El viaje secreto de Julio Cortázar

Bastó con que dejara de ser un escritor liberal y se convirtiera en un hombre de izquierda para que se lo atacara sin descanso.

En 1976 se cumplían trece años de la primera edición de "Rayuela". La novela, que significó un ante y un después en la narrativa en lengua española, había movilizado a un nuevo tipo de lector, capaz de elegir diferentes maneras de entrar en el texto.

Por otra parte, de alguna manera preanunciaba lo que años más tarde, con el advenimiento de las PCs, internet y la web, conoceríamos bajo la denominación de Link. Asimismo, a lo largo de esos trece años, se habían conocido nuevas colecciones de cuentos de Julio Cortázar, por lo cual, su nombre resultaba ineludible a la hora de hablar de literatura contemporánea.

Fue natural que el Colegio de Costa Rica lo invitara a dictar un ciclo de conferencias en el Teatro Nacional. En marzo de 1976 llegó a San José de Costa Rica, allí lo aguardaban un buen número de lectores y escritores dispuestos a escuchar sus palabras. También lo esperaban dos escritores nicaragüenses exiliados en Costa Rica: el poeta sacerdote Ernesto Cardenal y el narrador Sergio Ramírez quien, con el triunfo del Frente Sandinista de Liberación Nacional, se convertiría en vicepresidente de Nicaragua.

Cardenal y Ramírez no estaban sólo para escuchar las palabras del autor deRayuela, su propósito era proponerle un viaje: ir a Solentiname, el archipiélago del Gran Lago de Nicaragua donde Ernesto Cardenal tenía su comunidad religiosa. Dicho así parecería que simplemente se trataba de ampliar la invitación del Colegio Nacional de Costa Rica, con el fin de que también dictase conferencias en la tierra de Rubén Darío. Es preciso recordar que desde hacía casi medio siglo la familia Somoza ejercía el poder absoluto en Nicaragua: el último vástago, Anastasio Somoza, se había proclamado presidente en 1967 y a partir de entonces, a sangre y muerte, la siniestra Guardia Nacional custodiaba el mandato del dictador. Estos antecedentes no amedrentaron a Cortázar, aceptó la invitación y, junto a Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez y el cineasta costarricense Oscar Castillo, emprendió viaje hacia Solentiname. El propósito, según recuerda Castillo, era “que pusiera su nombre, prestigio y solidaridad al servicio de la lucha contra Somoza, y traerlo de regreso a San José, sano, salvo, informado y contento”.

Y regresó sano, salvo e informado, pero antes sucedieron algunos episodios dignos de ser contados. Cardenal evoca uno de ellos: “En aquel viaje clandestino por el río San Juan paramos un momento en una tienda de San Carlos al borde del agua, para cargar combustibles y tomar unas gaseosas.

Cuando nos embarcamos de nuevo, no estaba Cortázar, y va de esperar y esperar. Allá al rato se apareció, y le pregunté qué se había hecho, y me dijo que había ido a dar una vuelta por el pueblo. ¿Dónde? Por la calle principal, naturalmente. ¡Pero cómo! ¡Si ésa es la calle del Comando, donde los guardias están al acecho de cualquier cara nueva que pase! A Cortázar lo habíamos metido indocumentado a Nicaragua (…) Cuando regresó y me dijo que había ido a dar una vuelta, le dije que qué dicha que no lo habían puesto preso. Pero después me corregí: `No, que desgracia que no estás preso, porque mañana tendríamos la noticia en el mundo entero: CORTÁZAR PRESO EN NICARAGUA. Y culparían a la dictadura de Somoza’. Y él me dijo con aquella su voz pausada: ‘Preferiría que fuera otra mi contribución a la revolución de Nicaragua’”.

