National Geographic, importante como el mundo

La siguiente aventura resume de forma simple una de las tantas experiencias por las que algunos hombres han demostrado su importancia para el Globo. Compartimos un artículo publicado por el diario ABC de España donde cuenta parte de la vida de Alexander Graham Bell y de la famosa revista .

Mabel Hubbard fue una bostoniana de buena cuna que se quedó sorda a los cinco años por culpa de la fiebre amarilla. Desde entonces, toda su vida consistió en luchar por adaptarse al mundo en silencio en el que la había sumido su minusvalía.

Hay que decir, no obstante, que tuvo la suerte de nacer en una de las familias prominentes de Boston, por lo que no fue enviada -como era habitual- a una institución donde aprendería el lenguaje de signos, pero no lograría hablar. Tuvo un padre inconformista, determinado a que su hija se integrara en la sociedad.

Así que en 1873, cuando contaba 16 años, Gardiner Greene Hubbard, impulsor y participante en proyectos tan variopintos como la construcción de ferrocarriles y tranvías, las minas de carbón y el comercio de licor de pimiento, decidió que Mabel debía recibir lecciones de dicción de un profesor e inventor de origen escocés rígido y un tanto extravagante de 26 años, Alexander Graham Bell, con quien había coincidido en diversas instituciones educativas.

Esta historia de casualidades concluyó en boda -después de infinitos sufrimientos Alexander y Mabel contrajeron matrimonio- de modo que el inventor adquirió un suegro turbulento que le obligaba a diseñar aparatos prácticos y rentables que dieran dinero -el teléfono es el más conocido y también un resultado colateral de sus investigaciones sobre la sordera- pero patentó, entre otras cosas, el detector de metales, el fonógrafo o el hidroavión.

No es casual que Hubbard y Bell compartieran un interés obsesivo por las instituciones de divulgación científica y sus publicaciones, pues en aquella etapa en que nacieron de la mano de la fe en el progreso humano ilimitado revistas tan importantes como la norteamericana «Science» -apoyada inicialmente por Bell- o la británica «Nature», ese era el camino de construcción de públicos y consensos para la ciencia.

Todo comenzó, por supuesto, con la fundación de una sociedad. El 13 de enero de 1888 trece caballeros se reunieron en Washington en el club "Cosmos", para discutir "la posibilidad de organizar una dedicada al incremento y la difusión del conocimiento geográfico".

Esa institución, sin ánimo de lucro, fue la "National Geographic Society", y es importante remarcar que su objetivo era mejorar los conocimientos de sus conciudadanos promoviendo exploraciones e investigaciones geográficas reuniendo especialistas, pero no enfrentándolos ni suplantándolos con lo que hoy llamamos «figuras mediáticas» y entonces denominaban con más propiedad «charlatanes y farsantes».

Espíritu de divulgación

Así, desde su fundación «National Geographic» -cuyo primer presidente fue Hubbard- incluyó geógrafos, exploradores, académicos, abogados, cartógrafos, militares y empresarios, que se vincularon por un interés común en las exploraciones y la geografía. La revista «National Geographic», órgano de la sociedad que apareció aquel octubre, resumió el espíritu de aquellos hombres a la perfección. Sus artículos son un modelo de divulgación y están ajenos a tecnicismos, circunloquios y monopolios académicos.

Las publicaciones de «National Geographic» determinaron la portentosa capacidad de lo visual en el relato geográfico, en dos direcciones, fotográfica y cartográfica. En el primer caso, la posibilidad de transmitir sobre la base de la presunta objetividad de la fotografía la «experiencia del testigo» directamente al lector induce que este asuma, al ver las imágenes, la veracidad del relato que ha leído.

En el segundo, existe toda una aparatosa y bella pedagogía del esquema que deriva de la filosofía mecanicista de los fundadores la posibilidad de descomponer los hechos de la vida natural en piezas que se muestran ante el asombrado lector como elementos de un rompecabezas.
Interés por España

"National Geographic" tiene una tirada mensual cercana a nueve millones de ejemplares (la exitosa edición española existe desde 1997), se publica en treinta lenguas y cuenta con divisiones audiovisuales, televisión y servicios en internet.

¿De qué manera se ha transformado en el último siglo la curiosidad de sus exploradores, científicos y reporteros? ¿Cúal es el interés que ha tenido por España? En el primer caso, hay que decir que durante las primeras décadas los excesos de algunos de sus exploradores les llevaron a reclamar glorias que no les correspondían.      

Las acusaciones de racismo, colonialismo y misoginia dieron paso desde los años sesenta a rápidos cambios, la apertura hacia autores y asuntos distintos -vida cotidiana, pobreza, discriminación, deterioro ecológico-.

De la misma manera, la patente mirada romántica hacia España, heredera de un trasnochado orientalismo, dio paso a un asombrado interés por la exitosa normalización en tiempos recientes de la vida, costumbres y logros de los españoles. De ahí que, por esta y otras razones, la trayectoria de «National Geographic» fuera galardonada en 2006 con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.

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7 de Diciembre de 2016|08:00
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