Nicanor: Desde la trinchera

El ejército soviético se preparaba para atacar a las fuerzas del eje, por lo tanto, la participación en la guerra era ineluctable.

Con veinte años, sin haber vivido aún, y con miedo por no saber lo que sucedía, Nicanor fue a la guerra. Su padre, ya fallecido, había sufrido una insuficiencia cardíaca meses atrás, por lo cual, sólo tenía a su madre. El ejército soviético se preparaba para atacar a las fuerzas del eje, por lo tanto, su participación en la guerra era ineluctable.

Madre: ¡Por qué! ¡Oh! ¡Dios! Esto no puede estar sucediendo, no, no…mi niño, porque aún eres mi niño. No puedes irte de este modo, mi pequeño, ¿Qué haré sin ti? Eres mi todo, ¿Cómo saber si regresarás? ¿Y en qué condiciones…? –se preguntaba a sí misma la madre de Nicanor. Prométele a mis ojos que volverán a verte y a mis manos que volverán a tocarte, prométemelo.

Nicanor: Oh, madre, si tan sólo supieras lo que siento por dentro al verte así, pero de veras lo entiendo, soy tu hijo, y lo entiendo. No es mi voluntad la que estoy cumpliendo, pero me necesitan allí, la patria nos necesita a mí y a todos los hombres para defender a nuestra nación. Aquí no sirve de nada la cobardía, y menos aún las despedidas prolongadas.

Madre: No seas tan duro contigo, al menos no en este momento hijo. Si tu padre estuviera aquí, aunque me resulte difícil admitirlo, consentiría en todo lo que dices. Bien sabes que siempre te apoyó, tal vez no con palabras, sino con actos. Es demasiado angustiante la incertidumbre de no saber si te volveré a ver, siento una terrible opresión en todo el pecho.

Nicanor: Mi padre estará siempre presente, aquí lo llevaré. –decía señalando su corazón. Desearía que estuviera en cuerpo, mas no sea por un momento, para recibir su bendición, y para que me tranquilizase con un apretón de manos, tal como lo hacía cada vez que me quería demostrar afecto.

Madre: Ven aquí, me muero por darte un abrazo, uno de esos que dan a entender que cabe la posibilidad de que quizás no se repita. Tienes razón, el tiempo en las despedidas tiende a aletargarse, puja por permanecer inalterable.

Nicanor: No llores, hazlo cuando ya me encuentre lo suficientemente lejos de aquí, me desarmo al verte en tal estado. La tristeza que llevo es más profunda que la que dejo. Prometo que te escribiré en cuanto pueda, mientras tanto, reza por mí madre, y por mis compatriotas. Daremos la vida a cambio de que resurjan nuestros ideales, y por sobre todo, a cambio de nuestra libertad.

Madre: Ideales, patria, nación; todo eso enaltece al hombre y justifica su accionar, pero no lo devuelve a la vida una vez abatido. Te encomiendo al señor, él decidirá tu destino.

Nicanor: Adiós, ya debo partir. –un vehículo del ejército lo esperaba afuera de su casa. Y entre lágrimas, la madre de Nicanor cerraba la puerta tras despedir a su hijo.

Madre,

Hemos llegado hace cinco días con mi pelotón. Estamos -según nos han informado- ganando cada vez más territorio, en el sur de Hungría principalmente. Tengo tantas cosas para contarte que no sé por dónde empezar, pero haré el intento. Primero que nada, quiero que sepas que me encuentro bien, si es que la palabra “bien” es admisible en una guerra. El frío, aquí, se vive de otra manera, lo retuerce a uno por las noches hasta espantarlo. Es lapidario, no hay manera de no pensar en él, cada vez que debo abandonar el calor de las frazadas para relevar al soldado que ha terminado su guardia al frente de la trinchera, me siento morir. Las manos y los pies se llevan la peor parte, lo mismo sucede con el rostro. Varios de mis camaradas se han enfermado a causa del frío, algunos de ellos se han recuperado sin mayores preocupaciones, mientras que otros aún continúan convaleciendo. No descarto la posibilidad de enfermarme, de hecho, ayer empecé a sentir un poco de molestia en la garganta, acompañado con algo de tos. Para calentarnos los pies, usamos las medias de los soldados caídos, no podemos darnos el lujo de desperdiciar nada, además, nos vienen muy bien, ya que nos protegen del agua que atienta con nuestro calzado precario, debido a las abundantes lluvias torrenciales que inundan la trinchera.

La comida, se reduce a una lata de frijoles o sardinas para cada uno, un poco de tocino, queso, y galletas. Debemos comer a la intemperie, sin contar con las comodidades que puede dispensar la calidez de un hogar. No nos miramos el uno al otro, no vaya a ser que nos arrojemos como animales hambrientos sobre nuestro compañero para arrebatarle su ración de comida. Por ahora, somos afortunados, ya que llenamos nuestros estómagos dos veces al día, pero tenemos las horas contadas, ya que los camiones que traen los suministros (tanto de alimentos, municiones, medicamentos, y demás), tarde o temprano no podrán abastecernos más. Es una cuestión de números, al haber cada vez más soldados luchando en el frente, son más las bocas que hay que alimentar. No me preocupa tanto esto, puedo sobrevivir con una comida al día, no puedo decir lo mismo acerca del estado deplorable en el que se encuentran algunos de mis camaradas, varios de ellos están famélicos, puesto que combaten aquí desde hace más tiempo que yo. Quizás muchos de ellos ya se estén despidiendo de sus seres queridos a través de recados, espero no estar haciendo lo mismo dentro de un tiempo, mi deseo de verte tan sólo una vez más se ha vuelto tan grande, que sería una lástima tener que conformarme con palabras escritas para suplir los besos y las caricias que te quisiera propiciar.

Extraño nuestras conversaciones, los buenos y también los malos momentos. También a papá, porqué no. Creo que a medida que pasa el tiempo, se extrañan más las cosas por su forma que por su contenido. Es difícil despojarse de todo lo que uno ama, y más si se vive con la incertidumbre de no saber si será posible volver al reencuentro de aquél amor. No he podido dormir bien, y tampoco creo que lo haga en lo inmediato. Al frío, se le suma un constante estado de alerta, es imposible no pensar en una emboscada o un ataque inminente del enemigo. Estamos en guerra, y si dormimos, tal vez no volvamos a despertarnos más. La hostilidad es permanente, y no cesará hasta que todo concluya. Aún no me he acostumbrado a los disparos, a la sangre –que es mucha-, a los gritos de agonía y sufrimiento, a los cadáveres apilados unos sobre otros, al rostro desamparado de los heridos, a las ratas que se aglutinan y reproducen entre nosotros, a la muerte de mis compatriotas. No es como en los libros, donde el lector vive, aquí el lector muere junto al protagonista. De momento, no le he quitado la vida a nadie, pero cuando llegue la hora, el hombre que llevo dentro morirá también.


¿Qué te pareció la nota?
No me gustó10/10
Opiniones (2)
3 de Diciembre de 2016|12:10
3
ERROR
3 de Diciembre de 2016|12:10
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
  1. Así es, mi estimado, gracias por su comentario. Saludos.
    2
  2. Gesto atávico y primitivo, reflejo de primates, la guerra. Saludos
    1
En Imágenes
Una vida en imágenes: Fidel Castro, 1926-2016
28 de Noviembre de 2016
Una vida en imágenes: Fidel Castro, 1926-2016