesitaba un apóstata que tantas carnicerías había practicado en Mendoza…”

Pero los crímenes de este personaje no terminaron allí, luego de la batalla de Rodeo del Medio en Mendoza, fue responsable de ejecutar a todos los soldados vencidos que huían luego de la derrota del bando unitario en dicho enfrentamiento.

Aproximadamente dos años antes de morir, le apareció una protuberancia en la frente al Fraile, la cual fue creciendo y se tornó cada vez más dolorosa. Fue operado el tumor sin anestesia, extirpándoselo y sacando parte del hueso que se hallaba comprometido; con el sufrimiento espantoso del paciente que el lector imaginará. Finalmente, luego de un tiempo, y en medio de horribles dolores expiró, haciendo constar en su testamento que deseaba ser sepultado con el hábito de monje dominico y el uniforme de general, uno sobre otro.

De cábalas, cabuleros, supersticiones y supersticiosos

El mismo Fray Aldao, a quien acabamos de referirnos, encontraba de muy mal augurio perder el rebenque antes de la misma, por ello lo cuidaba tanto o más que a su caballo o a su espada.

El poeta Juan Crisóstomo Lafinur no podía observar un espacio vacío, ni pasar por un puente alto, ni subir a una torre sin caer presa del pánico, pues el pobre hombre sufría de tremendos vértigos.

El General Juan Facundo Quiroga no salía de su casa, ni se presentaba en batalla los días trece. Además era muy conocida la afición enfermiza que sentía, una verdadera adicción en realidad, por todo juego de azar. Solía montar un famoso caballo moro, del cual el General aseguraba que el animal le hablaba antes de las batallas. En una batalla contra el General Paz tuvo la desgracia de perderlo y fue a caer en manos del Brigadier López, que jamás se lo devolvió, no obstante interceder el mismísimo Juan Manuel de Rosas para ello. Quiroga y López jamás simpatizaron. A tal punto que el General Paz en sus memorias acusa a López del asesinato del Tigre de los Llanos en Barranca Yaco.

Opiniones (1)
9 de Diciembre de 2016|05:32
2
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9 de Diciembre de 2016|05:32
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  1. Ojala hagan alguna reseña de Elpidio Gonzalez, una de las tantas grandezas poco reconocidas
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