Algunos años después de aquel viaje clandestino, con el título de “Cortázar en Solentiname” apareció en Nicaragua, ya bajo el gobierno sandinista, un pequeño libro que recogía los testimonios de Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez y Oscar Castillo. La editorial Patria Grande, de Argentina, lo acaba de reimprimir en una edición corregida y aumentada. Jorge Boccanera se ocupó de articular el volumen: además de un texto propio, incluyó el testimonio de quienes por una u otra razón fueron testigos directos o indirectos de esa secreta epopeya. Aquí reside uno de los encantos, que no el único, del volumen: el mismo asunto está contado desde diferentes voces y desde distintas miradas. Un modo de narrar que nos remite al Nuevo Testamento: los cuatro evangelistas relatando las vicisitudes de Jesús.

En esta ocasión los evangelistas se reducen a tres: Cardenal, Ramírez y Castillo. No es casual que una de las notas de Cardenal se titule “En el huerto de los olivos” y que una de las notas de Ramírez se llame “El evangelio según Cortázar”. Además se une la voz del propio Cortázar con “Apocalipsis en Solentiname”, relato en el que, desde una visiónnaïf de la realidad, anticipa el horror que allí mismo se produciría tiempo después: en octubre de 1977 la siniestra Guardia Nacional somocista destruyó la Comunidad Solentiname.

Un párrafo del cuento, escrito un año antes, adquiere la dimensión de una terrible profecía: “El muchacho estaba ahí en un segundo plano clarísimo, una cara ancha y lisa como llena de incrédula sorpresa mientras su cuerpo se vencía hacia adelante el agujero nítido en mitad de la frente, la pistola del oficial marcando todavía la trayectoria de la bala, los otros a los lados con las metralletas, un fondo confuso de casas y árboles”.

Bastó con que Cortázar dejara de ser un escritor liberal y se convirtiera en un hombre de izquierda para que, precisamente, desde cierto sector de esa izquierda se lo atacara sin descanso. El domingo 8 de diciembre de 1974, en el diario La Opinión, bajo el título “Julio Cortázar, la responsabilidad del intelectual latinoamericano”, diversos intelectuales progresistas le cuestionaron su vivir en París. En noviembre de 1978, en un artículo publicado en la revistaEco, Cortázar se refirió al “genocidio cultural” que sufría la Argentina durante la dictadura cívico-militar.

El pensamiento de derecha repudió ese concepto, y un sector del supuesto progresismo se adhirió a ese repudio. Un tal Alberto Giordano, en un artículo publicado en la revista Punto de Vista sostuvo que Cortázar eludía las polémicas serias porque por sobre todo estaba ocupado “en la celebración narcisista de su figura de escritor comprometido”.

Cortázar en Solentiname pone las cosas en su lugar y nos cuenta de qué modo no vaciló en pisar Nicaragua en 1976, cuando el país estaba sometido a la dictadura de Somoza, y no fue precisamente para una “celebración narcisista” sino para comprometerse en la lucha de liberación de ese pueblo. Siete años después, el 6 de febrero de 1983, el gobierno revolucionario de Nicaragua le otorgó la “Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío”; en el discurso que pronunció al recibir el premio, Cortázar entre otras cosas dijo: “La cultura revolucionaria se me aparece como una bandada de pájaros volando a cielo abierto; la bandada es siempre la misma, pero a cada instante su dibujo, el orden de sus componentes, el ritmo de vuelo va cambiando, la bandada asciende y desciende, traza sus curvas en el espacio, inventa de continuo un maravilloso dibujo, lo borra y empieza otro nuevo, y es siempre la misma bandada y en esa bandada están los mismos pájaros, y eso a su manera es la cultura de los pájaros, su júbilo de libertad en la creación, su fiesta continua”.

Estas palabras, a casi treinta años de haber sido pronunciadas, adquieren hoy una formidable vigencia que supera largamente el exclusivo campo de la literatura.  

Fuente: Télam

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Opiniones (1)
3 de Diciembre de 2016|06:27
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3 de Diciembre de 2016|06:27
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  1. ¿Será que su conversión no resultaba creíble, y la sobreactuación de su "izquierdismo" y "compromiso" demasiado evidente? Y su obra se resintió, o ya estaba en la curva descendente y fue un proceso paralelo. Vale la pena notar que con signo ideológico opuesto, su ex amigo vargas llosa hizo el mismo camino de decadencia literaria.
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